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La unidad de Morena (versión discurso oficial)

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 20 horas
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

Por más que lo repita frente a la cámara Luisa María Alcalde, la famosa “unidad” de Morena empieza a parecerse cada vez más a esas escenografías de cine: fachada impecable al frente, pero detrás del decorado hay cables sueltos, discusiones de camerino y actores cambiándose de traje a toda prisa.


El video de la dirigente nacional del partido es, en esencia, un ejercicio de fe política. Alcalde asegura que todo lo que se dice sobre divisiones internas, pleitos, malos manejos o resultados cuestionables no es más que una campaña de “rumores y calumnias de la derecha”. Incluso denuncia ataques machistas y desmiente que “desde Palenque estén por dar un manotazo en la mesa”. En otras palabras: Morena está fuerte, unido y feliz.


Lástima que la realidad política mexicana tenga la mala costumbre de atravesarse en medio de los discursos.



Porque mientras la presidenta del partido explica que todo es armonía, el movimiento vive una temporada intensa de reacomodos, renuncias estratégicas y anticipos electorales dignos de un campeonato de ajedrez político. El ejemplo más reciente lo protagoniza Citlalli Hernández, quien decidió dejar la Secretaría de las Mujeres del gobierno federal para regresar a las trincheras partidistas y ayudar a Morena rumbo a las elecciones de 2027.

La decisión no fue menor. Hernández abandona una secretaría del gabinete de Claudia Sheinbaum para integrarse de lleno a la estructura electoral del partido, donde coordinará procesos de alianzas y selección de candidaturas.


En lenguaje político, eso significa una cosa muy sencilla: Morena ya está en campaña.


Y cuando un partido entra en campaña dos años antes de las elecciones, lo último que suele existir es tranquilidad interna. Lo que hay es competencia feroz, posicionamientos adelantados, operadores territoriales y la inevitable pelea por candidaturas.


Pero en el relato oficial todo es fraternidad revolucionaria.


Es curioso. Morena nació prometiendo que sería distinto a los partidos del pasado: sin tribus, sin corrientes, sin luchas internas. Hoy el partido parece haber descubierto que la política real funciona exactamente igual que siempre, solo que ahora se le llama “movimiento”.


Ahí están los coordinadores estatales que en realidad son precandidatos anticipados. Las giras disfrazadas de “asambleas informativas”. Las encuestas internas que mágicamente siempre coinciden con las preferencias del liderazgo. Y, por supuesto, los inevitables choques entre grupos que se disputan el control de estados, congresos y presupuestos.


Pero según el discurso oficial, todo eso es una ilusión óptica.


La ironía es que mientras la dirigencia insiste en que no hay conflictos, la maquinaria del partido se mueve como si estuviera en plena guerra electoral.

Las renuncias en el gabinete, los cambios de posición y los operadores políticos desplazándose a los estados forman parte de una estrategia para preparar la elección intermedia de 2027, una de las más grandes del país, donde se renovarán gubernaturas, congresos locales y la Cámara de Diputados.


Y en política mexicana hay una regla que nunca falla: cuando empieza la carrera por el poder, la unidad dura exactamente lo que duran los intereses alineados.


Por eso resulta casi enternecedor el tono con el que la dirigencia del partido pide creer que todo está bajo control. Morena no tiene divisiones, Morena no tiene conflictos, Morena no tiene problemas. Morena —según su propia narrativa— es un movimiento casi místico, donde todos comparten ideales, objetivos y destinos políticos.


Una versión institucional del “todos somos amigos aquí”.


Claro que la historia reciente cuenta otra cosa.


Cuenta de disputas internas por candidaturas, de gobernadores morenistas enfrentados con alcaldes morenistas, de legisladores del mismo partido acusándose mutuamente de corrupción y de grupos regionales que se pelean el control de estructuras electorales.


Cuenta también de un fenómeno curioso: el partido que prometió acabar con los vicios del viejo sistema político terminó heredando muchos de ellos, solo que con un discurso distinto.


Porque Morena puede cambiar el lenguaje —“transformación”, “movimiento”, “pueblo organizado”—, pero la lógica del poder sigue siendo la misma: controlar candidaturas, controlar territorios y controlar recursos.


En ese contexto, el mensaje de Luisa María Alcalde tiene un valor casi terapéutico. No pretende describir la realidad; pretende tranquilizar a la militancia.


Decir que todo está bien.


Que nadie se pelea.


Que no hay fracturas.


Que el movimiento sigue unido.


Y quizá eso sea lo más revelador de todo.


Porque en política hay una señal infalible de que algo empieza a moverse bajo la superficie: cuando los dirigentes sienten la necesidad urgente de repetir, una y otra vez, que no pasa absolutamente nada.

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