Espejismo del PACIC
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- hace 2 días
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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En el patio solemne de Palacio Nacional, bajo los altos techos coloniales y la solemnidad de los muros históricos, la escena parecía cuidadosamente diseñada para enviar un mensaje de estabilidad.
De un lado de la mesa estaban los hombres del gran comercio nacional. Ejecutivos de corporaciones gigantes. Trajes oscuros perfectamente planchados. Zapatos de piel lustrados hasta reflejar la luz de los candiles.
Cintos de marca. Relojes discretos pero costosos. Perfumes elegantes que no gritan lujo, pero lo insinúan.
Cabellos peinados con precisión. Barbas perfectamente delineadas.
Hombres que encabezan empresas como Grupo Bimbo, Grupo Lala, Bachoco o SuKarne. Ejecutivos acostumbrados a negociar miles de millones de pesos en mesas de consejo y salas climatizadas.
Al centro de la escena, la presidenta Claudia Sheinbaum, presidiendo la fotografía institucional del acuerdo económico del momento: el Paquete contra la Inflación y la Carestía (PACIC).
La imagen proyecta orden. Coordinación. Responsabilidad social empresarial.
Una alianza entre gobierno y grandes corporaciones para contener el precio de la canasta básica.
Pero la fotografía oficial cuenta solo una parte de la historia.
A más de mil kilómetros de ese salón, en cualquier barrio popular del país, la escena es otra.
Son las cinco o seis de la mañana cuando el pequeño comerciante levanta la cortina metálica de su tienda.
No hay trajes de diseñador ni relojes suizos. Apenas alcanzó a lavarse la cara y las manos antes de abrir. Quizá un café rápido. Tal vez ni eso.
Ahí está el abarrotero de la colonia, el tortillero que enciende la máquina o el comal, el locatario del mercado de abastos que llega cuando todavía no amanece.
Ellos no negocian acuerdos macroeconómicos.
Ellos negocian sobrevivir cada día.
Porque cuando el proveedor llega con nueva lista de precios, el problema no es político. Es inmediato.
Subió el diésel del transporte.
Subió la electricidad del refrigerador.
Subió la harina.
Subió el gas.
Subió el costo del flete.
Subieron las casetas.
Y luego vienen las otras cargas invisibles:
los impuestos,
las multas administrativas,
los inspectores municipales,
las visitas del Servicio de Administración Tributaria,
las cuotas informales,
las extorsiones en algunas zonas,
los pagos de piso que se han vuelto parte de la economía clandestina.
Todo eso también forma parte del precio final de los alimentos.
Pero eso no aparece en la foto oficial.
Mientras tanto, el acuerdo del PACIC funciona como una especie de control de precios suavizado.
No se le llama control de precios —palabra incómoda en la economía moderna—, pero en la práctica se acerca bastante.
Las grandes empresas pueden adaptarse.
Pueden sustituir marcas.
Pueden ajustar empaques.
Pueden absorber pérdidas temporales.
Pueden compensar márgenes en otros productos.
Los pequeños comerciantes no tienen ese margen de maniobra.
Si el proveedor sube el precio, alguien tiene que pagarlo.
Y casi siempre ese alguien es el consumidor.
Pero incluso dentro del sistema del PACIC existe otro fenómeno que pasa casi desapercibido para el público.
No se trata exactamente de inflación visible.
Es algo más silencioso.
Los economistas lo llaman Reduflación, una práctica cada vez más extendida en los supermercados.
El precio permanece igual.
Pero el contenido se reduce.
El paquete de pan trae menos rebanadas.
La botella de aceite contiene menos mililitros.
La lata pesa algunos gramos menos.
La caja de cereal pierde unos cuantos puñados.
El precio no cambia…o aumenta poco. Siempre al alza.
Pero el consumidor se lleva menos.
En las estadísticas oficiales, elaboradas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía a través del Índice Nacional de Precios al Consumidor, los precios pueden parecer relativamente estables.
Pero en el carrito del supermercado o en la bolsa del mercado, la sensación es distinta.
El dinero alcanza para menos.
No porque el precio suba demasiado.
Sino porque el contenido disminuye lentamente.
Así, entre la solemnidad del acuerdo firmado en Palacio Nacional y la realidad cotidiana del pequeño comerciante, existe una distancia que no se mide en kilómetros.
Se mide en márgenes de ganancia.
En capacidad de negociación.
En poder económico.
En la fotografía oficial, el PACIC luce como un pacto de estabilidad nacional.
En la vida diaria de millones de comerciantes y consumidores, se parece más a un delicado equilibrio donde todos intentan contener los precios…aunque cada vez haya menos producto dentro del mismo empaque.
Y ahora sigue el acuerdo con los gasolineros. Pero esa, esa es otra historia.
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