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POR ÉTICA, HONESTIDAD, DEMOCRACIA, TADDEI DEBE RENUNCIAR

Foto del escritor: EDUARDO SADOT
EDUARDO SADOT
hace 5 horas
2 min de lectura

Eduardo Sadot


El Instituto Nacional Electoral se construyó durante décadas como la columna vertebral de la democracia mexicana, una conquista ciudadana orientada a garantizar comicios imparciales, equitativos y ajenos a la intromisión del poder en turno. Sin embargo, la conducción de Guadalupe Taddei Zavala al frente del Consejo General ha vulnerado severamente la autonomía y el prestigio de un árbitro que exigía absoluta neutralidad.


Desde su llegada, los vínculos de cercanía política con el partido oficialista ensombrecieron su designación, proyectando una sombra de duda sobre su imparcialidad que se ha ido confirmando con el paso del tiempo.


Una autoridad electoral que da la impresión de doblegarse ante las exigencias del Ejecutivo traiciona su mandato constitucional y quebranta la confianza de una ciudadanía que espera firmeza, objetividad y estricto apego a la legalidad.


A lo largo de su gestión, el INE ha mostrado una preocupante tibieza ante sistemáticas violaciones a la normativa electoral, permitiendo actos anticipados de campaña, uso de recursos públicos para la promoción gubernamental y un desacato recurrente a las medidas cautelares emitidas por las propias autoridades.


Al actuar con indulgencia frente a los abusos del poder, la presidencia del instituto desarmó la equidad de las contiendas, convirtiendo al juzgador en un espectador pasivo que tolera la ilegalidad en lugar de contenerla.


Sumado a este sesgo en el arbitraje, la vida interna del órgano electoral ha sido sometida a una parálisis administrativa sin precedentes, motivada por la incapacidad de construir consensos con sus pares dentro del órgano colegiado.


La insistencia en imponer perfiles y la dilatación en el nombramiento de áreas clave, como la Secretaría Ejecutiva y diversas direcciones fundamentales, debilitó el funcionamiento técnico del servicio profesional electoral, acumulando encargadurías temporales que vulneraron la certeza operativa del instituto.


La toma de decisiones unipersonal fragmentó la cohesión institucional, erosionando la colegialidad que históricamente resguardó al INE de los caprichos individuales.


El daño a la credibilidad social es evidente: la opinión pública percibe hoy a un árbitro condicionado, mermado en su autoridad moral para dirimir conflictos políticos y desprovisto de la firmeza requerida para defender el voto libre.


La renuncia de Guadalupe Taddei no representa un embate contra la estructura democrática, sino un acto de responsabilidad republicana indispensable para oxigenar la institución, devolverle la autonomía técnica y garantizar que el arbitraje de la contienda pública recaiga nuevamente en un liderazgo intachable, capaz de resistir presiones e imponer el imperio de la ley sobre las conveniencias partidistas.


Por el bien de la certeza democrática y por la dignidad de la función electoral, es momento de que dé un paso al costado.


¡Basta! de simulación y discrecionalidad o renuncia o habrá fraude cantado, si los partidos no insisten, aceptarían anticipadamente el fraude, es más si los partidos de oposición deciden retirarse de la contienda si Taddei no renuncia no hay legitimación del fraude. Van a hacer lo mismo que la elección del Poder Judicial, es ser cómplices de la dictadura, de la “Ilustración criminal”.

 


Twitter: @eduardosadot


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Face: Eduardo.Sadot

 

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