La verdad en el rictus: lo que el general no dijo
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- 12 mar
- 3 Min. de lectura
Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Las conferencias matutinas se han convertido en un extraño teatro donde, muchas veces, la retórica intenta aplastar al dato duro. Ahí, entre preguntas incómodas y respuestas calculadas, ocurrió un episodio que vale la pena mirar con más atención de la que suele prestarse al ritual cotidiano del micrófono.
El intercambio entre la reportera Reyna Haydé Ramírez y el general Ricardo Trevilla Trejo no fue únicamente un momento tenso entre prensa y poder. Fue, para quien quiera observar más allá de las palabras, una pequeña lección sobre lo que el cuerpo dice cuando el discurso oficial ya no alcanza.
Porque hay algo que el oficio de observar la política enseña con el tiempo: el cuerpo casi nunca miente con la misma habilidad que la lengua.
Mientras la periodista insistía —con preguntas directas— sobre la opacidad en torno a la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, y sobre la responsabilidad de la Secretaría de la Defensa Nacional, el general mantuvo la compostura militar que dicta el manual. Espalda recta, mirada firme, tono controlado.
Pero detrás de esa disciplina visible comenzaron a aparecer señales que, de acuerdo con especialistas, el ojo atento reconoce de inmediato.
El primer indicio fue el apretamiento de labios. Ese gesto breve, casi imperceptible, que no suele aparecer cuando alguien ignora una respuesta, sino cuando decide no decirla. En el lenguaje corporal, cerrar la boca de esa forma es el equivalente a poner un candado momentáneo: contener algo antes de que salga.
Luego vino el parpadeo acelerado en los momentos más incómodos del intercambio. El cerebro trabajando a toda velocidad bajo presión, buscando la ruta más segura entre la seguridad nacional, la narrativa institucional y la conveniencia política.
También aparecieron pequeños movimientos que suelen pasar desapercibidos: acomodar papeles que ya estaban acomodados, alejarse apenas del micrófono, modificar el ángulo del cuerpo. No son gestos dramáticos, pero sí señales de distanciamiento. El cuerpo, en esos momentos, busca tomar aire frente a una realidad que no puede decirse completa.
Y ahí surge la pregunta inevitable.
¿Mintió el general?
La respuesta no es tan simple.
Más que una mentira frontal, lo que vimos fue algo mucho más común en la comunicación del poder: la verdad institucional. Esa versión cuidadosamente recortada de los hechos que no necesariamente es falsa, pero tampoco es completa.
En el general no se observaron los signos típicos de una mentira improvisada. No hubo descontrol ni contradicciones evidentes. Lo que hubo fue cálculo.
Medición de cada palabra. Selección quirúrgica de lo que podía decirse sin comprometer a la institución que representa.
Su cuerpo no parecía negar lo que decía. Más bien sugería otra cosa: que lo que decía no era todo.
Esa es la diferencia.
La verdad institucional se construye con omisiones. Con tecnicismos. Con frases neutras que despersonalizan los hechos. Con un tono plano que reduce la tensión política a un expediente administrativo.
Lo ocurrido frente a Reyna Haydé Ramírez fue, en realidad, el choque entre dos lógicas profundamente distintas.
Por un lado, el periodismo que insiste —a veces con incomodidad, a veces con terquedad— en saber qué pasó realmente. En pedir pruebas, fechas, responsables.
Del otro lado, una institución que históricamente ha preferido el silencio, el secreto y la reserva bajo el argumento de la estrategia.
El general Trevilla mantuvo la compostura. Eso nadie lo discute. Pero su rictus tenso, la rigidez de los hombros y esa economía de palabras tan cuidadosamente administrada dejaron ver algo más profundo que una respuesta oficial.
Confirmaron lo que desde hace tiempo flota en el ambiente público: la transparencia sigue siendo una materia pendiente dentro del mundo militar.
Tal vez el general no mintió.
Pero su cuerpo dejó entrever que la historia completa —esa que los ciudadanos tienen derecho a conocer— probablemente sigue guardada bajo llave en algún escritorio donde el acceso continúa siendo restringido.
En la política, como en la vida, hay silencios que dicen tanto como una confesión.
Y cuando eso ocurre, la duda razonable deja de ser sospecha: se convierte en una herramienta indispensable para entender lo que el poder prefiere no explicar.
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