El sol sobre las piernas blancas
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En política hay dos tipos de escándalos: los que se inventan… y los que incomodan tanto que el poder prefiere llamarlos invento.
La semana pasada circularon —no uno, sino varios— videos que muestran lo que parece ser la silueta y las piernas de una mujer en uno de los balcones de Palacio Nacional. No es menor el detalle: no se trata de cualquier inmueble, sino del corazón simbólico del poder en México.
La reacción fue predecible. Desde el gobierno federal —y desde esa eficaz red de opinadores oficiosos que hoy sustituyen a la vieja prensa cortesana— se intentó descalificar el asunto con una explicación casi automática: “es inteligencia artificial”. El nuevo “fue el viento” del siglo XXI. Sin embargo, hasta ahora no hay una aclaración sólida, técnica, verificable, que cierre el caso. No hay peritaje, no hay explicación puntual, no hay transparencia. Solo descalificación.
Y eso, más que disipar dudas, las multiplica.
Porque aquí no estamos discutiendo moralinas ni vidas privadas —que cada quien cargue con lo suyo—. El punto es otro: el uso, el sentido y el respeto de un espacio que no pertenece a quien gobierna, sino a todos.
Palacio Nacional no es una casa. No es una residencia personal. No es, aunque así se haya querido normalizar en el sexenio anterior, una especie de departamento con vista al Zócalo. Es un recinto histórico, un símbolo de la República, un espacio que debería estar blindado no solo por la seguridad… sino por la dignidad.
Y cuando ese símbolo se banaliza —aunque sea por descuido, por imprudencia o por soberbia—, el problema deja de ser anecdótico.
Se vuelve político.
Porque el mensaje es claro: el poder no solo gobierna, también se apropia. Y lo hace con una naturalidad preocupante.
Hoy, el oficialismo pretende reducir todo a una discusión técnica: si el video es real o no. Pero incluso si concediéramos —sin pruebas— que lo fuera, el daño ya está hecho. Porque lo que exhibe este episodio es algo más profundo: la pérdida de límites entre lo público y lo privado.
Antes, al menos, se cuidaban las formas.
Hoy, ni eso.
En redes sociales —ese termómetro brutal que no pide permiso— el tema ha tenido dos lecturas igual de reveladoras. Por un lado, quienes defienden a la presidenta insisten en la narrativa de la “guerra sucia digital”, donde todo cuestionamiento es falso por definición. Por el otro, quienes ven en el episodio una confirmación más de que el poder actual se siente dueño —no administrador— de las instituciones.
Dos Méxicos discutiendo sobre un balcón.
Y en medio, el silencio oficial.
Porque si algo llama la atención es que la presidenta, tan proclive a fijar postura en temas incluso menores, no haya ofrecido hasta ahora una explicación clara, directa, sin rodeos. No un desmentido genérico. No un “es IA”. Una explicación.
La investidura lo exige.
No se trata de escándalo. Se trata de responsabilidad.
Y sí, también de congruencia.
Porque no se puede hablar de transformación, de ética pública, de separación entre el poder y los privilegios… mientras se normaliza el uso personal —o al menos ambiguo— del recinto más emblemático del país.
Pero hay algo más de fondo, más incómodo todavía: ya es tiempo de que ese espacio público se desocupe y regrese a los mexicanos. Que la presidenta y su familia busquen otro lugar para vivir y permitan que los ciudadanos vuelvan a recorrer, admirar y apropiarse —en el buen sentido— de la majestuosidad y el arte que encierran los muros de Palacio Nacional.
Porque hoy, esos muros que resguardan historia, identidad y memoria colectiva, también están sirviendo —para decirlo sin rodeos— como escenario para lucir piernas blancas.
Y no, para eso no fue construido el poder.
Quizá ha llegado el momento de recordar que quien ocupa el Ejecutivo es apenas un inquilino temporal. No el dueño del inmueble… ni del símbolo.
Porque desde muy cerca de ese balcón se grita “¡Viva México!”… no “esto es mío”.
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