TERMINACIÓN DE PALABRAS EN “A” “O” Y “E” Y GÉNERO NO CAMBIAN POR OCURRENCIAS

Eduardo Sadot
Una cosa es defender la igualdad, la equidad y la paridad de género, así como el respeto a todas las personas, y otra muy distinta pretender imponerle al idioma transformaciones artificiales por ocurrencias ideológicas.
Ninguno de esos principios exige deformar la lengua ni alterar arbitrariamente sus reglas gramaticales. Confundir la igualdad de derechos, la equidad en las oportunidades y la paridad en la representación con la obligación de modificar las palabras es un error lingüístico y conceptual.
Basta observar palabras como estudiante, amante, aspirante, comerciante, habitante, participante, militante, representante, denunciante, docente, presidente, gerente, dirigente, agente, paciente, adolescente o delincuente.
Muchas pueden referirse a hombres o mujeres sin cambiar su terminación.
Decimos el estudiante y la estudiante, sin necesidad de inventar «estudianto» ni «estudianta». El caso de «presidenta» merece una reflexión aparte: su generalización como supuesta exigencia de inclusión demuestra precisamente cómo una postura ideológica puede terminar imponiendo modificaciones al uso del idioma, aun cuando su necesidad y justificación lingüística sean discutibles.
El género gramatical no siempre determina el sexo de quien realiza una actividad o ejerce una función. El problema comienza cuando se pretende convertir una cuestión gramatical en una bandera de identidad por ocurrencia, como si cambiar las vocales resolviera la desigualdad, eliminara la discriminación o garantizara la paridad. No es así. La igualdad se construye con derechos, oportunidades, leyes y condiciones reales, no alterando las palabras.
Pretender que quien no utiliza determinadas terminaciones es discriminador, revela una confusión entre el lenguaje y la realidad que pretende describir. Y aquí hay otra contradicción que merece atención: quienes proponen utilizar la «e» para representar identidades que no se reconocen en el binomio masculino-femenino no pueden apropiarse de esa vocal ni reclamarla como patrimonio exclusivo. La «e» ya existe en el español, forma parte de su estructura y aparece en innumerables palabras que pueden designar indistintamente a hombres y mujeres.
También está presente en terminaciones plurales como «estudiantes», «participantes», «docentes» o «representantes», que permiten referirse conjuntamente a personas de ambos sexos. La «e» ya cumple, por tanto, una función incluyente en nuestro idioma.
¿Con qué derecho se pretende despojarla de esa función para apropiársela y asignarle un significado distinto, como si quienes no se identifican con ninguno de los dos géneros tuvieran derecho exclusivo sobre una vocal que pertenece a todos los hablantes?
En lugar de conservar y respetar esa función, se pretende cambiarla por una convención ideológica. Y si, aceptando sin conceder, se considera necesario crear una terminación distinta para expresar otras identidades, ¿por qué no buscar otra alternativa? Quedan, entre otras posibilidades, las vocales «i» y «u».
Que se proponga, se discuta y se encuentre una solución, pero sin apropiarse de la «e» ni quitarle su función incluyente, porque excluir ya es discriminar, contrario a lo que aparentemente se pretende.
Evidentemente, la evolución de las lenguas incorpora nuevas necesidades, cambios y adecuaciones; sería absurdo pretender que permanezcan inmóviles.
Pero esa evolución debe ser producto de la creatividad, la inteligencia y la capacidad de encontrar soluciones que sumen, no de propuestas excluyentes, arbitrarias o poco ingeniosas que terminen imponiendo una forma de hablar y descalificando a quienes no la comparten.
Evolucionar no significa destruir lo existente ni apropiarse de lo que pertenece a todos.
La lengua es patrimonio de todos, no propiedad de una corriente ideológica. Evoluciona mediante el uso social, la aceptación y el desarrollo cultural, no por imposiciones ni por la pretensión de que un grupo tenga autoridad para dictar cómo deben hablar los demás.
La inclusión no puede convertirse en exclusión de quienes piensan diferente, ni la igualdad, la equidad o la paridad en pretexto para violentar la gramática.
Respetar a las personas es una obligación; obedecer ocurrencias lingüísticas no lo es.
La «e» también debe defenderse como parte de nuestro idioma y como una terminación que permite incluir sin discriminar, al ser usada sin artículo definido o determinado.
El español no necesita que nadie se apropie de sus letras para demostrar que respeta a todos.
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*El contenido de esta colaboración, es responsabilidad exclusiva de quien la escribe.

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