El silencio también se factura
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- hace 20 horas
- 2 min de lectura
Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Durante años nos dijeron que el dinero del narcotráfico buscaba comprar alcaldes, gobernadores, diputados, campañas y partidos políticos. Nada nuevo. El crimen organizado siempre entendió que una elección cuesta mucho menos que una guerra. Si puedes comprar un gobierno, ¿para qué conquistarlo a balazos?
Pero el documento dado a conocer por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos introduce un ingrediente mucho más incómodo. Uno que, curiosamente, ha pasado casi desapercibido entre analistas, comentaristas y hasta entre los propios medios de comunicación.
No habla solamente de campañas políticas.
Habla también de “medios de comunicación”.
Y ahí el silencio dejó de ser casual para convertirse en sospechoso.
Porque una cosa es aceptar que el dinero ilegal financie candidatos. Eso ya forma parte del imaginario colectivo mexicano. Pero otra muy distinta es admitir que ese mismo dinero pudiera haber servido para comprar líneas editoriales, fabricar reputaciones, destruir adversarios, ocultar investigaciones o construir realidades paralelas.
Si el dinero del huachicol fiscal terminaba en campañas políticas, el objetivo era ganar elecciones.
Pero si también llegaba a medios de comunicación, entonces el objetivo era ganar algo todavía más valioso: la narrativa.
Y quien controla la narrativa casi siempre termina controlando la percepción pública.
De pronto muchas piezas comienzan a acomodarse.
¿Por qué ciertos personajes parecían inmunes al escrutinio periodístico?
¿Por qué algunos escándalos morían antes de nacer?
¿Por qué había medios donde determinadas investigaciones simplemente no existían?
¿Por qué algunos periodistas parecían ejercer más como jefes de prensa que como reporteros?
Y, sobre todo, ¿de dónde salía el dinero para sostener verdaderos aparatos de propaganda disfrazados de periodismo?
Porque mantener campañas permanentes de publicidad política cuesta millones.
Las entrevistas complacientes cuestan.
Los espacios "informativos" disfrazados de noticias cuestan.
Los portales que viven para aplaudir también cuestan.
Hasta las tendencias artificiales en redes sociales tienen tarifa.
Y ni hablar de las encuestas.
Esas que misteriosamente siempre colocan arriba al cliente que las paga y abajo al adversario que las cuestiona.
Esas mediciones que aparecen justo cuando alguien necesita justificar una candidatura, legitimar una decisión política o convencer a la opinión pública de que un personaje es inevitable.
Tal vez algún día también sepamos quién financiaba esas encuestas tan generosas con unos y tan despiadadas con otros.
Porque hacer demoscopia "cuchareada" tampoco resulta barato.
El documento estadounidense no menciona nombres de medios. Todavía.
Pero tampoco deja demasiado espacio para la imaginación cuando afirma que recursos provenientes de estas estructuras criminales podían utilizarse para beneficiar a políticos corruptos mediante pagos dirigidos a campañas y medios de comunicación.
La diferencia entre un partido político y un medio debería ser sencilla.
El primero busca conquistar el poder.
El segundo debería vigilarlo.
Cuando ambos terminan alimentándose de la misma bolsa, la democracia deja de tener contrapesos y empieza a parecer un negocio de accionistas.
Quizá por eso el tema ha recibido tan poca atención.
Resulta mucho más cómodo discutir qué político recibió dinero que preguntarse qué empresa periodística pudo haber cobrado por callar.
Porque si algún día esos nombres salen a la luz, habrá quienes descubran que nunca fueron periodistas independientes.
Simplemente estaban en nómina.
Y entonces entenderemos que, en México, no sólo se compraban elecciones.
También se rentaba el silencio.
Lic. Francisco Fernando Ruiz del Castillo
Cel. 6861363618
.png)



Comentarios