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El terror social supera lo paranormal

Foto del escritor: FERNANDA TRINIDAD
FERNANDA TRINIDAD
hace 7 minutos
3 min de lectura

María Fernanda Trinidad Hernández


San Sebastián, España.- Mis muertos tristes, mini serie de Mariana Enriquez y Pablo Larraín, me impresionó muchísimo. Y, en realidad, no esperaba menos: un acercamiento al universo literario de Enriquez, dirigido por Larraín, tenía que ser una gran apuesta. Y qué mejor lugar para verla que San Sebastián, en el marco del festival.


Pero hubo algo que no esperaba.


Por momentos pensé que estaba ante una historia de terror clásica: fantasmas, muertos, apariciones, casas embrujadas, lo que no podemos explicar. Sin embargo, conforme avanzaba la historia, lo paranormal empezó a ocupar un lugar distinto. Dejó de ser lo que verdaderamente daba miedo.


Lo sobrenatural se volvió normal.


Y el verdadero terror empezó a aparecer en otro lado.


Por definición, lo paranormal se refiere a fenómenos o experiencias que no pueden explicarse mediante las leyes conocidas de la naturaleza o la ciencia, y que solemos asociar con lo sobrenatural. Traigo esa definición porque la serie parece jugar precisamente con ella: nos presenta un mundo habitado por fantasmas para después enfrentarnos con lo que conocemos demasiado bien.


Lo terrorífico termina siendo lo que vivimos como sociedad.


Aunque Mis muertos tristes sucede en Argentina, fue imposible no trasladar algunas de sus imágenes a México. Y seguramente esa identificación puede ocurrir en muchos otros lugares de Latinoamérica.


Feminicidios, trastornos de salud mental desatendidos, precariedad, negligencia, servicios médicos deficientes, problemas con el agua, crimen organizado, violencia social, jóvenes que parecen vivir permanentemente expuestos al peligro.


Mientras tanto, los fantasmas dejan de ocupar el lugar que tradicionalmente les pertenece dentro del género. Ya no son necesariamente la amenaza para los vivos. Poco a poco dejan de ser los protagonistas del miedo y empiezan, incluso, a parecer víctimas de ese mismo sistema.


Ahí está, para mí, una de las ideas más fuertes de la serie.


¿Qué es más terrorífico?


¿Un muerto que vuelve una y otra vez? ¿Un grupo de jóvenes que busca venganza? ¿O un sistema político y social que falla una y millones de veces?


El terror está en las calles. Está afuera.


Está en lo que sucede tantas veces que termina perdiendo su capacidad de sorprendernos.


Y creo que ahí Mis muertos tristes se vuelve especialmente incómoda: nos muestra cómo habitamos esos espacios con una familiaridad casi cotidiana. Nos acostumbramos. Seguimos caminando por las mismas calles, entrando a los mismos hospitales, escuchando las mismas noticias. Seguimos con nuestra vida aun cuando alrededor ocurren cosas que, si las viéramos en una película de terror, probablemente nos parecerían insoportables.


Quizá por eso los fantasmas no son quienes verdaderamente asustan.

Lo aterrador son los feminicidios. Las desapariciones. La negligencia. El narcotráfico. El crimen organizado. El abuso de poder.


Porque el miedo más profundo no está necesariamente en lo que desconocemos, sino en lo que conocemos perfectamente y aun así sigue sucediendo.


No quiero convertir esto en un artículo político. Mis muertos tristes es una serie y, ante todo, vale la pena verla como tal: dejarse llevar por su historia, por sus fantasmas, por sus muertos y por lo inexplicable. Pero también es una serie que inevitablemente invita a la reflexión. Es difícil verla sin relacionarla con nuestros propios contextos, nuestras ciudades, nuestros países.


Los muertos vuelven, sí. Los vemos aparecer, habitar las casas y relacionarse con los vivos. Pero, después de un rato, dejan de producir el miedo que esperaríamos de ellos. Nos acostumbramos a su presencia.


Y quizá esa es una de las ideas que más me interesaron de lo que construyen Enriquez y Larraín: lo que debería ser sobrenatural termina sintiéndose extrañamente cotidiano, mientras nuestra cotidianidad adquiere dimensiones propias de una historia de terror.


Por eso, mi invitación es a ver Mis muertos tristes dejándose llevar por su universo paranormal, pero también prestando atención a todo lo que ocurre alrededor de sus fantasmas. A lo que reconocemos. A lo que hemos normalizado. A lo que quizá ya ni siquiera nos sorprende.


Porque al final, los muertos pueden encontrar descanso.


Nosotros tenemos que seguir viviendo aquí.


Afortunadamente, Mis muertos tristes sigue siendo ficción.


Pero vale la pena terminar de verla sin dejar de pensar en todo lo que Enriquez y Larraín nos muestran y que, por desgracia, no tiene nada de paranormal.

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