Territorios de Impunidad
- FERNANDO RUIZ CASTILLO

- hace 1 día
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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En México, encontrar una fosa clandestina ya no provoca horror. Provoca cansancio. Indignación gastada. Una tristeza que se mezcla con la rabia y termina convertida en resignación. Nos estamos acostumbrando a lo intolerable. Y lo más grave: el Estado también. Cada cuerpo enterrado ilegalmente es una derrota institucional. Cada osamenta exhumada es la prueba de un fracaso que se niega a corregirse.
La desaparición forzada se ha normalizado. Ya no es una anomalía, sino una rutina criminal tolerada. Más de 79 mil cuerpos sin identificar saturan morgues, tráileres y fosas comunes. Son personas sin nombre, sin historia, sin justicia. Son familias condenadas a la incertidumbre eterna. Y son, también, la evidencia brutal de un sistema que prefirió la simulación antes que la verdad.
El secuestro y asesinato de trabajadores de la minera Vizsla Silver en la sierra de Sinaloa resume esta tragedia nacional. Diez hombres arrancados de sus hogares, desaparecidos con precisión quirúrgica y enterrados como desechos humanos. La pregunta duele: ¿cómo opera un comando armado en una zona estratégica sin ser detectado? ¿Cómo se moviliza, secuestra, ejecuta y entierra sin que nadie lo vea? La respuesta es insoportable: no se mueven solos. Las rutas están vigiladas, pero no para proteger a las víctimas.
No fue un hecho aislado. Fue un crimen anunciado. Fue la confirmación de que en vastas regiones del país el Estado ya no gobierna. Profesionistas, obreros, campesinos y estudiantes son cazados con la certeza de que nadie los buscará con urgencia real. Y que, si aparecen, será bajo tierra.
Baja California ilustra esta degradación con una crudeza insoportable. San Quintín y el Valle de Mexicali se han convertido en territorios de exterminio. Fosas que brotan donde antes hubo patrullajes. Cementerios clandestinos en zonas bajo vigilancia oficial. Investigaciones anunciadas con estruendo que mueren en silencio. Policías señalados, mandos protegidos y expedientes congelados. La impunidad como norma.
El Valle de Mexicali es hoy un corredor de muerte. En meses recientes, colectivos de búsqueda han localizado al menos 31 cuerpos enterrados en predios agrícolas, drenes y caminos rurales. Treinta y una personas desaparecidas dos veces: primero por el crimen, luego por la indiferencia institucional. Y todos saben que no son los únicos. Que bajo esa tierra reseca hay más. Muchos más. La desesperación de las madres buscadoras no nace de la sospecha, sino de la certeza.
Ellas, no el Estado, son quienes cavan. Ellas, no las fiscalías, son quienes buscan. Mientras patrullas circulan sin mirar, ellas avanzan con palas, varillas y esperanza rota. Cada osamenta hallada es una victoria mínima y una derrota monumental. Porque confirma que llegaron tarde. Siempre tarde.
Más de 5,600 fosas clandestinas desde 2018 dibujan el verdadero mapa del país. No el de las carreteras, sino el del abandono. Zapopan, Sonora, Veracruz, Guerrero, Baja California, Sinaloa. La lista crece y el patrón se repite: policías corruptos, mandos intocables, fiscalías rebasadas y gobiernos expertos en fingir sorpresa.
La crisis forense no es técnica. Es moral y política. Tener decenas de miles de cuerpos sin identificar no es incapacidad: es desprecio. Es negar el derecho elemental a un nombre y a una tumba digna. Es prolongar el sufrimiento de miles de familias mientras se protege la red de complicidades que sostiene esta maquinaria de muerte.
La impotencia crece porque no hay consecuencias. Porque nadie cae. Porque los discursos sustituyen a las detenciones. Porque la indignación oficial dura lo que un ciclo noticioso.
México no necesita más condolencias. Necesita justicia. Necesita depuración real de corporaciones policiales. Necesita castigo ejemplar. Necesita voluntad política para romper el pacto de silencio que protege a los verdugos.
Cada fosa es una acusación. Cada cuerpo sin nombre es una herida abierta. Y cada autoridad que calla, simula o encubre, carga con esa sangre. Si el Estado no enfrenta de raíz la desaparición forzada, este país terminará por aceptar que su destino es vivir sobre un cementerio infinito. Y esa será, quizá, la derrota más profunda de nuestra historia.
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