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La soberanía según convenga

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 10 minutos
  • 3 min de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castilllo

 

Hay algo curioso en la diplomacia mexicana de estos tiempos. La soberanía se ha convertido en una especie de interruptor político que se enciende o se apaga dependiendo de quién habla.


Si el comentario viene de Washington, se acusa injerencia. Si la opinión sale de Palacio Nacional y cruza fronteras, entonces se presenta como solidaridad internacional, análisis político o simple ejercicio de libertad de expresión.


La polémica entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, exhibe precisamente esa contradicción.


Johnson declaró que la lucha contra los cárteles debería unir a ambos países y no convertirse en una discusión política. Se podrá estar o no de acuerdo con el diplomático, pero resulta difícil encontrar en esa frase una agresión directa a la soberanía mexicana. No pidió votar por nadie, no respaldó a ningún partido y tampoco llamó a modificar decisiones institucionales del país. Habló de cooperación en materia de seguridad, uno de los principales temas de la agenda bilateral.


La respuesta presidencial fue inmediata y ríspida. Recordó que los embajadores deben mantenerse al margen de los asuntos internos y limitarse a la colaboración entre gobiernos. Jurídicamente tiene razón.

Diplomáticamente, quizá no tanto.


Porque en política exterior no solamente importa tener razón. También importa medir las consecuencias.


México atraviesa uno de los momentos más delicados de su relación con Estados Unidos. El tema del narcotráfico, las investigaciones judiciales contra funcionarios sinaloenses, las presiones comerciales, la revisión del T-MEC y la seguridad fronteriza forman parte de una ecuación extraordinariamente sensible. En ese contexto, elevar el tono contra el representante diplomático del principal socio comercial de México parece más una reacción política interna que una estrategia internacional cuidadosamente calculada.


Y aquí aparece el problema de fondo: la inconsistencia.


Apenas un día antes, desde la conferencia presidencial y diversos espacios oficiales, se realizaron comentarios sobre el proceso electoral colombiano y el avance de sectores de derecha en aquel país. Cuando México opina sobre Colombia, Argentina, Ecuador o Estados Unidos, se presenta como una postura legítima. Cuando alguien opina sobre México, inmediatamente aparece el discurso de la no intervención.


La doctrina Estrada, tan invocada por el oficialismo, parece haberse convertido en un instrumento de uso selectivo.


Lo preocupante es que la política exterior mexicana comienza a parecer cada vez más una extensión de la narrativa doméstica. Todo se interpreta bajo la lógica de la confrontación interna: conservadores contra progresistas, derecha contra izquierda, pueblo contra élites, soberanía contra intervencionismo.


Pero las relaciones internacionales no funcionan así.


Los embajadores hablan. Siempre lo han hecho. Opinan, sugieren, presionan, negocian y representan intereses nacionales. Esa es precisamente su función. La diplomacia consiste en administrar esas diferencias sin convertir cada desacuerdo en un incidente político.


Por eso resulta válido preguntarse si realmente existía la necesidad de escalar el intercambio con Ronald Johnson.


Porque una cosa es defender la soberanía nacional y otra muy distinta construir permanentemente enemigos externos para fortalecer una narrativa interna.


México necesita una política exterior seria, profesional y estratégica. Una política capaz de defender intereses nacionales sin caer en susceptibilidades selectivas ni en nacionalismos de ocasión.


La soberanía es demasiado importante para convertirla en consigna electoral.

Y la diplomacia demasiado delicada para utilizarla como herramienta de propaganda.


Si el principio es la no intervención, debería aplicarse para todos. Para Washington, desde luego. Pero también para Palacio Nacional.


De lo contrario, la soberanía deja de ser un principio de Estado y se convierte simplemente en un argumento de conveniencia.

 

Lic. Francisco Fernando Ruiz del Castillo


Cel. 6861363618


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