El oportuno sacrificio de Luisa María
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- 23 abr
- 3 Min. de lectura
Algo cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Uno imagina a Luisa María Alcalde atravesando días de profunda reflexión. Seis horas enteras de angustia política, quizá mirando el horizonte con la mirada perdida, preguntándose qué hacer con su futuro. Porque no es sencillo decidir si uno se queda al frente del partido gobernante o acepta una invitación para mudarse —otra vez— al corazón del poder presidencial.
Hace apenas unos días, con tono firme y gesto indignado, la entonces dirigente de Morena denunciaba que la “derecha” mentía y difamaba al asegurar que su salida del partido estaba cantada.
No sólo eso. Con una convicción casi pedagógica, acusaba a esos perversos adversarios de inventar versiones malintencionadas sobre su eventual incorporación al gobierno de Claudia Sheinbaum.
Calumnias, insinuó.
Intrigas de la oposición.
Inventos de la derecha.
Prácticamente una campaña de desinformación.
Aunque, para ser justos, la explicación que ofreció entonces tenía su propia lógica política: ella sólo dejaría la dirigencia si la presidenta la invitaba a formar parte del gabinete. Dicho de otro modo: no se iría a ninguna parte… salvo que la invitaran a irse.
Una postura firme.
Principista.
Casi inamovible.
Y entonces ocurrió lo inevitable: la presidenta entendió el mensaje.
Porque en política hay frases que no son declaraciones; son avisos.
Hay posicionamientos que no buscan aclarar nada, sino recordar algo: que quien habla sigue estando disponible.
Así que, con esa sensibilidad que caracteriza a los liderazgos atentos, Claudia Sheinbaum decidió resolver el dilema existencial de la dirigente morenista.
No la dejó desamparada.
No la abandonó a la cruel intemperie del desempleo político.
La invitó a la Consejería Jurídica de la Presidencia.
No exactamente en el primer círculo del gabinete —ese reservado para secretarios de Estado— pero sí en una oficina lo suficientemente cercana al despacho presidencial como para que nadie pueda decir que quedó olvidada.
Una solución elegante. Cerquita pero lejecitos.
Porque así, de paso, se desmonta la “campaña de mentiras de la derecha”.
Resulta que sí había cargo.
Resulta que sí había “invitación”.
Resulta que sí había futuro inmediato dentro del gobierno.
De modo que la decisión de Luisa María Alcalde debe entenderse en toda su dimensión histórica: aceptó el cargo “por responsabilidad institucional”.
No porque la política mexicana tenga una larga tradición de reciclar funcionarios dentro del mismo círculo de poder.
No porque abandonar la dirigencia partidista sin un cargo público pueda resultar… digamos… incómodo.
No. ¡Qué va!
Aceptó, sacrificio de por medio, por el bien de la República.
Y además, con credenciales que respaldan su capacidad para el puesto.
Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue secretaria del Trabajo y posteriormente secretaria de Gobernación, cargos que le permitieron observar —muy de cerca— cómo se ejercía el poder presidencial en su forma más directa.
En la Secretaría del Trabajo, por ejemplo, fue testigo de una profunda reforma laboral que transformó el sistema de justicia laboral y las relaciones sindicales del país.
Y en Gobernación ocupó ese despacho históricamente poderoso que durante décadas fue el eje de la política nacional… aunque en los últimos años muchas de las decisiones relevantes se tomaban, con admirable eficiencia, desde la conferencia mañanera.
Pero la experiencia cuenta, aunque no se haya parado jamás en un Juzgado.
Especialmente la experiencia de saber cómo funciona el poder cuando el poder tiene una sola voz.
Por eso ahora, desde la Consejería Jurídica, tendrá la importante misión de encontrar los argumentos constitucionales adecuados para respaldar las decisiones del Ejecutivo federal.
Una tarea que en estos tiempos exige algo más que conocimiento jurídico: requiere sensibilidad política, creatividad interpretativa y una comprensión profunda de lo que el proyecto gobernante considera jurídicamente posible.
O, al menos, jurídicamente defendible.
Así que, al final del día, todo salió bien.
La derecha mintió… hasta que dejó de mentir.
La dirigente no quería irse… hasta que la invitaron.
Y la presidenta, con un gesto de generosidad institucional, decidió tenderle la mano para que no quedara políticamente a la deriva.
Un final feliz.
Porque en la política mexicana hay tragedias que se resuelven con una simple llamada desde Palacio Nacional.
Y, afortunadamente para Luisa María Alcalde, esta fue una de ellas.
Sólo queda respirar profundo…y sonreír. El pasado nunca se ha ido.
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