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HAITÍ Y SELVA DEL DARIÉN EXHIBEN HUMANIDAD REPROBADA

Foto del escritor: EDUARDO SADOT
EDUARDO SADOT
hace 17 minutos
5 min de lectura

Eduardo Sadot


Hay tragedias que dejan de ser solamente problemas regionales para convertirse en preguntas que interpelan a toda la humanidad. Haití en una isla del Caribe y distante de ahí, en el continente americano entre Panamá y Colombia la Selva del Darién, son dos escenarios distintos, pero unidos por una misma realidad: seres humanos expuestos a la pobreza, la violencia, el crimen y la ausencia o insuficiencia de protección efectiva.


Haití es también el ejemplo histórico de lo que puede ocurrir cuando una generación de gobernantes combina la ambición desmedida de poder con el autoritarismo, la corrupción y la destrucción institucional. François Duvalier, “Papa Doc”, gobernó desde 1957 y su hijo Jean-Claude, “Baby Doc”, heredó el poder en 1971 y permaneció en él hasta 1986. Durante ese periodo fueron documentados asesinatos, torturas, desapariciones, exilios forzados y represión de la prensa, los partidos y otras expresiones de la sociedad civil.


Haití enseña una lección al mundo y a México, que no debería olvidarse: el atraso de un país también puede ser consecuencia del atraso político de sus gobernantes. Cuando la ignorancia política se une con la perversidad del poder, cuando se destruyen las instituciones, se persigue la crítica y se sustituye el Estado de derecho por el miedo, las consecuencias pueden prolongarse durante generaciones.


Y esa historia obliga a pensar con preocupación en cualquier país donde aparezca la tentación de convertir el poder en patrimonio personal o familiar. La historia de Haití demuestra cuánto puede costarle a una nación permitir que la concentración del poder y la destrucción institucional impidan al Estado cumplir su primera obligación: proteger a sus ciudadanos.


Hoy Haití representa una dramática erosión del Estado de derecho. La violencia de los grupos armados ha desplazado aproximadamente a 1.47 millones de personas y ha contribuido a siete años consecutivos de contracción económica. El Banco Mundial señala que alrededor de 5.7 millones de haitianos enfrentan inseguridad alimentaria severa.


Naciones Unidas informó que, desde el comienzo de 2026, la violencia de las pandillas había dejado más de 2,300 muertos y más de 1,100 heridos, mientras el Estado, la economía, la educación y la entrega de ayuda continuaban gravemente afectados.


No estamos solamente ante un problema de pobreza. Cuando el Estado pierde la capacidad de garantizar seguridad, justicia y servicios esenciales, el derecho deja de ser una protección efectiva y corre el riesgo de convertirse en una promesa incumplida.


Y frente a Haití aparece la Selva del Darién: una región selvática que se ha convertido en ruta de tránsito para cientos de miles de personas que buscan escapar de la pobreza, la violencia o las crisis humanitarias y alcanzar mejores condiciones de vida.


Pero una selva no debería convertirse en filtro de seres humanos. Human Rights Watch documentó que más de medio millón de personas cruzaron la Selva del Darién en 2023 y que migrantes procedentes de Venezuela, Haití, Ecuador, Asia y África han sufrido robos, violencia sexual y otros abusos. La organización señaló que al menos 245 personas habían desaparecido entre 2021 y marzo de 2024 y advirtió que esa cifra, probablemente representa solamente una pequeña fracción de las vidas perdidas.


La tragedia no termina con la muerte. También existe cuando un desaparecido deja de tener nombre, cuando una víctima no encuentra justicia o cuando una familia jamás sabe dónde quedó uno de sus integrantes.


El problema exige preguntarnos si la Selva del Darién se ha convertido, de hecho, en un filtro geográfico de los desplazamientos humanos. No porque la selva haya sido diseñada para ello, sino porque la falta de vías suficientes, seguras y ordenadas obliga a miles de personas a exponerse a ella.


Human Rights Watch también ha señalado deficiencias de Colombia y Panamá para proteger a los migrantes, investigar delitos y garantizar alimentación, agua y atención sanitaria. Asimismo, ha documentado graves abusos, incluida la violencia sexual, y ha señalado que numerosos delitos no son investigados adecuadamente.


La comunidad internacional no está completamente ausente. Naciones Unidas y diversos organismos humanitarios mantienen operaciones en Haití y en las rutas migratorias. Pero existe una contradicción que merece ser señalada: mientras se multiplican los informes, los programas y los llamados de auxilio, la tragedia continúa.


Para 2026, Naciones Unidas estableció un plan humanitario de 880 millones de dólares para atender a 4.2 millones de personas vulnerables en Haití. Sin embargo, durante la visita del Secretario General se informó que apenas alrededor de una cuarta parte de ese requerimiento estaba financiada.


Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cuántas vidas deben perderse para que la emergencia deje de ser administrada y comience verdaderamente a resolverse?


La respuesta no puede limitarse a enviar ayuda después de la tragedia. Haití necesita recuperar instituciones capaces de garantizar seguridad, justicia, educación, salud, alimentación y empleo. Necesita fortalecer su policía y su sistema judicial, perseguir financieramente a las organizaciones criminales y acompañar la reconstrucción institucional con mecanismos internacionales de supervisión y rendición de cuentas.


En la Selva del Darién, Colombia y Panamá necesitan fortalecer conjuntamente la búsqueda y el rescate, la atención médica, la identificación de desaparecidos y la persecución de la trata, el tráfico de personas y los grupos criminales. También deben existir rutas migratorias legales, seguras y ordenadas que reduzcan la necesidad de atravesar la selva.


Y la comunidad internacional debe actuar sobre las causas: pobreza extrema, violencia, inseguridad alimentaria, falta de empleo y ausencia de oportunidades.


No se trata de sustituir a los Estados, sino de ayudarlos a recuperar su capacidad de proteger a las personas.


Haití y la Selva del Darién, distantes, separados por el mar y unidos en la tragedia, exhiben dos geografías distintas de una misma desventura: en uno, la fragilidad extrema del Estado; en la otra, una ruta donde la pobreza, la desesperación, el crimen y la naturaleza pueden convertirse en una sentencia de muerte. Y no es Africa o Asia, es aquí cerca, en el continente Americano.


En pleno siglo XXI no podemos aceptar que una persona tenga que elegir entre permanecer atrapada en la pobreza y la violencia o arriesgar la vida atravesando una selva.


La indiferencia también puede matar. Por eso, más que administrar estadísticas, la comunidad internacional debe construir soluciones verificables: instituciones que funcionen, justicia que llegue, fronteras que protejan, rutas migratorias seguras y recursos suficientes para atacar las causas del desplazamiento.


La solución para Haití debe comenzar por reconstruir el Estado de derecho y recuperar la capacidad institucional perdida. Para la Selva del Darién, por establecer mecanismos permanentes de búsqueda, rescate, atención y protección, al tiempo que se abren alternativas migratorias legales y seguras. Y para ambos problemas, por atender las causas que expulsan a las personas de sus hogares.


Porque una frontera no puede convertirse en cementerio. Y si Haití y la Selva del Darién continúan produciendo muertos, desaparecidos y víctimas mientras el mundo se limita a contabilizarlos, la pregunta ya no será solamente qué está fallando en esos territorios.


Mientras Haití y la Selva del Darien no se asuma como responsabilidad humanitaria y universal y no se resuelva, seguirá fallando la humanidad.



Twitter: @eduardosadot


TikTok: eduardosadotoficial


Face: Eduardo.Sadot

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