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El pasado como escudo

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ CASTILLO
    FERNANDO RUIZ CASTILLO
  • hace 20 horas
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

En la mañanera, la presidente Claudia Sheinbaum volvió a hacer lo que su movimiento ha perfeccionado durante años: convertir el pasado en trinchera. Otra vez el nombre de Genaro García Luna como pieza central del discurso. Otra vez el expediente de la corrupción de ayer como argumento suficiente para no hablar de los errores de hoy.


El pasado como escudo.


El pasado como coartada.


El pasado como distractor.


Gobernar, sin embargo, no es litigar eternamente lo que ya ocurrió. Gobernar es responder por lo que está pasando ahora. Y lo que está pasando ahora es demasiado grave como para enterrarlo bajo conferencias de prensa que reciclan agravios.


México vive un presente incómodo. Violento. Doloroso. Las desapariciones no son herencia retórica, son tragedias vigentes. En estados como Sinaloa, familias siguen buscando a los suyos. En el Valle de Mexicali aparecieron y siguen apareciendo decenas de cuerpos. No son cifras frías: son seres humanos. Son madres que no duermen. Son hijos que preguntan. Son comunidades enteras marcadas por el miedo.


Pero desde Palacio se insiste en mirar hacia atrás.


Es una estrategia política clara: si el pasado fue corrupto, el presente queda automáticamente absuelto. Si antes fue peor, entonces hoy todo es justificable. Si ya se juzgó a un exfuncionario del viejo régimen, la responsabilidad actual parece diluirse.


El problema es que la realidad no funciona así.


El país no mejora por contraste histórico. No hay consuelo en saber que antes también hubo corrupción. No se consuela a una familia con el argumento de que “antes era más grave”. No se gobierna con comparaciones eternas.


Este gobierno —que se presentó como ruptura ética— parece cada vez más cómodo administrando la narrativa que enfrentando los hechos. Cuando surgen cuestionamientos por presuntos actos de nepotismo, por conflictos de interés, por redes de protección política, la respuesta no es abrir investigaciones profundas y transparentes. Es cambiar el tema. Es regresar a la batalla moral contra el pasado.


El legado del expresidente Andrés Manuel López Obrador pesa en la forma y en el fondo. La lógica es la misma: polarizar, señalar, dividir el mundo entre los puros y los corruptos. Pero la pureza discursiva no sustituye la eficacia gubernamental. Y el desgaste comienza cuando la retórica se repite mientras los problemas crecen.


La presidente tiene el derecho —y la obligación— de marcar distancia cuando algo no funciona. De reconocer fallas. De corregir. De deslindar responsabilidades, incluso dentro de su propio círculo. Eso sería ejercer el poder con madurez. Pero lo que vemos es otra cosa: una defensa cerrada del proyecto, aunque la realidad contradiga el discurso.


El país enfrenta cuestionamientos sobre obras públicas de costos inflados y beneficios discutibles. Hay señalamientos sobre redes de corrupción que no se investigan con el mismo entusiasmo que los expedientes del pasado. Hay libros, reportajes y denuncias que apuntan hacia personajes cercanos al poder. Pero la reacción oficial no es la apertura, es la descalificación. No es la transparencia, es el contraataque.


Y mientras tanto, el presente sigue acumulando pendientes.


La violencia no baja por decreto. La impunidad no desaparece por repetir que ahora somos distintos. La corrupción no se erradica sólo cambiando de discurso. Se combate con instituciones sólidas, con fiscalías autónomas, con auditorías sin sesgo, con voluntad real de tocar intereses propios.


El problema de usar el pasado como escudo es que tarde o temprano el escudo se agrieta. Porque la ciudadanía no vive en 2006 ni en 2012. Vive en 2026. Vive en colonias donde se escuchan balaceras. Vive en comunidades donde las madres excavan la tierra. Vive en estados donde los hallazgos de fosas clandestinas ya no sorprenden, sólo indignan.


La narrativa puede ganar aplausos entre los convencidos. Puede alimentar la base política. Pero no resuelve el presente.


Gobernar exige asumir costos. Aceptar errores. Investigar incluso a los propios. Romper pactos incómodos. Y eso es lo que no estamos viendo.


La insistencia en regresar al pasado revela algo más profundo: miedo a que el presente sea juzgado con la misma severidad que antes se exigía. Miedo a que el estándar ético que se usó para condenar a otros ahora se aplique hacia adentro.


El país no necesita más discursos de revancha histórica. Necesita resultados.

Necesita verdad. Necesita justicia que no dependa del color del gobierno en turno.


Porque cuando el poder prefiere el retrovisor al parabrisas, termina chocando con la realidad. Y en ese choque, quienes pagan no son los políticos. Son los ciudadanos.


El pasado ya fue juzgado en las urnas. El presente, en cambio, está esperando respuestas.


@Encuentro29

@ferruzcas

Facebook: Fernando Ruiz del Catillo


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