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La revolución de las conciencias… y la disciplina del poder 

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • 4 may
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

Por momentos, escuchar el discurso de toma de protesta de Ariadna Montiel Reyes como presidenta nacional de Morena parecía un ejercicio de memoria selectiva. Una mezcla entre catecismo político, evocación épica y advertencia disciplinaria. Un mensaje que, más que inaugurar una nueva etapa del partido, dejó claro algo: Morena quiere seguir siendo movimiento… pero ya actúa como sistema.


Montiel abrió su mensaje invocando la narrativa fundacional del lopezobradorismo: la resistencia contra el neoliberalismo, el desafuero, el plantón de Reforma y la “revolución de las conciencias”. Ese repertorio simbólico que remite inevitablemente a la figura de Andrés Manuel López Obrador y que funciona como el ADN ideológico del partido.


Hasta ahí nada nuevo.


La liturgia política de Morena sigue siendo la misma: recordar la lucha para justificar el presente. El problema es que, mientras el discurso sigue hablando de resistencia, el partido gobierna prácticamente todo el aparato del Estado.


Y ahí aparece la primera contradicción.


Montiel habló como si Morena siguiera siendo oposición, cuando en realidad es el partido dominante del país: controla la Presidencia, la mayoría del Congreso y buena parte de los gobiernos estatales. El movimiento que se dice perseguido es, paradójicamente, el que hoy administra el poder.


Pero el momento más revelador del discurso llegó cuando la nueva dirigente habló de una “ofensiva permanente contra nuestro movimiento” por parte de medios de comunicación, comentócratas e incluso gobiernos extranjeros.


El viejo recurso político.


Cuando el poder necesita cohesión interna, la narrativa del enemigo externo resulta particularmente útil. No importa si ese enemigo es real o exagerado; su función es otra: cerrar filas.


En política eso se llama “disciplina narrativa”.


Montiel también prometió algo que en Morena suele pronunciarse con solemnidad casi ritual: que los corruptos no tienen cabida en el movimiento.

Una afirmación que suena impecable… hasta que se contrasta con la realidad de un partido donde las acusaciones internas, los conflictos entre grupos y las denuncias por uso político de programas sociales han sido constantes.

La promesa de pureza moral es parte del relato identitario de Morena. El problema es que los partidos no se miden por sus principios declarados, sino por sus mecanismos de control interno.


Y ahí Morena sigue siendo un partido profundamente centralizado.


El discurso también dejó claro otro punto: la dirigencia partidista no será autónoma. Montiel subrayó el respaldo al proyecto que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum, lo que confirma algo que ya se intuía: Morena seguirá funcionando como el brazo político del gobierno.


Nada sorprendente, por supuesto. Así operan casi todos los partidos gobernantes en México.


La diferencia es que Morena nació prometiendo ser distinto.


En teoría, el partido del pueblo. En la práctica, un aparato político que busca administrar su hegemonía.


Quizá lo más interesante del discurso no fue lo que dijo, sino lo que dejó entre líneas. Montiel habló de unidad, de lealtad al movimiento y de la necesidad de cerrar filas frente a los ataques.


Ese lenguaje no es casual.


Cuando los partidos hablan demasiado de unidad suele ser porque temen la división.


Morena se prepara para los procesos electorales de 2027 y, más adelante, para la inevitable disputa por el liderazgo político que emergerá en el país cuando el ciclo de Andrés Manuel López Obrador termine de convertirse en historia.


El mensaje de Montiel fue claro: mantener el control del partido será tan importante como ganar elecciones.


La revolución de las conciencias, al final, también necesita estructura, disciplina… y mando.


Porque cuando un movimiento se convierte en poder, la épica deja paso a algo mucho más terrenal: la administración del poder.


Y ahí, inevitablemente, comienzan las verdaderas pruebas.

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