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El desafío apenas empieza

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ CASTILLO
    FERNANDO RUIZ CASTILLO
  • hace 22 horas
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día

 

Fernando Ruiz del Castillo

 

El 22 de febrero de 2026 marca un parteaguas en la historia reciente de la seguridad nacional. El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, en un operativo en Tapalpa, Jalisco, cierra el ciclo del liderazgo más expansivo y violento de la última década al frente del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Pero la caída de un capo de este tamaño no es sinónimo de pacificación: es el inicio de una reconfiguración que puede derivar en mayor fragmentación y violencia.

 

Desde el ángulo táctico, el operativo fue un éxito quirúrgico. La integración de inteligencia militar, vigilancia aérea y —según reportes confirmados— apoyo de elementos de los Navy SEALs elevó el estándar de cooperación bilateral. No es un dato menor: el Senado había autorizado su ingreso para tareas de adiestramiento, pero su presencia en una acción directa en Jalisco abre un debate inevitable sobre soberanía operativa y precedentes para el futuro.

 

La participación estadounidense se explica por la capacidad paramilitar del CJNG. El aseguramiento de lanzacohetes y vehículos blindados recuerda el derribo de un helicóptero militar en 2015. Washington ha clasificado al grupo como organización narcoterrorista y la presión de la administración de Donald Trump ha sido pública: más drones, más precisión, más resultados. México respondió con eficacia, pero el costo político de esa cooperación aún está por medirse.

 

El dilema estratégico fue claro: ¿capturar o abatir? La versión oficial sostiene que se intentó la detención y que el enfrentamiento fue provocado por los sicarios. Sin embargo, la muerte de Oseguera durante su traslado aéreo a la Ciudad de México alimenta suspicacias. Llevarlo a la capital, en vez de a Guadalajara, pudo obedecer a la necesidad de aislarlo de su base territorial y evitar un cerco criminal. El desenlace en tránsito eliminó el riesgo de un rescate estilo Culiacán y evitó un largo litigio de extradición. Desde la lógica del Estado, se neutralizó la figura simbólica y operativa sin abrir un frente penitenciario.

 

La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido de prudencia extrema. Remitir la información al Gabinete de Seguridad no es evasión, sino contención: validar pruebas periciales, mitigar la respuesta violenta y evitar un debate prematuro sobre la presencia extranjera. En contraste, el silencio inicial de Trump —marcado por un incidente interno en Mar-a-Lago y su agenda arancelaria— revela que el éxito mexicano no necesariamente encaja con su narrativa de presión permanente.

 

En el terreno, la respuesta del CJNG fue inmediata: bloqueos, quema de vehículos y ataques coordinados en al menos 20 entidades. La táctica es conocida: generar caos para facilitar la reagrupación de mandos medios. El impacto económico ya es tangible en corredores industriales y puertos estratégicos integrados al T-MEC. La violencia no solo desafía al Estado; erosiona cadenas de suministro y la confianza inversionista.

 

El verdadero desafío comienza ahora. Hay tres escenarios plausibles: fragmentación (“balcanización”) con células autónomas; sucesión colegiada bajo un mando militarizado; o absorción parcial por el Cártel de Sinaloa, histórico rival que vería la oportunidad de recuperar plazas en el occidente y la frontera norte. En cualquiera de los casos, la disputa por territorios puede intensificarse en el corto plazo.

 

¿Quién gana? En el mundo criminal, Sinaloa parte con ventaja. En el político, Trump obtiene argumentos para su discurso de mano dura. ¿Y México? Gana capacidad demostrada de inteligencia y coordinación, pero enfrenta el riesgo de una violencia reactiva y de una mayor dependencia operativa de Washington.

 

Para que este golpe táctico se traduzca en estabilidad real, el Estado debe ir más allá del despliegue militar. Primero, desmantelar la red financiera del CJNG: empresas fachada, lavado y rutas de precursores. Segundo, ocupar territorialmente las zonas bajo su influencia con presencia permanente y policías locales fortalecidas. Tercero, gestionar con firmeza la relación bilateral para que la cooperación no derive en cesiones estructurales de soberanía.

 

La muerte de “El Mencho” no extingue al CJNG; desmonta su figura central. Lo que sigue es una pugna por el poder que ya arde en carreteras y ciudades. La historia demuestra que la decapitación de liderazgos, sin reconstrucción institucional, abre ciclos de violencia. La prioridad nacional debe ser impedir que 2026 se convierta en el año de la fragmentación criminal y apostar, en cambio, por un rediseño integral de la política de seguridad que privilegie inteligencia, justicia y control financiero sobre el espectáculo del abatimiento.


@Encuentro29

@ferruzcas

Facebook: Fernando Ruiz del Castillo

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