Celebremos el saqueo de Pemex
- FRANCISCO RODRÍGUEZ

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ÍNDICE POLÍTICO
FRANCISCO RODRÍGUEZ
Uno de los ingredientes más explosivos del fétido caldo de inconformidad social que ahora mismo se cocina en el país es el de la quiebra de la casi nonagenaria “empresa del Estado” Petróleos Mexicanos… a la que tenemos que mantener con nuestros impuestos.
Prácticamente, desde 2013 está en bancarrota.
Aunque desde 1938, cuando Lázaro Cárdenas expropió los pozos petroleros en poder de empresas inglesas y estadounidenses ya daba muestras de ir hacia el fracaso, pues se le encargaron las tareas más difíciles –la exploración y la refinación-- y las más caras de mantener.
Luego la llenaron de burócratas y de “aviadores”.
Pero lo peor sobrevino cuando Andrés Lajous Vargas fue su director general y despidió a 400 ingenieros petroleros, tan solo porque alguno de ellos se había quejado –y burlado-- de que un economista dirigiera a la entonces paraestatal. ¿Se imagina? ¿Pemex sin expertos?
La petrolera nacional tuvo su época dorada en el foxiato, cuando su director general fue Raúl Muñoz Leos. Alcanzó niveles de producción de crudo que desde entonces se han visto disminuidos progresivamente, amén de incremento en la producción de refinados y ahorros considerables en ese proceso.
Celos de Felipe Calderón, a la sazón secretario de Energía, y envidias de Francisco Gil Díaz, quien quería que su sobrino Juan José Suárez Coppel encabezara a la empresa --lo que consiguió hasta el último trienio del calderonato-- acabaron con la buena racha de la etapa de Muñoz Leos, al fincarle a éste falsas acusaciones y una campaña de prensa fincada en falsedades.
Lo peor llegó con la privatización disfrazada de reforma energética consensuada con los partidos opositores por Enrique Paña Nieto, en cuyo sexenio también se desató el robo de combustible en los ductos, lo mismo que en las terminales de la empresa.
Despiden a técnicos; contratan cuatroteros
Aunque la expropiación de nuestros recursos, en 1938 se nos vendió como un acto de reivindicación frente a muchos agravios que durante siglos nos fueron infligidos por las potencias del momento, la verdad es que resultó perjudicial para todos.
No en los términos de la reforma del peñato, pero tras el fracaso de Octavio Romero Oropeza –y el saqueo a cargo de los hijos de AMLO, vía el huachicol fiscal y las transas en la cobranza de adeudos a proveedores y prestadores de servicios--, y los tambalees de su actual director general Víctor Rodríguez Padilla, a la chita callando la señora Claudia Sheinbaum ha optado por volver a poner a disposición de empresas nacionales y extranjeras la exploración y hasta la explotación del crudo que nos “escrituró el diablo”.
Aún no se ha llegado al extremo de lo que quisieran las grandes petroleras mundiales. Ellas preferirían que les fuesen concesionados en propiedad los yacimientos petrolíferos y no, como sucede en Irak y muy probablemente aquí en México, ser socios de Pemex, lo que no es precisamente muy atractivo, dadas las lamentables condiciones de la empresa.
Porque, amén de repetir el sobado discurso de que es “la petrolera más endeudada del mundo” –lo que es cierto--, en Pemex poco a poco se ha puesto en práctica lo que podríamos bautizar como “doctrina Lajous”, al despedir a una enorme cantidad de empleados con sólida trayectoria en el sector energético, para sustituirlos por adeptos y chairos del régimen de Cuarta que, por supuesto, carecen no sólo de experiencia, también de conocimientos básicos.
Muchos, además, han migrado hacia empresas privadas mexicanas y del exterior, ante la reducción de salarios que dejaron de ser competitivos con los del sector privado.
El sindicato, dolor de cabeza permanente
El sindicato es otro problema que agobia a Pemex.
Su dirigencia ha recaído en caciques, mismos que amasan inmensas fortunas vía la venta de plazas, la creación de empresas paralelas, y negociaciones leoninas con los débiles directores generales de la empresa.
De ser un sindicato nacional reivindicativo para sus agremiados, ejemplo en América Latina debido a los beneficios alcanzados para sus trabajadores, el petrolero fue convertido en un santiamén por el ya finado Carlos Romero Deschamps y por su sucesor Ricardo Aldana en un ente esquirol, reventador y subcontratista de la dizque empresa productiva, ahora otra vez “del Estado”.
Romero Deschamps, poseedor de una de las fortunas más negras del panorama mexicano se hizo líder del Sindicato Nacional de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, gracias a su condición bajuna y a prestarse a todo tipo de acusaciones penales sin fundamento contra quien fuera su jefe, Joaquín Hernández Galicia. Romero era su chofer.
Carlos Salinas de Gortari lo montó en el tren del aparato esquizofrénico del Estado y en poco tiempo, Romero Deschamps fue premiado con todas las representaciones populares, contratos ilegales y fraudulentos, liderazgos de los huachicoleros, y cualquier tipo de transas en perjuicio del gremio que dice representar.
Dueño de la amplia red de distribución de los hidrocarburos, administrador de los grandes oleoductos nacionales, cómplice en la inseguridad petrolera nacional, contratista y socio de transnacionales petroleras y de grandes concesiones para explotación del crudo en aguas someras, Romero es un ejemplo de lo peor de nosotros mismos.
Aldana, hoy, sigue esos pasos. Apenas en diciembre anterior se denunció que entre enero de 2016 y marzo de 2025, el STPRM otorgó contratos por 544.5 millones de pesos a Estrategia Estructural S.A. de C.V., una firma vinculada con la familia del secretario general de esta organización gremial.
Sólo excepcionalmente nuestro petróleo y la empresa han sido saqueados por los dizque gobernantes, sus familiares y sus líderes sindicales.
Inculpar a sus trabajadores y técnicos, como lo hacen frecuentemente, es una mediocridad más del régimen cuatrotero, pues está visto que la culpabilidad recae en sus administradores y jefes políticos.
Así que es mentira que el petróleo sea de todos los mexicanos.
¡Las deudas de Pemex, sí!
Indicios
Trabajadores jubilados de Pemex me hacen llegar un texto firmado por Jesús Pámanes, respecto a la ya aprobada iniciativa de la señora Sheinbaum relativa a las pensiones, lo que entre otros obstáculos más pone en riesgo las renegociaciones del T-MEC: “Desde el derecho romano existe un principio que resume esta lógica jurídica: Lex prospicit, non respicit. La ley ve hacia adelante, no hacia atrás. Este principio se encuentra en la base de la seguridad jurídica moderna. Si las reglas pueden cambiar incluso después de que los derechos se han consolidado, entonces desaparece la certeza bajo la cual las personas, las instituciones y los mercados toman decisiones... El impacto más profundo de una reforma de este tipo se mide en confianza institucional. Cuando un Estado transmite la idea de que puede modificar retroactivamente compromisos jurídicos, la señal alcanza a cualquiera que mantenga una relación con el Estado: empresas que firman contratos, inversionistas de largo plazo y compañías globales que analizan instalar operaciones aprovechando el nearshoring.” También señalan que al reducir las pensiones de los directivos de la empresa a la mitad de lo que percibe nominalmente la inquilina de AMLO en Palacio Nacional, forzosamente el escalafón se recorre hacia abajo, lo que deja condiciones de escasa subsistencia a quienes ocuparon niveles inferiores en la petrolera. De sus derechos humanos y adquiridos por su entrega a la empresa mejor no hablamos. Son vulnerados por la autoritaria nueva legislación.
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