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El ventrílocuo y su herencia

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • 2 mar
  • 4 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo



Si usted ha sintonizado alguna "mañanera" en los últimos años, o se ha detenido a escuchar los discursos de la administración morenista, habrá notado que hay un personaje que nunca falta, aunque nadie lo ha visto de cuerpo completo en la oficina: "El Pueblo". En el guion oficial, el pueblo es una entidad mística, infalible y, convenientemente, siempre está de acuerdo con el que tiene el micrófono.


Pero antes de seguir, vale la pena preguntarnos: ¿qué rayos es "el pueblo"? En teoría, somos todos: usted, yo, el vecino que votó por el cambio, el que votó en contra y el que ni siquiera fue a las urnas. Es un mosaico de gente con sueños y problemas distintos. Sin embargo, en la política real, "el pueblo" se ha convertido en una marca registrada. Un término que se usa no para incluirnos, sino para cerrar discusiones.


Andrés Manuel López Obrador fue un maestro en el arte de la ventriloquía política. Logró algo impresionante: convenció a millones de que él no era un político más, sino la voz misma de la nación. Pero bajo esa lógica, ocurrió algo peligroso. El "pueblo" dejó de ser la ciudadanía completa para convertirse solo en el grupo que lo apoyaba. Si usted aplaudía, era "pueblo puro"; si usted cuestionaba o pedía datos, pasaba a ser "élite", "conservador" o, de plano, un enemigo del país.


Hoy, Claudia Sheinbaum ha recibido esa estafeta retórica con un estilo quizá menos explosivo, pero igual de tajante, a través de las "mañaneras del pueblo".

El mensaje es idéntico: cualquier decisión, por muy drástica que sea, se presenta como un "mandato popular". Es la coartada perfecta:  "No soy yo quien quiere desmantelar instituciones, es el pueblo que me lo pidió en junio".


El ejemplo más vivo de este uso del "pueblo" como mazo lo estamos viendo con la reforma al Poder Judicial y la ofensiva actual contra el sistema electoral.

Nos decían que había que elegir a los jueces por voto popular para "democratizar la justicia". Sonaba bien en un comercial, ¿no? Hasta dan ganas de ir por la boleta. Pero detengámonos a pensar un segundo como ciudadanos de a pie: ¿De verdad queremos que un juez esté pensando en cuántos votos necesita para reelegirse? Un juez debe ser un experto en leyes, no un político en campaña. Al obligarlos a buscar el aplauso fácil, lo que se hizo no es darnos poder, sino obligar a la justicia a arrodillarse ante quien tenga el dinero y la estructura para mover los votos.


Es una trampa de manual: nos vendieron que "el pueblo elegirá", pero en realidad, los candidatos pasaron por el filtro del partido en el poder. Al final, no tuvimos  jueces "del pueblo", sino jueces "del partido", disfrazados con nuestra firma. Qué puntería tiene el gobierno, ¿no? Que "lo que el pueblo quiere" siempre es exactamente lo que le sirve al Palacio para no tener contrapesos.


Sin embargo, el peligro real es que esta obsesión por imponer una reforma electoral que nadie pidió —fuera del círculo morenista en las Cámaras— termine por asfixiar nuestra incipiente democracia. Mientras el gobierno se desgasta en cambiar las reglas para asegurar que nadie más gane, en la calle el "pueblo" de carne y hueso tiene otras urgencias. A la gente le importa menos quién cuenta los votos y más la inseguridad que no da tregua, la falta de medicamentos en los hospitales y un sistema de salud que nomás no llega a ser como el de Dinamarca.


Es ahí donde se nota la desconexión: el gobierno usa su mayoría legislativa como si fuera un cheque en blanco para demoler la casa, ignorando que el peligro económico y la falta de empleos estables son las verdaderas sombras que persiguen a las familias mexicanas. Mientras ellos juegan a la ingeniería política, la realidad del país se deteriora. La democracia no es solo votar; es tener instituciones que funcionen para todos, no solo para que el partido en el poder se sienta cómodo.


Si el INE o la Suprema Corte se vuelven empleados del Ejecutivo "en nuestro nombre", ¿quién nos va a defender el día que el gobierno tome una decisión que nos afecte directamente? La justicia y la democracia funcionan precisamente para que el más fuerte no aplaste al más débil. Sin árbitros independientes, quedamos a merced del humor de quien esté en el poder.


Finalmente, queda claro que el "pueblo" de los discursos no somos nosotros, sino un concepto usado para que no nos demos cuenta de que nos están quitando las llaves de nuestra propia casa. Un gobierno que de verdad respeta al pueblo, respeta sus leyes, sus instituciones y, sobre todo, su pluralidad.

Menos mística de balcón y más respeto a la realidad. Al final del día, el verdadero pueblo es el que exige cuentas, medicinas y seguridad, no el que solo sirve de eco para el poderoso de turno.



*Gráfico generado con ChatGPT


@Encuentro29

@ferruzcas

Facebook: Fernando Ruíz del Castillo

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