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Señales de tormenta

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 4 días
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

Dos mensajes más. Dos señales adicionales que se suman a una lista cada vez más larga de declaraciones provenientes de la Casa Blanca y que revelan el verdadero estado de ánimo del presidente Donald Trump respecto a México y su gobierno.


Y no son señales menores.


Primero, el propio Trump volvió a insistir —con esa diplomacia directa que lo caracteriza— en que México estaría “perdido” y Estados Unidos es su única esperanza para enfrentar al narcotráfico y al crimen organizado. Una frase que, más allá del tono, encierra una visión profundamente asimétrica de la relación bilateral: México como problema, Estados Unidos como salvador.


Segundo, la Casa Blanca —a través de su vocera Karoline Leavitt— acusó a la presidenta Claudia Sheinbaum de mostrar poca empatía tras la muerte de dos agentes estadounidenses que trabajaban para la CIA y que fallecieron en un accidente automovilístico en Chihuahua.


El incidente no es menor. Los dos funcionarios estadounidenses murieron cuando regresaban de una operación vinculada al desmantelamiento de un laboratorio clandestino de drogas en el norte del país.


En el mismo accidente fallecieron también dos agentes mexicanos.


Pero lo que verdaderamente encendió la mecha política fue otro detalle: el gobierno federal mexicano no tenía conocimiento previo de la participación de esos agentes en el operativo.


Ese dato cambió completamente la conversación.


Mientras Washington exige solidaridad y cooperación, la presidenta Sheinbaum exige explicaciones: cómo operaban agentes extranjeros en territorio mexicano sin autorización del gobierno federal y bajo qué marco legal se realizó la operación.


La gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, ha defendido el operativo argumentando que los estadounidenses actuaban como instructores en el uso de drones para tareas de seguridad. Pero el episodio abrió un debate delicado sobre soberanía, coordinación institucional y la opacidad histórica de la cooperación antidrogas entre ambos países.


El problema es que este episodio no ocurre en el vacío.


Forma parte de una acumulación de tensiones que se vienen construyendo desde hace meses: amenazas de aranceles, presiones por migración, exigencias de mayor combate al fentanilo, advertencias sobre posibles designaciones de cárteles como organizaciones terroristas y, en el trasfondo, la constante insinuación de que Estados Unidos podría intervenir más directamente en la lucha contra el narcotráfico.


En ese contexto, las palabras de Trump no son simples declaraciones.

Son mensajes políticos.


Cuando el presidente estadounidense dice que México no puede enfrentar solo al crimen organizado, lo que realmente está colocando sobre la mesa es una narrativa peligrosa: la idea de que la incapacidad del Estado mexicano podría justificar una mayor intervención norteamericana.


Y esa narrativa tiene consecuencias.


Primero, porque alimenta en Washington a quienes promueven la designación de los cárteles como organizaciones terroristas, una decisión que abriría la puerta a operaciones extraterritoriales bajo la lógica de la seguridad nacional estadounidense.


Segundo, porque coloca a México en una posición diplomática extremadamente incómoda: aceptar la narrativa de dependencia o defender la soberanía con el riesgo de deteriorar la cooperación bilateral.


Y tercero, porque en medio de esa tensión se encuentra la realidad brutal del narcotráfico, que sigue siendo una tragedia compartida entre ambos países: violencia en México, epidemia de opioides en Estados Unidos.


La muerte de los agentes de la CIA debería haber sido un momento de cooperación, respeto institucional y claridad en los protocolos de seguridad

Pero terminó convirtiéndose en un nuevo punto de fricción alimentada desde Palacio Nacional y enfocada en contra de la gobernadora panista de Chihuahua a quien acusan de “traición a la Patria” y, como modernos Torquemada, exigen mandarla a la hoguera.


No porque alguien lo haya planeado así, sino porque la relación bilateral vive hoy una etapa particularmente delicada.


La historia entre México y Estados Unidos está llena de episodios en los que la cooperación en materia de seguridad se movió en zonas grises: operaciones encubiertas, agentes extranjeros operando con discreción, acuerdos que nunca se hicieron públicos.


Lo nuevo es el contexto político.


Hoy, cualquier incidente se convierte inmediatamente en un conflicto diplomático amplificado por la retórica nacionalista de ambos lados de la frontera.


Y cuando esa retórica se combina con la personalidad política de Donald Trump, el riesgo de escalada no es menor.


Porque en política internacional, las palabras no son sólo palabras.


A veces son advertencias.


Y otras veces, preludio de decisiones mucho más duras.

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