“México bajo la sombra del águila”

Katya Ortega
“La fortuna se manifiesta con todo su poder allí donde no hay virtud preparada para resistirle”.
— Nicolás Maquiavelo, El príncipe, capítulo XXV.
Hay criaturas que no necesitan tocar la tierra para imponer su presencia.
Basta con extender las alas para que su sombra alcance territorios enteros. Y durante décadas, el águila estadounidense ha proyectado su sombra mucho más allá de sus fronteras.
México, por su cercanía geográfica y económica, conoce mejor que nadie lo que significa vivir bajo los movimientos de esa enorme figura. Y es que la fuerza de un águila no reside solamente en sus garras, sino en la libertad con la que domina el cielo.
Sin embargo, incluso las aves más poderosas dependen de algo que no pueden controlar: la dirección del viento. Y cuando el viento cambia, hasta el águila más poderosa debe modificar su vuelo.
El pasado 3 de noviembre, los vientos políticos cambiaron de dirección en Estados Unidos, las elecciones intermedias dejaron a Donald Trump frente a un escenario muy distinto al que encontró cuando regresó a la Casa Blanca. El Partido Republicano perdió el control de ambas cámaras del Congreso y, con ello, la posibilidad de impulsar buena parte de su agenda sin enfrentar contrapesos legislativos.
Pero la derrota no llegó por casualidad ni para sorpresa de nadie.
El descontento económico terminó cobrando factura a una administración que había prometido devolverle la prosperidad a los estadounidenses.
El aumento del costo de vida, los efectos de los aranceles comerciales y las consecuencias económicas de la guerra con Irán al final terminaron convirtiéndose en preocupaciones centrales de los electores.
Porque una cosa es escuchar que el país recupera su grandeza, que está prosperando y otra muy distinta es sentir esa prosperidad en el bolsillo.
Pero el problema no fue exclusivamente económico. También creció la preocupación por la concentración del poder presidencial y la necesidad de establecer mayores contrapesos a Trump. Incluso sectores del electorado latino que habían contribuido a su victoria en 2024 se alejaron de los republicanos.
Lo que ocurrió el 3 de noviembre fue, fundamentalmente, una redistribución del poder político estadounidense. Y mientras Washington intenta descifrar el mensaje de sus electores, en México nos preguntamos ¿qué implica que el viento cambie de dirección, si seguimos viviendo bajo la sombra de la misma águila?
Durante los últimos dos años, la relación entre México y Estados Unidos ha estado marcada por amenazas arancelarias, exigencias migratorias y de seguridad, así como una política comercial que ha colocado a nuestro país en una negociación prácticamente permanente. La presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido que mantener el diálogo con una administración que ha utilizado el comercio como instrumento de presión para conseguir acuerdos en asuntos que van mucho más allá de la economía.
Sin embargo Trump conserva la Presidencia y sus facultades ejecutivas, pero a partir de enero de 2027 ya no contará con un Congreso dominado por su partido. Esto significa que algunas de sus decisiones podrán enfrentar mayor vigilancia, investigaciones y obstáculos legislativos. Para México, este nuevo equilibrio podría representar en gran medida una oportunidad de ampliar sus espacios de negociación, aunque sería un error confundir los nuevos contrapesos con el fin de las presiones estadounidenses.
El primer gran desafío será el T-MEC. En julio de 2026, Estados Unidos decidió no extender el tratado comercial en sus condiciones actuales.
Aunque el acuerdo continúa vigente, esta decisión abrió un periodo de revisiones anuales que mantiene la incertidumbre sobre las reglas comerciales de los próximos años. Y la incertidumbre económica tiene consecuencias muy concretas. Una empresa que planea instalar una fábrica en México necesita saber bajo qué condiciones podrá exportar sus productos. Si las reglas cambian constantemente o existen amenazas de nuevos impuestos a sus mercancías, también cambia la confianza para invertir, contratar trabajadores y ampliar operaciones. No hablamos de una preocupación menor. Aproximadamente ocho de cada diez dólares que México obtiene por sus exportaciones de mercancías provienen de ventas destinadas al mercado estadounidense. Una decisión comercial tomada en Washington puede terminar afectando a una fábrica automotriz en Guanajuato, una empresa de tecnología en Jalisco o a miles de familias que dependen de esas actividades.
Con la nueva mayoría demócrata, el Congreso tendrá mayores posibilidades de supervisar las negociaciones comerciales y cuestionar algunas decisiones arancelarias de Trump. Sin embargo, eso no significa que los demócratas vayan a defender automáticamente los intereses mexicanos. De hecho, legisladores de ese partido ya han planteado exigencias relacionadas con los derechos laborales, la protección ambiental y el fortalecimiento de la industria estadounidense. Es decir, México podría encontrar nuevas posibilidades de diálogo, pero también nuevas condiciones sobre la mesa. En materia migratoria, el escenario presenta una contradicción semejante. Una mayoría demócrata podría ejercer mayor vigilancia sobre las agencias encargadas de las deportaciones y el uso de recursos públicos, pero no tiene la facultad de suspender por sí sola la política migratoria del presidente. Y respecto a la seguridad, las preocupaciones estadounidenses sobre el narcotráfico, el tráfico de armas y la frontera seguirán presentes, independientemente del partido que controle el Congreso.
Por eso, quizá el cambio más importante no sea una modificación inmediata de las políticas hacia México, sino de la forma en que nuestro país deberá conducir su diplomacia. Hasta ahora, buena parte de la relación bilateral ha girado alrededor de las decisiones de la Casa Blanca. En adelante, México tendrá que fortalecer también su interlocución con el Congreso, sus comisiones comerciales, los gobiernos estatales y los sectores productivos estadounidenses. Porque no basta con negociar con quien ocupa la Presidencia cuando existen otros actores capaces de influir en las reglas del comercio, los presupuestos y las prioridades de la relación entre ambos países. La derrota republicana tampoco garantiza una administración estadounidense más conciliadora. Trump conserva instrumentos de presión y todavía le restan dos años de gobierno. Un escenario de confrontación entre el Ejecutivo y el Congreso incluso podría complicar determinadas negociaciones.
En conclusión los nuevos contrapesos en Washington no eliminan las vulnerabilidades internas de México que le ponen en una situación poco favorable para las negociaciones.
México, por tanto, no puede permitirse interpretar estos resultados desde la simpatía o antipatía hacia un partido político. Ni demócratas ni republicanos velarán por los intereses mexicanos.
La pregunta no es si conviene que gane un demócrata o un republicano, sino cómo aprovechar los espacios que se abren sin comprometer los intereses nacionales. Nuestro país necesita una estrategia que trascienda las conversaciones presidenciales, fortalezca sus alianzas comerciales y reduzca, en la medida de lo posible, la vulnerabilidad de su economía frente a las decisiones de Washington.
Y es que aunque México puede tener dificultades para reducir las presiones en materia de seguridad, podría intentar construir acuerdos específicos alrededor de la estabilidad del comercio regional.Eso no supone que Estados Unidos tenga que hacer concesiones. Supone crear condiciones para que determinados actores estadounidenses también tengan razones económicas para defender la certidumbre del tratado.
Una alternativa sería fortalecer la diplomacia parlamentaria con representantes de estados como Arizona y California, donde México recibió, respectivamente, el 33% y el 19% de sus exportaciones de mercancías durante 2025. Estas cifras representan una oportunidad para construir alianzas basadas en intereses económicos compartidos, demostrando que cualquier modificación desfavorable al T-MEC podría tener repercusiones no solamente para México, sino también para las empresas, industrias y trabajadores estadounidenses.
No necesitamos esperar que los demócratas defiendan nuestros intereses por simpatía política. Necesitamos demostrar que la estabilidad de la economía mexicana también sostiene empleos, inversiones e industrias estadounidenses. Si Washington utiliza el comercio como instrumento de presión, nuestro país puede utilizar la interdependencia económica regional como argumento de negociación con los nuevos contrapesos.
Las urnas estadounidenses modificaron el equilibrio político de Washington. Ahora corresponde a México comprender ese cambio y actuar en consecuencia. Maquiavelo advertía que la fortuna golpea con mayor fuerza allí donde nadie se prepara para resistirla. Y aunque México no puede controlar los vientos que soplan del norte, sí puede construir las condiciones necesarias para enfrentarlos.
Porque el verdadero desafío no consiste en adivinar hacia dónde volará el águila estadounidense, sino en evitar que el destino de México dependa siempre de su sombra.
*El contenido de esta colaboración, es responsabilidad exclusiva de quien la escribe.

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