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El mensaje, los apestados y los protegidos

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 2 horas
  • 3 min de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

Hay mensajes políticos que no necesitan destinatario escrito en el sobre. Basta leerlos con un poco de atención y, sobre todo, colocarlos en el contexto adecuado.


Cuando Claudia Sheinbaum afirma que “ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación”, que “el poder sin principios se vuelve arrogancia”, que “el poder sin límites, abuso” y que la “ambición desnuda del poder por el poder” no puede colocarse por encima de México, difícilmente está ofreciendo una clase dominical de ética pública.

Está hablando de alguien.


O de varios.


El momento no puede ser más revelador. Apenas 24 horas antes de ese posicionamiento presidencial, Rubén Rocha Moya había regresado al gobierno de Sinaloa después de 112 días de “licencia”. Su retorno ocurre en medio de una crisis que ha convertido a la entidad en uno de los principales símbolos del fracaso de la estrategia de seguridad y de la incapacidad para recuperar la normalidad.


Y, sin embargo, Rocha regresó.


Regresó protegido.


Protegido, otra vez, por el mismo manto político que lo sostuvo durante el sexenio anterior: el de Andrés Manuel López Obrador.


Al mismo tiempo, otro protegido del expresidente atraviesa una circunstancia particularmente delicada: Andrés Manuel López Beltrán, Andy, a quien Estados Unidos retiró la visa. El episodio ha provocado una cerrada reacción de defensa desde Morena, como si cuestionar a un personaje público fuera equivalente a atacar a la patria, al movimiento y probablemente a la Virgen de Guadalupe.


No tardaron en aparecer los pronunciamientos. Legisladores, dirigentes, gobernadores y la maquinaria morenista cerraron filas. Todos, o casi todos, coincidieron —qué admirable sincronía— en que lo ocurrido era una decisión personal de las autoridades estadounidenses.


“Coincidimos”.


Esa palabra debería quedar para la historia de esta pequeña tragedia política.

Porque mientras Morena “coincidía” en defender a Andy y mientras Rocha Moya regresaba a su oficina como si en Sinaloa no estuviera ocurriendo nada que mereciera una explicación mayor, la Presidenta de México decidió pronunciar un discurso sobre la ambición personal, el abuso del poder, la arrogancia y quienes colocan sus intereses por encima de la Nación.


Naturalmente, todo puede ser una coincidencia.


En Morena abundan.


La otra coincidencia es que quienes parecen encajar con mayor precisión en la descripción presidencial tienen algo en común: la cercanía, la protección o el parentesco con el expresidente López Obrador.


Andy representa una forma peculiar de poder dentro de Morena: sin haber ocupado un cargo público de elección, su apellido le ha proporcionado una influencia política que pocos dirigentes podrían conseguir después de varias vidas de militancia. Rocha Moya, por su parte, representa el otro extremo: el gobernador que ha sobrevivido políticamente a una crisis monumental gracias a una protección que parece tener raíces más profundas que su propia eficacia administrativa.


Y ahí aparece el problema de fondo para Claudia Sheinbaum.


Si el respaldo público a Andy fue, como dijeron legisladores, partido y gobernadores, una decisión personal; si el regreso de Rocha Moya fue producto de decisiones ajenas a Palacio Nacional; si cada grupo y cada figura relevante de Morena actúa por su cuenta cuando se trata de proteger a los personajes del obradorismo, entonces la pregunta resulta inevitable:


¿Quién gobierna?


Porque un gobierno no puede ser, al mismo tiempo, responsable de todo lo bueno y ajeno a todo lo incómodo. Menos aún cuando quienes integran su partido, gobiernan estados y controlan el Poder Legislativo parecen “coincidir” espontáneamente en asuntos de enorme trascendencia política.


Eso no es autonomía.


Eso es una forma elegante de describir la ausencia de autoridad.


El mensaje de Sheinbaum, publicado 24 horas después del regreso de Rocha Moya y en medio del escándalo provocado por el retiro de la visa a Andy López, puede ser leído como una advertencia. Quizá tardía. Quizá insuficiente.

Pero advertencia al fin.


El problema es que las advertencias sólo funcionan cuando quien las formula tiene capacidad para hacerlas cumplir.


Porque decir que nadie está por encima de la Nación resulta muy fácil desde una tribuna. Lo difícil es demostrarlo cuando ese “nadie” tiene el apellido López Obrador o la protección de quien durante años decidió quién subía, quién bajaba y quién permanecía.


Tal vez ése sea el verdadero destinatario del mensaje presidencial.


No Andy.


No Rocha.


Sino el poder que ambos representan.


Y si Claudia Sheinbaum pretende demostrar que realmente nadie está por encima del pueblo y de la Nación, tendrá que hacer algo más que pronunciar un discurso extraordinariamente oportuno.


Porque, hasta ahora, los demás siguen “coincidiendo”.


Y ella sigue explicando y “publicando publicaciones”.

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