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Entre el aplauso fácil y la responsabilidad pública

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 8 horas
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo


En política, como en la vida, hay momentos que exigen bajar el volumen y subir el nivel de reflexión. Baja California está entrando en uno de ellos.


La figura de Julieta Ramírez Padilla ha venido creciendo en presencia y visibilidad. No es casualidad. Su actividad en redes sociales, sus intervenciones públicas y, hasta hace poco, la proliferación de bardas con su nombre, hablan de una estrategia clara de posicionamiento. Nadie puede reprocharle la aspiración: es legítima. Lo que sí merece un análisis más cuidadoso es el estilo y, sobre todo, lo que ese estilo anticipa.


Porque si algo ha caracterizado su participación pública es una forma de comunicar basada en la confrontación. Voz elevada, gesticulación intensa, mensajes directos, muchas veces dirigidos más a descalificar que a construir.

Es un formato que conecta rápido, que genera aplauso inmediato y que funciona muy bien en la lógica de las redes sociales. Pero gobernar no es eso.


Gobernar implica algo mucho más complejo: escuchar, negociar, ceder, construir acuerdos incluso con quienes piensan distinto. Y ahí es donde vale la pena detenernos. ¿Puede alguien que ha construido su perfil político desde la confrontación permanente transitar con facilidad hacia el diálogo institucional que exige un gobierno estatal?


A esto se suma otro elemento que no puede ignorarse: la narrativa del “rompimiento con el pasado”. En su discurso —como en el de muchos cuadros de Morena— el pasado se presenta como un bloque uniforme al que hay que responsabilizar de todos los males. Sin embargo, la propia trayectoria política de varios de sus integrantes, incluida ella, no está desconectada de esas etapas. No es un señalamiento de culpa, sino de congruencia. Porque cuando se simplifica la historia, también se simplifica la solución de los problemas.


Pero el punto más delicado no está sólo en la forma de comunicar ni en las contradicciones discursivas. Está en lo que los ciudadanos estamos dispuestos a tolerar o a exigir.


Hoy sabemos, por experiencia, que muchos de los nuevos liderazgos de Morena tienen una característica en común: difícilmente confrontan al poder central. La figura de Claudia Sheinbaum concentra una enorme influencia política, y pocos dentro del movimiento se atreven a cuestionar o exigir cuando las cosas no funcionan.


Y esa es una preocupación legítima.


Porque gobernar un estado como Baja California implica, en muchos momentos, alzar la voz frente al gobierno federal. Implica exigir recursos, demandar atención, señalar omisiones. Implica incomodar, si es necesario, para defender a los ciudadanos.


¿Qué pasará si faltan medicamentos?


¿Qué pasará si no hay suficientes médicos o especialistas?


¿Qué pasará si la inseguridad no cede o si los desaparecidos siguen acumulándose en las estadísticas?


¿Qué pasará si las carreteras continúan deteriorándose o si el sistema educativo enfrenta carencias?


¿Qué pasará si se le olvida gestionar, como si lo hizo Sonora desde el año pasado, la tarifa especial de verano para los mexicalenses?


¿Habrá firmeza para exigir? ¿O escucharemos fuerte silencio?


Porque hay algo que también hemos aprendido: mientras sigan llegando los apoyos sociales —las pensiones, las becas, las tarjetas— una parte importante del electorado opta por no cuestionar. Es una realidad incómoda, pero real. El apoyo económico genera lealtad, pero no necesariamente resuelve los problemas estructurales.


Y ahí es donde el papel del ciudadano se vuelve fundamental.


Baja California no necesita solamente figuras mediáticas. Necesita liderazgo.

Necesita perfiles que entiendan que el poder no es para repetir discursos, sino para resolver problemas. Que comprendan que la lealtad más importante no es hacia un partido o una figura presidencial, sino hacia la gente.


En días recientes, ha llamado la atención que algunas bardas con el nombre de Julieta Ramírez Padilla han comenzado a modificarse o a desaparecer. Todo indica que hubo un llamado de atención. Si es así, el dato no es menor: confirma que los tiempos políticos se cuidan desde el centro y que las decisiones no siempre se toman en lo local.


Y eso refuerza la pregunta de fondo:

¿queremos en Baja California un liderazgo con autonomía real o uno que dependa de las señales del poder central?


No se trata de descalificar personas. Se trata de entender perfiles. De anticipar escenarios. De no dejarnos llevar únicamente por el carisma, la presencia en redes o la capacidad de generar aplausos.


Porque al final del día, cuando se apagan las cámaras y se acaban los discursos, lo que queda es la realidad.


Y esa no se resuelve con gestos, ni con volumen, ni con consignas.


Se resuelve con carácter, con capacidad… y con la disposición de defender a los ciudadanos, incluso cuando eso implique incomodar al poder.


Esa es la decisión que, tarde o temprano, tendrán que tomar los bajacalifornianos.


¿Julieta Andrea Ramírez Padilla sería mejor gobernadora que Marina del Pilar Ávila, o seguirá sus pasos y nos daría más de lo mismo?

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