Viaje inacabable

Carolina Meza
Son bien conocidas las declaraciones del director iraní Abbas Kiarostami, en las que expresó su preferencia por aquellas películas capaces de hacer dormir al espectador. No porque fueran aburridas, sino porque, paradójicamente, eran esas mismas películas las que eran capaces de quitarle el sueño después; aquellas que permanecían en la cabeza durante días, que uno comenzaba a reconstruir al salir de la sala y que seguían trabajando en la imaginación mucho después de haber terminado. Una buena película, de alguna manera, también es aquella que tiene un poder que permanece.
La realizadora argentina Lucrecia Martel ha hablado también de la posibilidad de que alguien se quede dormido durante una película como algo positivo. Dormirse no siempre significa aburrimiento, en ocasiones puede tratarse sobre la seguridad del espectador al encontrarse en un espacio seguro. Ambas ideas parecen apuntar, desde lugares distintos, hacia una misma posibilidad del cine; la de desprenderse de la obligación de mantenernos constantemente atentos y permitirnos, en cambio, simplemente estar e incluso perder momentáneamente la conciencia para regresar después con una experiencia que continúa transformándose.
En el marco de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián se presentó Dust (La Deriva), la más reciente película del cineasta taiwanés Tsai Ming-Liang, estrenada previamente en el Festival de Cine de Venecia, formando parte de Zabaltegi-Tabakalera, sección que reúne algunas de las propuestas más abiertas y arriesgadas del festival. Coproducida por el propio Festival de San Sebastián y filmada en las calles de Donostia durante 2025, Dust es la undécima entrega de The Walker, serie iniciada por Tsai en 2011. Como las demás películas de la serie, Dust parte de una acción mínima. Caminar. Casi como un compromiso, el monje interpretado por Lee Kang-sheng avanza con lentitud mientras a su alrededor todo continúa moviéndose con otra velocidad; no existe destino aparente, el hombre simplemente camina.
Aquel acto se convierte entonces en una manera de estar presente con ellos; en un acto revolucionario en una época en la que todo pareciera moverse con alta presteza y urgencia de fugacidad y en la que existe una sensación persistente de llegar tarde. La película permite concentrarse en los micromovimientos del cuerpo del monje y en su extrema conciencia corporal y espacial. Su cuerpo termina siendo una especie de escultura en movimiento, o quizá, un cuadro que, de pronto, cobra vida. Como es común en el cine del taiwanés, existe algo inmensamente poético en sus imágenes y, al mismo tiempo, algo desconcertantemente sencillo; todo lo contrario a detenerse y a aquello que dicta el ritmo cotidiano. Frente a una película como esta cabe preguntarse qué es exactamente lo que quiere decir; pero quizá esa pregunta sea menos importante que la posibilidad de entregarse a su experiencia. Dust exige, por ello, una escucha activa y completa, que no ocurre solo con la mente, sino con el cuerpo. El caminar, precisamente por su limpieza, hace espacio y elimina aquello que sobra y concentra nuestra atención en un hombre que simplemente atraviesa distintos escenarios que van desde espacios urbanos, caóticos y saturados, hasta paisajes naturales donde parece existir otro ritmo.
Lo extraordinario de Dust se encuentra en sostener esa acción. Las personas que rodean al monje se detienen constantemente para observarlo y el caminar deja de ser un acto cotidiano y se convierte en un acontecimiento que merece ser visto, y con ello, el temor de romperlo o interrumpirlo. Los cortes sonoros, en ocasiones abruptos, contribuyen a esta sensación de estar frente a algo que sucede en tiempo real; esculpiendo un ritmo y un tiempo lánguido yuxtapuesto con el caos cotidiano de una ciudad. Como si dos tiempos coexistieran al mismo tiempo; uno interno, que es el que lleva el Monje; y el otro proporcionado por la naturaleza de la situación. Tal vez por eso las películas de Tsai Ming-Liang pueden relajar tanto el cuerpo como la mente, no porque busquen la tranquilidad del espectador, sino por permitir abandonar la obligación de ir hacia algún lugar.
Esta idea se prolongó también fuera de la sala. Como parte del Festival de San Sebastián y con motivo del estreno español de La Deriva, Tabakalera inauguró Walker, una instalación compuesta por tres películas de la serie: Walker (2012, Taiwán/Hong Kong), No Form (2012, Taiwán) y Journey to the West (2014, Francia/Taiwán). Juntas, forman parte de ese viaje inacabable que Tsai ha construido alrededor del caminar del monje y que, a través de él, encuentra una manera distinta de observar y documentar las calles de distintas ciudades.

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