Una carrera que nadie corre
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- hace 4 días
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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En teoría, la dirigencia nacional de Luisa María Alcalde ya dejó claro el mensaje: en Morena no son tiempos electorales y nadie debería adelantarse en la carrera por cargos futuros. El mismo llamado, con el peso institucional que implica, ha sido reiterado desde la Presidencia por Claudia Sheinbaum.
El mensaje, pues, ha sido claro. Tan claro que hasta lo proyectó por escrito. Lo que no está tan claro es si alguien decidió escucharlo.
Porque basta recorrer cualquier colonia de la ciudad —especialmente las populares— para comprobar que el entusiasmo político de algunos aspirantes parece tener una audición selectiva bastante peculiar. Las bardas pintadas con nombres, colores y consignas personales aparecen con una frecuencia casi admirable. A eso se suman cercos, ventanas y fachadas adornadas con lonas donde el rostro de algún personaje sonriente promete —implícita o explícitamente— un futuro mejor.
Todo esto, por supuesto, sin que nadie esté haciendo campaña.
Porque oficialmente nadie está en campaña. Ni Julieta, ni Samaniego, ni Chucho, ni Diego,ni Fernando, ni Eva, ni….
Pero las bardas sí.
Y las lonas también.
Y los espectaculares, ni se diga.
En ese curioso ejercicio de espontaneidad política, destaca particularmente la presencia constante de una senadora de la República cuyo rostro se multiplica por la ciudad con notable disciplina gráfica. Su nombre aparece en bardas, en lonas y, por supuesto, en convocatorias públicas donde se presenta como promotora o coordinadora de reuniones para impulsar, se dijo, lo que quedó de la reforma electoral impulsada por la presidenta Sheinbaum.
Ahí están las fotos y videos en las redes, acompañada de diputados locales y federales, sentados muy derechitos, muy atentos, muy disciplinados.
Escuchando, como si fuera novedad, lo que todos ya sabían que iban a escuchar, sobre todo de los ahorros y la austeridad, citándolos en la Ciudad de México, originando gastos pagados con recursos públicos.
La escena tiene, pues, mucho de teatro político.
Y las fotografías, claro, terminan en redes sociales donde se multiplican acompañadas de frases cuidadosamente redactadas.
Todo muy natural.
Tan natural como el pequeño detalle de que muchas de esas publicaciones, casualmente, aparecen patrocinadas en Facebook, X o Instagram cada vez que uno revisa su propio perfil. Una coincidencia digital que, para quienes navegan regularmente por redes sociales, comienza a parecer más bien una estrategia bastante bien financiada.
El resultado es un bombardeo constante de mensajes políticos disfrazados de actividades institucionales.
Y todavía falta la televisión.
Ahí también aparecen algunos de estos personajes, presentándose ahora como los grandes defensores del campo, anunciando visitas para escuchar —por fin— a los verdaderos campesinos. Una narrativa interesante, sobre todo si se recuerda que muchos de ellos ya recorrieron esas mismas comunidades en campañas pasadas.
En aquel entonces también escucharon.
Escucharon mucho.
Recibieron, y seguramente perdieron, las cuartillas y cuartillas de peticiones: apoyos, créditos, agua, infraestructura, seguridad social para los productores, caminos rurales, precios de garantía justos, energía para los pozos agrícolas, carreteras transitables, seguridad, seguridad, seguridad.
Promesas que, según parece, ahora necesitan volver a diagnosticarse para volver a hacer campaña.
Porque la política mexicana tiene esa curiosa cualidad de reiniciar la memoria cada tres o seis años. Y casi siempre con los mismos actores, a veces de diferentes colores.
Lo verdaderamente llamativo de todo este espectáculo es la sincronía institucional. Por un lado, desde la dirigencia nacional de Morena se insiste en que hay que evitar a los “adelantados” y respetar los tiempos políticos. Por otro lado, los propios adelantados aceptan públicamente esas reglas… mientras aseguran desconocer quién pinta bardas con sus nombres, quién manda hacer lonas con sus rostros o quién paga campañas digitales para promover su imagen.
Nadie sabe.
Nadie fue.
Las bardas se pintan solas.
Las lonas aparecen por generación espontánea.
Y los algoritmos de redes sociales, misteriosamente, deciden promover siempre a los mismos personajes.
Todo perfectamente casual.
La política mexicana tiene una larga tradición de simulaciones, pero pocas veces se había visto una tan coreografiada como la actual. Un sistema donde todos dicen respetar las reglas mientras las reglas se interpretan con una flexibilidad admirable.
Al final, la escena termina siendo una especie de obra colectiva donde cada actor representa su papel: la dirigencia que llama al orden, los aspirantes que prometen disciplina y las bardas que, tercamente, siguen hablando por todos.
La pregunta no es si alguien se está adelantando.
La pregunta es si todavía queda alguien dispuesto a fingir que no lo ve, que no sabe quién las paga y que las autoridades responsables de meter el orden prefieren, como Shakira, quedar brutas, ciegas, sordomudas, torpes y testarudas.
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