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El vacío que deja la ausencia de evidencia 

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • 25 feb
  • 3 Min. de lectura

Algo cada día


Fernando Ruiz del Castillo 


En materia de seguridad pública, la narrativa es importante. Pero la evidencia lo es más. Cuando ambas caminan juntas, el Estado gana credibilidad. Cuando se separan, se abre un espacio que rápidamente ocupan la duda, la sospecha y la especulación. 


Eso es exactamente lo que está ocurriendo tras el operativo en el que, según la versión oficial, fue abatido “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Hasta ahora, ni la Secretaría de la Defensa Nacional ni el Gobierno federal han presentado fotografías, videos, peritajes públicos o elementos técnicos que respalden visualmente la magnitud del enfrentamiento descrito. 


El silencio gráfico contrasta con la contundencia del discurso. 


Se informó que hubo intercambio de disparos, persecución y bajas militares.

Sin embargo, la vivienda donde presuntamente se produjo el primer enfrentamiento no presenta impactos visibles de bala en su fachada. Diversos medios de comunicación han ingresado al inmueble y han documentado su interior sin restricciones, mostrando espacios que no reflejan señales claras de un tiroteo de alta intensidad. 


Tampoco se han difundido imágenes del aseguramiento, del perímetro, del supuesto intercambio de fuego ni del cuerpo del objetivo prioritario. No se han mostrado dictámenes forenses, resultados de la autopsia ni elementos balísticos que acrediten la mecánica de los hechos. 


En una operación de esta magnitud —si se trata del líder criminal más buscado del país— el estándar de transparencia debería ser proporcional a la relevancia del anuncio. 


No se trata de exhibir morbo ni de vulnerar protocolos sensibles. Existen límites legítimos en materia de seguridad nacional. Pero una cosa es proteger información estratégica y otra muy distinta es no mostrar ningún elemento verificable que permita a la opinión pública corroborar la versión oficial.


 En seguridad, la credibilidad no se decreta; se construye. 


Cuando el Estado comunica un operativo de alto impacto sin acompañarlo de evidencia mínima verificable, el costo no es inmediato, pero sí acumulativo. Se erosiona la confianza institucional. Se alimentan teorías alternas. Se amplifica la polarización política. Y lo más delicado: se debilita la autoridad narrativa del propio gobierno frente a futuros eventos. 


El vacío informativo tiene consecuencias. 


Primero, abre la puerta a la desinformación. En ausencia de pruebas, cualquier hipótesis compite en igualdad de condiciones con la versión oficial. Segundo, afecta la moral pública. Si hubo bajas militares —como se informó— el país merece claridad sobre las circunstancias, no solo solemnidad discursiva. Y tercero, impacta la percepción internacional sobre la seriedad de las instituciones mexicanas en el manejo de operaciones contra el crimen organizado. 


En contextos comparables, otros países han presentado —con reservas técnicas— imágenes del operativo, mapas de trayectoria, fotografías periciales o conferencias técnicas con fiscales y peritos. Aquí, el relato se sostiene casi exclusivamente en la palabra institucional. 


La palabra es importante, pero en el siglo XXI no es suficiente.


 Además, existe un elemento adicional que no debe ignorarse: el contexto político. En momentos de alta tensión social o de cuestionamientos a la estrategia de seguridad, un anuncio de esta magnitud inevitablemente adquiere dimensiones políticas. Y cuando no se acompaña de evidencia sólida, la narrativa puede percibirse más como herramienta de posicionamiento que como resultado verificable de una operación táctica. 


La comunicación estratégica en seguridad exige tres pilares: oportunidad, coherencia y respaldo documental. Hoy, el tercer componente brilla por su ausencia. 


No se está pidiendo revelar tácticas sensibles ni exponer a elementos operativos. Se pide transparencia razonable: peritajes públicos, fotografías controladas, informes técnicos verificables. Nada que comprometa la seguridad, pero sí que fortalezca la credibilidad. 


Porque cuando el Estado afirma haber neutralizado al criminal más importante del país y no presenta pruebas visibles, el vacío no se llena solo. Lo llenan las preguntas. 


¿Dónde están los impactos balísticos?


¿Dónde están las imágenes del aseguramiento?


¿Dónde están los dictámenes médicos legales?


¿Por qué la escena luce intacta si hubo intercambio de fuego?


 La ausencia de respuestas no invalida automáticamente la versión oficial. Pero sí la debilita. 


En seguridad pública, la confianza es un activo estratégico. Y se pierde más rápido de lo que se recupera.


 Si el gobierno federal desea que este operativo sea recordado como un golpe contundente al crimen organizado, debe entender que en la era digital la transparencia no es concesión, es necesidad. De lo contrario, el relato quedará atrapado en el terreno de la duda, y esa es una zona donde el Estado nunca debería sentirse cómodo. 


La narrativa puede imponerse por unos días. La credibilidad, en cambio, exige pruebas.

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@Encuentro29

@ferruzcas

Facebook: Fernando Ruiz del Castillo

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