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No son fisuras, son grietas con eco

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ CASTILLO
    FERNANDO RUIZ CASTILLO
  • hace 5 horas
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo


En su mañanera —ese ejercicio pedagógico donde la realidad se estira hasta volverse maleable— la presidente Claudia Sheinbaum nos aseguró que en Morena no hay fisuras. Que lo que vemos, escuchamos y leemos son apenas “diferencias” que enriquecen el debate. Una especie de club de lectura donde todos subrayan distinto, pero al final aplauden el mismo párrafo.


Qué tranquilidad.


Porque claro, cuando Layda Sansores y Ricardo Monreal intercambian dardos con la elegancia de un duelo al amanecer; cuando Adán Augusto López mide fuerzas con Mario Delgado en la pasarela interna de candidaturas; cuando Julio Scherer y Jesús Ramírez Cuevas se convierten en símbolos de proyectos enfrentados dentro del mismo proyecto; cuando Marx Arriaga aparece como estandarte ideológico frente a los operadores pragmáticos del partido… uno entiende que no son fracturas. Son ejercicios de yoga político: estiramientos necesarios para conservar la flexibilidad del movimiento.


Y si algo ha demostrado Morena es su elasticidad.


Nos dicen que todo es normal, que así son los partidos vivos. Pero hay partidos vivos… y partidos que se están repartiendo la herencia en vida. Porque lo que hemos visto en los últimos meses no son simples diferencias de matiz, sino disputas abiertas por territorio, narrativa y futuro. Las candidaturas en disputa, las filtraciones estratégicas, los mensajes crípticos en redes, los silencios calculados: nada de eso parece una sobremesa armoniosa.


La presidente pide no sobredimensionar. Y uno quisiera obedecer. De verdad. Pero cuando desde Palenque se envían señales que no siempre coinciden con el guion de Palacio Nacional, cuando los liderazgos históricos del movimiento comienzan a marcar distancia, cuando las lealtades se administran como fichas de cambio, el mapa deja de mostrar pequeñas líneas y empieza a dibujar fallas tectónicas.


Porque no se trata solo de nombres. Se trata de proyectos dentro del proyecto. De quienes creen que la pureza ideológica debe imponerse sin concesiones y quienes saben que gobernar exige pactos. De quienes se asumen herederos legítimos y quienes se sienten desplazados por una nueva generación que llegó con credencial vigente y bendición presidencial.


Sheinbaum insiste en que el debate fortalece. Y tiene razón: el debate fortalece cuando hay reglas claras y árbitros imparciales. Pero cuando el debate se convierte en disputa por el control del aparato, cuando las diferencias se traducen en campañas soterradas, cuando cada grupo construye su propia trinchera mediática, el término “fisura” queda corto.


No son fisuras, señora presidente. Son enormes fracturas que comienzan a abrirse en torno a dos polos de poder que, aunque formalmente alineados, laten con ritmos distintos. Son grietas que todavía no derrumban el edificio, pero que ya crujen cuando el viento sopla fuerte.


Lo irónico es que Morena nació denunciando las fracturas del viejo régimen. Hoy enfrenta el desafío de no repetirlas con distinto color. La unidad basada en liderazgo carismático siempre funciona… hasta que el liderazgo se descentraliza y el carisma se vuelve patrimonio disputado.


Tal vez aún estén a tiempo de convertir estas fracturas en auténtico debate. Tal vez.

Pero para lograrlo habría que reconocer que existen. Y en política, como en la vida, negar las grietas no las sella; solo hace que cuando se abran por completo, el estruendo sorprenda a quienes juraban que todo era apenas una línea superficial.


Por ahora, el discurso oficial habla de cohesión. El murmullo interno, en cambio, suena a placas tectónicas acomodándose. Y esas, señora presidente Sheinbaum, no piden permiso.


@Encuentro29

@furruzcas

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