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Rocha, la soberanía y el miedo

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • 9 may
  • 2 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

La soberanía volvió a aparecer. Puntual. Infaltable. Como estampita de campaña reciclada cada vez que desde Washington asoma un expediente incómodo. Bastó la posibilidad de una solicitud formal de extradición contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, para que el discurso oficial sacara brillo a la palabra más manoseada del sexenio: soberanía.


La escucharemos hasta el cansancio. Que México no se arrodilla. Que no somos colonia. Que nadie dicta órdenes desde el extranjero. Que primero las pruebas. Que respeto al debido proceso. Todo envuelto en ese nacionalismo de mañanera que suele aparecer justo cuando Estados Unidos toca fibras que el poder preferiría mantener bajo siete llaves.


Porque el verdadero problema no es Rocha. El verdadero problema es el miedo.


Miedo a que un expediente judicial en una corte estadounidense deje de ser un asunto penal y se convierta en una radiografía política. Miedo a que los testimonios de testigos protegidos, operadores financieros o antiguos socios criminales comiencen a dibujar redes, relaciones y silencios incómodos. Miedo, sobre todo, a que la narrativa del “narco-Estado” deje de ser consigna opositora para convertirse en argumento internacional.


Y Washington lo sabe.


Estados Unidos entendió hace tiempo que los expedientes judiciales son también herramientas geopolíticas. No sólo persiguen delincuentes; también presionan gobiernos. Lo hicieron con Colombia en los noventa. Lo han hecho en Centroamérica. Y México no es excepción, aunque aquí todavía se pretenda combatir esa realidad con conferencias mañaneras y arengas patrioteras.


El dilema para el gobierno de Claudia Sheinbaum es brutal. Si protege políticamente a Rocha, alimenta la sospecha internacional de encubrimiento. Si lo entrega o permite que avance el proceso, abre una grieta interna de dimensiones impredecibles dentro de Morena. Porque nadie cree seriamente que un caso de esta magnitud terminaría en una sola persona. En Estados Unidos los expedientes nunca viajan solos; siempre jalan hilos.


Por eso el escenario más probable será el viejo deporte nacional: patear el bote. Resistir públicamente mientras se negocia en privado. Hablar de soberanía hacia las cámaras y de control de daños detrás de las puertas cerradas.


 Exactamente igual que ocurrió con el general Salvador Cienfuegos, sólo que ahora el contexto es mucho más explosivo por el fentanilo, las presiones electorales en Washington y el creciente consenso bipartidista de que México perdió enormes franjas de control territorial frente al crimen organizado.


Ahí radica el verdadero peligro.


Porque si Washington decide escalar, el caso Rocha podría transformarse en la excusa perfecta para endurecer la presión sobre México: sanciones, investigaciones financieras, restricciones diplomáticas y, peor aún, la insistencia en clasificar a los cárteles como organizaciones terroristas. Y entonces sí, la soberanía dejaría de ser discurso para convertirse en campo de batalla.


Sinaloa tampoco es un detalle menor. Es el corazón simbólico, financiero y criminal del Cártel de Sinaloa. Un escándalo internacional que golpee directamente al gobernador podría alterar equilibrios políticos y criminales extremadamente delicados. Porque cuando el poder político entra en crisis en territorios capturados parcialmente por el crimen, el vacío nunca permanece vacío.


Al final, quizá lo más irónico de todo sea esto: el gobierno seguirá hablando de soberanía mientras su margen real de maniobra se reduce día con día. Mucho discurso patriótico, sí. Pero cada vez menos control de la narrativa. Y posiblemente, también, del país.

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