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El síndrome del ladrillo 

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 7 minutos
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

Por momentos, pareciera que a la senadora morenista Julieta Ramírez Padilla le ocurrió exactamente aquello que ella misma advirtió hace apenas un año dentro de su partido: que algunos militantes “se suben a un ladrillo y se marean”. La frase, pronunciada entonces como un llamado a la modestia política, hoy parece describir con precisión quirúrgica su propio comportamiento.


La gira que en los hechos funciona como precampaña rumbo a la gubernatura de Baja California en 2027 —aunque oficialmente se disfrace de reuniones con simpatizantes, empresarios y sectores sociales— dejó ver un rostro poco edificante de la joven legisladora. Uno que encendió alertas incluso entre quienes, desde la comodidad de la nómina estatal, ya habían comenzado a apostar por la continuidad del proyecto político en turno.


Porque una cosa es promoverse —algo que en política es casi inevitable— y otra muy distinta hacerlo con soberbia, desdén y un aire de superioridad que raya en lo grotesco.


El episodio más revelador ocurrió durante un encuentro con periodistas en Tijuana. Ante cuestionamientos del reportero de AFN, Jorge Caro, y de un periodista del semanario Zeta, la senadora optó por la vieja receta del político que se siente incómodo: desacreditar al mensajero. Con tono altanero respondió que ya había hablado “con su directora Adela”, en referencia a la dirección del medio, como si el simple hecho de invocar jerarquías editoriales fuese suficiente para intimidar o silenciar preguntas incómodas.


El gesto no fue menor. En política, los desplantes revelan más que los discursos.


No es la primera vez que la senadora protagoniza momentos de tensión en sus recorridos. En enero, durante otra visita a Tijuana, ya había reaccionado con ironía y molestia frente a cuestionamientos sobre versiones periodísticas relacionadas con su situación migratoria, acusando una supuesta “guerra sucia” y calificando a sus críticos como “aves de mal agüero”.


Pero el problema de fondo no es el temperamento. Es la incongruencia.


Mientras públicamente reta a quien quiera demostrar que existe una campaña anticipada en su favor, las calles de varios municipios de Baja California cuentan otra historia. Bardas pintadas, lonas, volantes y propaganda con frases como “Es Julieta”, “Julieta es la mera mera” o “En Baja es Julieta” han aparecido en colonias de Mexicali, Ensenada y otras ciudades del estado, generando denuncias por presunta promoción personalizada rumbo a la elección de 2027.


Incluso el PRI en Baja California anunció la presentación de denuncias ante el Instituto Nacional Electoral, el Instituto Estatal Electoral y la Fiscalía en materia de delitos electorales por presuntos actos anticipados de campaña, sustentados en fotografías de bardas, mantas y otros elementos de promoción política.


Es decir: la promoción existe, la propaganda está documentada y las denuncias ya están en curso. Pero la senadora insiste en desafiar a quien pueda probarlo.


La estrategia es conocida: negar lo evidente hasta que el ruido político se diluya.


Lo paradójico es que la propia Ramírez Padilla criticó en el pasado a compañeros de Morena que se adelantaban en la carrera electoral, advirtiendo precisamente contra ese mareo que provoca “subirse a un ladrillo”.


Hoy, sin embargo, parece haberse instalado cómodamente sobre uno.


Su trayectoria política es relativamente reciente. Originaria de Mexicali, con apenas treinta años recién cumplidos, pasó de colaborar en áreas de desarrollo social municipal a convertirse primero en diputada federal (2021–2024) y después, siempre a la sombra de la gobernadora Marina del Pilar Avil y el apoyo de su pareja, Netzahualcóyotl Jáuregui,  en senadora de la República desde septiembre de 2024.


Una carrera meteórica, sin duda.


Pero también una que parece haberle hecho olvidar una regla básica de la política: quien aspira a gobernar debe aprender primero a escuchar.


Los empresarios tijuanenses que acudieron a una de sus reuniones también pudieron presenciar otro momento revelador. En tono acusatorio, la senadora afirmó que dentro de Morena hay quienes llegaron “con piel de oveja pero son lobos que traicionaron al pueblo”. La acusación, por supuesto, fue generalizada.

Sin nombres, sin datos, sin responsables.


Una denuncia tan grave como conveniente.


Porque cuando no se mencionan culpables, la frase termina siendo solo una pieza de oratoria para la tribuna.


Y ahí está quizá el mayor problema de fondo: la política convertida en espectáculo de frases ruidosas, desplantes y desafíos públicos.


Si algo ha demostrado la historia reciente de Baja California es que los ciudadanos pueden tolerar muchos defectos en sus gobernantes, pero difícilmente soportan la arrogancia. Menos aun cuando viene acompañada de la negación de lo evidente.


Quizá todavía haya tiempo para que la senadora descienda del ladrillo.


Porque cuando la política se ejerce desde las alturas del ego, el mareo suele ser inevitable. Y la caída, casi siempre, también.

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