top of page

El pecado de criticar 

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 7 horas
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo


Bastó una frase de la presidenta Claudia Sheinbaum para que se activara el ejército digital del bienestar. Una sola señal desde Palacio Nacional fue suficiente para que influencers oficiales, propagandistas disfrazados de periodistas y opinadores de consigna se lanzaran como jauría contra TV Azteca, contra Ricardo Salinas Pliego, contra conductores, comentaristas, cronistas deportivos y hasta contra Paty Chapoy. La instrucción fue clara, aunque no estuviera escrita: aplastar, desacreditar, intimidar.


Y entonces ocurrió lo de siempre. Aparecieron las “investigaciones” hechas con tijera ideológica, las verdades incompletas, los datos manipulados y las mentiras enteras. Porque el nuevo régimen no debate: descalifica. No confronta ideas: destruye reputaciones. No tolera la crítica: la convierte en delito moral.


La presidenta intentó suavizar el golpe diciendo que sólo expresó una “opinión”. Curiosa manera de entender el poder. Cuando una mandataria habla desde el atril presidencial no emite opiniones inocentes; lanza mensajes políticos con consecuencias reales. Y más en un país donde el oficialismo ha construido una maquinaria de linchamiento digital financiada, promovida y protegida desde el poder.


Porque no es lo mismo la crítica de un ciudadano común que el señalamiento público de la jefa del Estado mexicano. La investidura presidencial pesa.

Intimida. Condiciona. Marca línea. Cuando la presidenta cuestiona desde el poder a medios de comunicación o periodistas como Carlos Loret de Mola, Héctor de Mauleón o Javier Alatorre, no habla una opinadora cualquiera desde una cuenta de redes sociales. Habla quien controla presupuestos, instituciones, influencia política y capacidad de presión pública. Y eso coloca a los periodistas en una condición de vulnerabilidad frente a las hordas fanatizadas que entienden perfectamente el mensaje: hay que ir contra los enemigos del movimiento.


Lo grave no es únicamente el ataque contra una televisora o contra personajes mediáticos. Lo verdaderamente peligroso es la normalización del odio institucional contra quien piense distinto. Hoy son periodistas incómodos.


Mañana pueden ser empresarios, académicos, jueces, ciudadanos o cualquier mexicano que ose cuestionar la narrativa oficial.


La libertad de expresión sigue existiendo en la Constitución mexicana. Y subrayo el “sigue” porque Morena y sus aliados ya demostraron que los límites legales, democráticos y constitucionales les estorban cuando interfieren con sus intereses políticos. Tienen mayoría legislativa, control territorial, operadores electorales, fiscales complacientes y un aparato de presión pública que funciona como tribunal inquisidor. Les faltaría únicamente formalizar lo que en los hechos ya practican: castigar la crítica.


El problema para el régimen es que la realidad comenzó a perforar la propaganda.


La narrativa épica del obradorismo envejeció demasiado rápido. Aquella imagen de superioridad moral terminó sepultada bajo señalamientos cada vez más graves. Narcogobierno. Narcogobernadores. Narcopolíticos.

Narcocandidatos. Palabras que hace algunos años parecían exageraciones opositoras hoy circulan con fuerza dentro y fuera del país. Y no porque exista una conspiración internacional, como obsesivamente repiten desde Palacio, sino porque la violencia, la impunidad y los vínculos oscuros dejaron demasiadas huellas.


La preocupación en Morena ya no se disimula. Por eso algunos personajes del círculo cercano comienzan a buscar desesperadamente posiciones con fuero constitucional. El caso de Andrés Manuel López Beltrán refleja exactamente eso: la necesidad de blindarse políticamente ante un futuro incierto. Porque entienden que el verdadero riesgo quizá no venga desde México, donde todavía controlan muchas instituciones, sino desde allende la frontera, donde los expedientes no se resuelven con mañaneras ni con acarreados digitales.


Y mientras la credibilidad presidencial se erosiona, el gobierno responde con más intolerancia. El oficialismo vive atrapado en una paranoia permanente donde toda crítica es traición, toda investigación es complot y toda pregunta incómoda es un ataque conservador.


Han perdido el rumbo porque dejaron de gobernar para dedicarse exclusivamente a combatir fantasmas.


Ven enemigos donde hay periodistas. Ven conspiraciones donde hay cuestionamientos. Ven golpismo donde existe libertad de expresión. Y así, encerrados en su propio laberinto ideológico, terminan peleando contra molinos de viento mientras el país se hunde entre violencia, corrupción, deuda pública y miedo.


El problema de fondo no es TV Azteca. Tampoco Ricardo Salinas Pliego. El verdadero problema para el régimen es algo mucho más peligroso: perder el control del relato.

 

Porque cuando un gobierno necesita movilizar hordas digitales para callar críticos, deja de verse fuerte. Comienza a verse desesperado.


Lic. Francisco Fernando Ruiz del Castillo


Cel. 6861363618

Comentarios


bottom of page