Julieta: vocera en el Senado… ¿o vocera de su propio futuro?
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- 1 may
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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En política, como en el ajedrez, cada movimiento tiene una lectura evidente y otra que solo se entiende varios turnos después. El reciente nombramiento de la senadora bajacaliforniana Julieta Ramírez Padilla como vocera del grupo parlamentario de Morena en el Senado ha despertado más preguntas que certezas. Y no es para menos: ocurre justo cuando la joven legisladora ha dejado ver —sin decirlo abiertamente— que su horizonte político apunta a la gubernatura de Baja California.
El movimiento, además, tiene un antecedente curioso. Hace apenas unas semanas, la senadora chihuahuense Andrea Chávez Treviño dejó la vocería para concentrarse en su proyecto rumbo a la gubernatura de Chihuahua. Es decir, mientras una abandona el micrófono del Senado para hacer campaña territorial, otra lo toma… supuestamente para fortalecer la comunicación del grupo parlamentario.
Las coincidencias en política, dicen los viejos operadores, casi nunca son casualidad.
La pregunta inevitable es: ¿este cargo fortalece o diluye las aspiraciones de Julieta Ramírez rumbo a Baja California?
En teoría, la vocería parlamentaria es un puesto de alto perfil. Quien la ocupa se convierte en la cara mediática del grupo mayoritario, fija posiciones políticas, responde a la oposición y administra el mensaje del partido en el Senado. En términos prácticos, significa más cámaras, más entrevistas, más presencia nacional y, por supuesto, más cercanía con la cúpula política de Morena.
Pero también significa algo más simple: mucho tiempo en la Ciudad de México y menos tiempo en Baja California.
Y en política local, especialmente en estados como Baja California, las gubernaturas no se ganan en conferencias de prensa ni en entrevistas televisivas. Se ganan con territorio, con estructura, con presencia cotidiana en colonias, ejidos y barrios donde la política se mide en cercanía, no en menciones en redes sociales.
Ahí aparece la primera paradoja del nombramiento.
Por un lado, el cargo le da visibilidad nacional a una senadora que ya de por sí es una de las figuras jóvenes más mediáticas de Morena. Por otro, la coloca en una dinámica institucional que inevitablemente la aleja del terreno donde realmente se definen las candidaturas: la operación política local.
A esto hay que agregar un elemento que en Baja California nadie ignora, aunque pocos lo digan en voz alta. Julieta Ramírez es una figura cercana al círculo político de la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda, relación que ha sido evidente desde su paso por el Congreso local y su posterior salto al Senado. En política, la cercanía con el poder siempre abre puertas, pero también genera suspicacias.
Y por si el tablero no fuera suficientemente interesante, hay otro detalle que en los corrillos políticos de Mexicali y Tijuana se comenta con una mezcla de curiosidad y sarcasmo: la relación sentimental de la senadora con el actual secretario del Bienestar estatal, Netzahualcóyotl Jáuregui Santillán.
Nada ilegal, desde luego. Pero en un estado donde el aparato social del gobierno juega un papel central en la estructura política de Morena, la coincidencia resulta, digamos, políticamente conveniente.
De modo que el escenario se vuelve peculiar. La senadora ocupa ahora un cargo que le da voz nacional, mantiene cercanía con la gobernadora del estado y, al mismo tiempo, tiene vínculos personales con una de las áreas más estratégicas del gobierno estatal. En otras palabras, una arquitectura política bastante completa… al menos en apariencia.
Pero en Morena, como en todos los partidos dominantes, las decisiones importantes rara vez dependen únicamente de visibilidad o cercanía.
Dependen, sobre todo, de equilibrios internos y de la voluntad del centro político.
Y ahí está el verdadero misterio del nombramiento.
Hay dos lecturas posibles.
La primera es optimista para la senadora. Morena podría estar apostando por proyectarla como una figura nacional para después impulsarla en Baja California. Convertirla en vocera le daría exposición, legitimidad dentro del grupo parlamentario y presencia constante en el debate político nacional.
La segunda lectura es bastante más pragmática —y más acorde con la tradición política mexicana—: darle un cargo visible en el Senado también puede ser una forma elegante de mantenerla ocupada mientras otras figuras construyen territorio en el estado.
En política, a veces los ascensos también son una forma de reacomodo.
Por ahora, Julieta Ramírez gana algo indiscutible: foco mediático. Pero la verdadera pregunta no es cuántas entrevistas dará como vocera del Senado, sino cuánto territorio podrá construir en Baja California mientras ocupa ese cargo.
Porque mientras ella fija postura frente a los micrófonos en la capital del país, en el estado otros actores seguramente estarán haciendo lo que realmente importa cuando se acerca una elección: caminar colonias, tejer acuerdos y construir estructuras.
En otras palabras, el nombramiento puede ser una plataforma… o un elegante balcón desde el cual observar cómo otros avanzan en la carrera.
En política, la diferencia entre una cosa y la otra suele descubrirse demasiado tarde.
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