La cabildera… y la memoria selectiva
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- 18 may
- 3 min de lectura
Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En política, la ironía es un arma de doble filo. Quien la usa debe estar razonablemente seguro de que los datos no lo contradigan. De lo contrario, la broma puede terminar volviéndose en su contra. Algo de eso ocurrió esta semana en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión.
La senadora bajacaliforniana Julieta Ramírez Padilla, hoy flamante vocera del grupo parlamentario de Morena en el Senado de la República, decidió lanzar una frase que pretendía ser demoledora. Con tono de burla, con su exagerado histrionismo, cuestionó la presencia de la senadora sonorense Lilly Téllez en la sesión, insinuando que había regresado de su gira por Estados Unidos para cumplir labores de “cabildera de Washington”.
La línea discursiva no es nueva. Forma parte del manual retórico de la política mexicana: si el adversario cruza la frontera, se le acusa de conspirar con el imperio. Si regresa, se le señala de operar para intereses extranjeros. Y si habla inglés, mejor todavía.
El problema es que la ironía exige coherencia mínima. Y cuando se revisa el registro de asistencias del propio Senado, la escena adquiere un matiz involuntariamente cómico.
Porque los datos muestran que, durante el periodo ordinario reciente, la senadora Ramírez acumula más faltas registradas que la propia Lilly Téllez.
Nada escandaloso —hay ausencias justificadas, como ocurre con muchos legisladores—, pero suficiente para introducir una pregunta elemental: ¿con qué autoridad moral se cuestiona la presencia legislativa de alguien más cuando el propio expediente no es precisamente inmaculado?
La política mexicana tiene una vieja tradición: la del político que reparte certificados de pureza desde la tribuna mientras sus propios números cuentan otra historia. En este caso, la narrativa de la “cabildera de Washington” se topa con una realidad bastante menos épica: registros de asistencia que muestran que ambas senadoras asisten regularmente, pero que la que lanzó la ironía no puede presumir una ventaja precisamente aplastante en disciplina parlamentaria.
Y aquí aparece un segundo elemento digno de análisis. La senadora Ramírez no es una legisladora cualquiera dentro de Morena. Hoy funge como vocera del grupo parlamentario. Es decir, la persona encargada de fijar postura, defender la línea política del partido y, en teoría, elevar el nivel del debate.
Sin embargo, el recurso elegido fue el más fácil: la descalificación caricaturesca.
No es un fenómeno exclusivo de Morena, por supuesto. El Senado mexicano lleva años transitando entre el debate parlamentario y el espectáculo político.
Pero cuando quien utiliza ese recurso presume representar a un movimiento que dice encarnar la superioridad moral de la política nacional, la vara de evaluación inevitablemente se eleva.
Porque si algo prometió la llamada “cuarta transformación” fue precisamente eso: una política distinta, más seria, menos frívola y menos obsesionada con la descalificación personal.
En la práctica, lo que vemos con demasiada frecuencia es otra cosa: discursos incendiarios que se evaporan en cuanto aparece el pequeño detalle de los datos verificables.
La escena, vista con distancia, tiene algo de ironía involuntaria. Una senadora cuestiona la presencia de otra en el Senado… durante una sesión del propio Senado… cuando ambas están ahí precisamente para cumplir con su trabajo legislativo.
La diferencia es que una decidió convertir el momento en un episodio de sarcasmo político.
Y como suele ocurrir con el sarcasmo mal calculado, terminó revelando algo más interesante que el ataque original: la facilidad con la que algunos legisladores reparten etiquetas —“cabildera”, “traidora”, “vendepatrias”— sin detenerse a revisar primero su propio expediente.
Quizá por eso la escena deja una lección simple: en política, antes de lanzar ironías conviene revisar los números.
Porque a veces, cuando se examinan con cuidado, descubren algo incómodo.
Que la supuesta cabildera… no es necesariamente la más ausente en el Senado.
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