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Morena se reacomoda 

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo


Durante días, Luisa María Alcalde insistió en que todo era rumor. Que las versiones sobre su salida de la dirigencia nacional de Morena eran inventos de la oposición. Incluso dejó entrever que, si dejaba el cargo, sería para integrarse al gabinete de la presidenta Claudia Sheinbaum. Bueno, pues parece que ya la acomodaron.


La política, sin embargo, rara vez respeta los desmentidos. Y menos cuando el poder decide moverse, aunque sea para quedar igual.


La salida de Alcalde, junto con la de Andrés Manuel López Beltrán de la Secretaría de Organización, no es un simple ajuste administrativo ni confirma lo que es evidente: Morena es otra dependencia del Ejecutivo.


Es un mensaje político. Un reacomodo profundo en la estructura del partido que gobierna México.


En su lugar llegan Ariadna Montiel a la dirigencia y Esthela Damián a la organización. Dos perfiles cercanos a la presidenta, disciplinados, con experiencia en operación política y, sobre todo, con algo que en Morena hoy vale más que cualquier credencial ideológica: confianza del poder presidencial.


Pero la pregunta de fondo no es quién llega.


La pregunta es a quién obedecerán realmente.


Porque Morena, aunque gobierna el país, sigue siendo un partido con dos centros de gravedad: el poder institucional de la presidencia y la influencia política del fundador, Andrés Manuel López Obrador.


Ariadna Montiel no es una improvisada. Su trayectoria está profundamente ligada al obradorismo. Desde la operación territorial hasta la ejecución de programas sociales, ha sido una pieza clave en la maquinaria política que sostuvo el proyecto de la llamada Cuarta Transformación.


Como secretaria del Bienestar, controló el músculo territorial más poderoso del país: los programas sociales que llegan a millones de hogares. Esa estructura no sólo distribuye apoyos; también construye lealtades y compra voluntades.


Por eso su nombramiento tiene dos lecturas posibles.


La primera: que Claudia Sheinbaum está consolidando su control sobre el partido. Coloca a una operadora eficaz al frente de Morena para garantizar disciplina, cohesión y resultados electorales en los próximos procesos.


La segunda: que Morena sigue siendo un territorio donde el legado de Andrés Manuel López Obrador mantiene una influencia determinante, y que Montiel podría funcionar como puente —o contrapeso— frente al poder presidencial.

En política, los equilibrios rara vez son accidentales.


La importancia de estos movimientos no está en el cambio de nombres. Está en lo que vendrá después.


Morena enfrentará elecciones para gobernador en 17 estados, además de la renovación de los 300 distritos federales y miles de ayuntamientos. En juego no sólo está la continuidad del movimiento, sino la posibilidad de conservar una mayoría sólida en el Congreso.


Y en Morena, las candidaturas son poder.


Quien controle la dirigencia y la organización del partido tendrá una influencia determinante en la selección de aspirantes, en la operación territorial y en la narrativa política del movimiento.


Por eso este reacomodo no es menor.


Es, en realidad, la antesala de una disputa por el futuro del partido.


Si hay un estado donde este reacomodo se reflejará con claridad es Baja California.


La gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda ha construido su propio grupo político, pero enfrenta un escenario complejo: desgaste natural del poder, críticas por temas de seguridad y una creciente competencia interna dentro de Morena.


En la entidad conviven al menos tres corrientes:


1. El grupo gubernamental, encabezado por Marina del Pilar, que busca mantener el control político del estado y proyectar su influencia hacia las próximas candidaturas.


2. El obradorismo duro, todavía muy presente en sectores de la militancia y en algunos liderazgos territoriales que se formaron directamente bajo la tutela de Andrés Manuel López Obrador.


3. Los nuevos operadores federales, que podrían fortalecerse con la llegada de Ariadna Montiel y Esthela Damián a la estructura nacional del partido.


Este último grupo podría convertirse en el factor que incline la balanza en la definición de candidaturas locales.


Porque si algo caracteriza a Morena es que, aunque presume unidad, la competencia interna suele ser feroz.


Morena nació como un movimiento. Creció como una causa política. Y hoy gobierna como un partido de poder.


Ese tránsito no es sencillo.


Cuando un movimiento llega al gobierno, enfrenta una prueba inevitable: aprender a administrar el poder sin perder el contacto con la gente. Cuando eso no ocurre, la política se vuelve arrogancia y el discurso termina alejándose de la realidad.


La salida de Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán marca el fin de una etapa y el inicio de otra.


Ahora Morena tendrá que demostrar si puede evolucionar hacia una estructura política institucional bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum, o si seguirá orbitando alrededor del legado de Andrés Manuel López Obrador.


En los próximos meses lo sabremos.


Porque, al final, las encuestas pueden manipularse, los discursos pueden maquillarse y las dirigencias pueden cambiar.


Pero las elecciones siempre terminan diciendo la verdad.

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