Trampas entre tramposos
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- hace 1 día
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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Pocas veces la política bajacaliforniana ofrece un espectáculo tan enredado como el que hoy protagonizan la gobernadora Marina del Pilar Ávila y su antecesor, Jaime Bonilla Valdez. Lo que comenzó con la filtración de unos audios sobre la cancelación de la visa de la mandataria terminó convertido en un duelo de acusaciones donde ambos buscan convencer a la opinión pública de que el otro es el verdadero villano de la historia.
En su conferencia del 15 de julio, Marina del Pilar presentó una nueva versión de los hechos. Aseguró que Bonilla le tendió una trampa cuidadosamente diseñada: la puso en contacto con personas que se hicieron pasar por agentes del FBI, le hablaron de supuestos cargos judiciales en Estados Unidos y construyeron el escenario para grabarla. "Hoy queda claro que fue una trampa", sentenció. Según su relato, el "enviado" del exgobernador montó toda una operación para provocar una conversación que después sería utilizada políticamente en su contra.
La historia tiene todos los ingredientes de un thriller político: engaño, espionaje, grabaciones clandestinas y un enemigo dispuesto a cobrar viejas facturas. El problema es que la narrativa exige un acto de fe. La gobernadora sostiene que cayó en el engaño de buena fe y que jamás entregó información sensible ni comprometió la seguridad nacional. Incluso insiste en que la cooperación mencionada en los audios se refería únicamente a la relación institucional que Baja California mantiene con autoridades de California.
Horas después llegó la respuesta de Jaime Bonilla. Y, como era de esperarse, no fue precisamente conciliadora.
En un comunicado difundido a través del Partido del Trabajo, el exgobernador calificó de absurda la versión de Marina. ¿Cómo —pregunta— podría él ayudar a quien lo ha señalado durante años como enemigo político, como presunto delincuente y hasta como personaje ligado al crimen organizado? Según Bonilla, la explicación es mucho más sencilla: la segunda filtración dejó sin margen a la gobernadora, que tuvo que improvisar un nuevo relato y decidió recurrir a su "villano favorito".
Pero Bonilla tampoco se limita a negar. Contraataca con preguntas que, hasta ahora, siguen sin respuesta pública. ¿Cómo ingresó Marina del Pilar a Estados Unidos si su visa estaba cancelada? ¿Quién gestionó el encuentro con personas que afirmaban representar al Departamento de Justicia? ¿Quién era la persona a la que ella alude en la grabación cuando afirma que "cada vez que me sentaba me hacía algo"?
Son preguntas incómodas. No prueban nada por sí mismas, pero tampoco pueden despacharse únicamente con descalificaciones.
Entre ambas versiones aparecen demasiados cabos sueltos.
Nadie niega que los audios existen. La propia gobernadora reconoce que la voz es suya. La disputa gira alrededor del contexto, de quién organizó aquella reunión y de la intención real de quienes participaron en ella.
Marina sostiene que fue víctima de un montaje cuidadosamente preparado.
Bonilla responde que la historia simplemente no resiste un análisis lógico. Uno pide creer en una conspiración; el otro, en una improvisación desesperada.
Lo cierto es que ambos tienen incentivos políticos para sostener su versión.
La gobernadora necesita contener un desgaste que comenzó con la cancelación de su visa y que cada nueva filtración profundiza. Bonilla, convertido ahora en uno de sus principales adversarios, tiene la oportunidad de mantener abierta una crisis que erosiona la credibilidad de quien alguna vez fue su aliada política.
Mientras tanto, el escenario político ya empieza a mirar hacia la elección de 2027. Morena enfrenta tensiones internas; el PT busca reposicionarse; las sucesiones comienzan a moverse mucho antes de que arranquen formalmente las campañas. En ese contexto, cada audio, cada conferencia y cada comunicado adquieren un valor político mucho mayor que su contenido jurídico.
Y es precisamente ahí donde aparece el verdadero problema.
La discusión dejó de centrarse en el fondo del asunto para convertirse en una competencia de relatos. Ya no importa tanto esclarecer qué ocurrió realmente durante aquellas reuniones, sino imponer la versión más conveniente antes de que aparezca la siguiente filtración. Hoy apareció la tercera, de la que hablaremos mañana.
La ciudadanía observa apenas fragmentos de una historia incompleta. Recibe audios, comunicados, conferencias y desmentidos, pero muy pocas pruebas concluyentes. Cada protagonista aporta únicamente las piezas del rompecabezas que le favorecen.
En medio del ruido, la verdad termina siendo la principal víctima.
Porque si realmente existió una operación para tenderle una trampa a la gobernadora, alguien tendrá que demostrarlo con evidencias, no únicamente con declaraciones. Pero si esa supuesta conspiración nunca existió, entonces también será necesario explicar quiénes eran las personas con las que hablaba, cómo llegaron hasta ella y por qué aquellas conversaciones ocurrieron.
Hasta hoy, ninguna de las dos partes ha logrado cerrar todas esas interrogantes.
La ironía es difícil de ignorar.
Marina del Pilar acusa a Bonilla de haberle tendido una trampa. Bonilla acusa a Marina de fabricar una coartada. Uno habla de conspiraciones; el otro, de mentiras desesperadas. Ambos exigen credibilidad mientras piden que la opinión pública desconfíe del adversario.
Quizá esa sea la mayor lección de este episodio.
En política, las trampas suelen tener un efecto búmeran. Quien hoy se presenta como víctima puede terminar convertido mañana en protagonista de una nueva revelación. Y quien hoy acusa, mañana podría verse obligado a responder preguntas aún más incómodas.
Mientras tanto, Baja California sigue atrapada en un debate donde abundan las versiones, escasean las certezas y las instituciones vuelven a convertirse en piezas de un ajedrez político.
Porque, al final, la verdadera pregunta ya no es quién le tendió una trampa a quién.
La pregunta es quién está diciendo toda la verdad.
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