MAGDALENA HERNÁDEZ VALENCIA DE RAMÍREZ CHELALA

Eduardo Sadot
Les comparto un artículo que escribí para una revista feminista especializada donde colaboro con frecuencia, ahí comencé una sección de heroínas silenciosas anónimas y me llamó la atención por qué no lo publicaron, no entendí la censura, invito a mis lectores a darme su opinión.
Hay personajes, entre ellas muchas mujeres, que han dedicado toda su vida a su profesión y a su familia, y que han contribuido al engrandecimiento de su entorno y de sus comunidades. Aunque dejan de trabajar en lo que toda su vida hicieron, dejan también una huella profunda en quienes las conocieron y compartieron parte de esas experiencias de una vida prolija en conocimientos y cariño.
Hemos de continuar en este medio publicando detalles y anécdotas de vida de personajes, principalmente mujeres que son ejemplo y orgullo de sus comunidades. Un homenaje en vida, cuando aún pueden leerlo y disfrutarlo; para quienes gozan, en silencio, la satisfacción del deber cumplido.
Magdalena Chelala es de esas mujeres que nos arrancan una sonrisa con la dulzura de su emotivo recuerdo.
Magdalena Hernández Valencia de Ramírez Chelala es una jurista, una mujer entregada a la docencia y litigante reconocida en el Estado de México, en el medio universitario y entre los litigantes, porque ha sido formadora de generaciones de juristas -mujeres y hombres- que pasaron por su cátedra, a quienes enseñó la pasión por el derecho, particularmente por el derecho civil. Defensora del derecho como pocas y de las más nobles causas, luchadora contra las injusticias, una mujer a carta cabal, en toda la extensión de la palabra MUJER; una DAMA justa, inteligente y amorosa con su familia y con su profesión de maestra, enamorada eternamente de su esposo, el licenciado Julio Ramírez Chelala, y cálida con las generaciones de estudiantes de la entonces ENEP Acatlán, hoy FES Acatlán.
El magisterio hace historia al andar. La maestra Chelala lo hizo como profesora y abogada y lo sigue haciendo en su vida privada, aun en el retiro de las aulas.
Cómo no recordar sus clases llenas de pasión por el derecho, su vocación de litigante, los ejemplos y la emoción transmitida en la cátedra. Hoy, cómo no disfrutar esa mirada vidriosa y cristalina de alegría al saludar a sus alumnos, esa claridad llena de recuerdos y vivencias que invaden a raudales una plática como las de entonces en las aulas, dejando siempre una enseñanza y un sabor que nos hacen sentir un poco más abogados.
Recuerdo también una anécdota de mis clases de francés que, con los años, adquirió para mí un significado especial. En una ocasión pedí permiso para entrar a la clase de mi maestra de francés otra gran mujer Jacqueline Vandenbroucke (QEPD). Lo hice en francés y me dirigí a ella diciéndole: “Madame Jacqueline”. Inmediatamente me respondió, airadamente: “¡No, no, no, no, no! ¡Madame Jacqueline, no! En Francés así se refiere a otra clase de mujer. En mi caso debe llamarme con el apellido de mi esposo, no con mi nombre. Porque tengo esposo, debe referirse a mí como Madame Vandenbroucke”.
Aquella respuesta, que entonces me sorprendió, quedó en mi memoria. Con el tiempo comprendí que detrás de aquella corrección no había solamente una regla de trato o una cuestión de idioma, sino una manera de entender la identidad, el matrimonio y el lugar que el apellido del esposo podía ocupar en la vida de una mujer. No necesariamente como imposición, sino como una elección que algunas mujeres asumían con orgullo y dignidad.
La maestra Chelala — como cariñosamente le decimos quienes fuimos sus alumnos — siempre ha usado y usa con orgullo el apellido Chelala, apellido de Julio, su esposo, que porta con dignidad y orgullo. Para ella no existen esos complejos que pretenden convertir en obligación una determinada manera de entender la identidad femenina. Ella ha elegido, con plena libertad y convicción, unir a su nombre el apellido del hombre al que ama y que siempre ha amado, y con quien ha formado una vida de años juntos, enamorados y dedicados al trabajo de litigantes exitosos.
Es el ejemplo de quien, a lo largo de una vida plena, de respeto, trabajo y cariño al lado de su esposo, engrandece y honra su vida en compañía y en pareja.
Magdalena Ramírez Chelala, seguramente, lastima y despierta envidias en quienes no han logrado realizarse en pareja al lado del complemento y padre de sus hijas. Pero, más allá de cualquier juicio ajeno, su historia demuestra que cada persona puede encontrar su propia manera de entender el amor, la familia, la profesión y la vida en pareja.
Ella es también un ejemplo de quizá tiempos idos que, equivocadamente, son tachados de sumisión y complejos, cuando en la maestra Chelala han significado una elección personal, una forma de felicidad y una realización plena.
Al verla, nos preguntamos si acaso la vida de doña Josefa Ortiz de Domínguez pudo haber tenido también, en su tiempo, una dimensión semejante de vida familiar y de identidad compartida con su esposo; y cabe preguntarnos, sin pretender hablar por ella ni atribuirle pensamientos que no podemos comprobar, si la historia no ha simplificado también algunas de las formas en que las mujeres de otras épocas asumieron su nombre, su familia y su propia identidad.
La maestra Magdalena Hernández Valencia de Ramírez Chelala ha hecho su propia elección y la ha llevado con dignidad durante toda su vida.
Mi maestra, porque decimos “mi” a aquello que amamos, a aquello con lo que establecemos un vínculo profundo de pertenencia afectiva. Y qué mejor manera de comprenderlo que desde el derecho civil: los vínculos, las relaciones y las responsabilidades también forman parte de nuestra vida, de nuestra historia y de aquello que nos identifica.
Magdalena Chelala es, para quienes fuimos sus alumnos, parte de nuestra historia universitaria. Su nombre está ligado a nuestras primeras enseñanzas jurídicas, a las aulas de la entonces ENEP Acatlán y a esa manera apasionada de enseñar el derecho que deja huella mucho después de abandonar las aulas.
Por eso este no es solamente un recuerdo. Es un reconocimiento en vida a una maestra, a una jurista, a una litigante, a una esposa, a una madre y, sobre todo, a una mujer que hizo de su vida una historia de trabajo, amor, convicciones y dignidad.
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