La verdadera emboscada
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- 30 jul
- 2 min de lectura
Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Hay crisis políticas que se resuelven con documentos. Otras, con hechos. Y hay algunas que se agravan cada vez que alguien prende un micrófono.
Eso parece estar ocurriendo con la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila.
Después de varios días de silencio emprendió una gira por distintos medios de comunicación de la Ciudad de México para explicar el escándalo de los audios. No eligió una conferencia abierta donde cualquiera pudiera preguntar. Optó por entrevistas en espacios cómodos, con conductores cercanos y un mensaje cuidadosamente ensayado.
Hasta ahí, nada fuera de lo común. Así funcionan muchas estrategias de control de daños.
Lo sorprendente llegó cuando apareció una explicación que nadie había escuchado antes: todo habría sido producto de una "emboscada psicológica".
La frase sonó elegante. Incluso sofisticada. El problema es que, mientras más repetía y se repetía, menos explicaba.
Porque una emboscada psicológica no es un concepto reconocido por la psicología ni por el derecho. Es una manera de decir que alguien fue colocado deliberadamente en una situación para confundirlo, presionarlo o hacerlo reaccionar de una forma que después pudiera utilizarse en su contra.
Puede servir como metáfora.
Lo que difícilmente puede hacer es responder las preguntas que siguen sobre la mesa.
Y ahí es donde uno comienza a preguntarse quién está aconsejando a la gobernadora.
Porque esta crisis ya ha tenido demasiadas versiones.
Primero se habló de montajes. Después de audios editados. Luego de conversaciones sacadas de contexto. Más tarde aparecieron supuestos intermediarios que fingían representar a autoridades estadounidenses. Ahora resulta que todo formaba parte de una emboscada psicológica.
Cuando una explicación cambia tantas veces, el problema deja de ser el escándalo.
Empieza a ser la explicación.
Los buenos asesores saben que, en una crisis, no siempre se puede controlar la información, pero sí se puede cuidar la credibilidad. Y la credibilidad no se construye agregando un capítulo nuevo cada vez que aparece un dato incómodo.
Se construye con una historia consistente.
Eso fue precisamente lo que no dejó la gira por los medios nacionales.
Terminadas las entrevistas, la conversación pública no giró alrededor de las respuestas de la gobernadora. Giró alrededor de esa extraña expresión que terminó robándose todos los titulares.
Es una paradoja difícil de ignorar.
La intención era limpiar la imagen.
Lo que terminó instalándose fue un nuevo motivo para el cuestionamiento.
Mientras tanto, las preguntas importantes siguen exactamente donde estaban.
Las reuniones, los abogados, los consultores, las gestiones realizadas en Estados Unidos y el verdadero contexto de las conversaciones continúan esperando una explicación que resulte convincente para la opinión pública.
Ninguna desaparece porque se les cambie el nombre a los hechos.
Y aquí es donde la ironía deja de ser necesaria.
Porque, si alguien convenció a la gobernadora de recorrer los foros de televisión para presentar una explicación que abrió otro frente de críticas, entonces la única emboscada que parece plenamente acreditada es la que le tendieron sus propios estrategas.
Hay asesores que ayudan a cruzar una tormenta.
Y hay otros que logran algo mucho más difícil: que el capitán salga voluntariamente a explicar el naufragio... mientras el barco sigue haciendo agua.
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