El gatopardismo del bienestar
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Por momentos, la política mexicana parece un carrusel: da vueltas, cambia de música, suben y bajan los personajes… pero el paisaje permanece exactamente igual.
El anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la salida de Ariadna Montiel de la Secretaría del Bienestar era, en realidad, una noticia vieja. Era un secreto a voces. Montiel dejaría el cargo para encargarse de tareas políticas dentro de Morena, previsiblemente vinculadas a la reorganización del partido rumbo a los próximos procesos electorales.
Nada inesperado. Nada particularmente sorprendente. Así funcionan las cosas cuando el poder se administra como una especie de circuito cerrado: hoy gobiernas, mañana organizas al partido y pasado mañana regresas al gobierno.
Lo que sí provocó más de una ceja levantada fue el nombramiento de Leticia Ramírez Amaya como nueva secretaria del Bienestar. No porque sea una desconocida dentro del círculo del poder —todo lo contrario— sino precisamente por eso: porque forma parte del mismo ecosistema político que ha ido rotando cargos desde hace años. Fue secretaria de Educación en el último tramo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y después colaboró con la propia presidenta en tareas políticas dentro del gobierno.
Y ahí aparece, otra vez, el fenómeno tan característico del oficialismo contemporáneo: el todólogo político. Ese funcionario versátil que lo mismo administra escuelas, coordina programas sociales, diseña estrategias electorales o aterriza en la dirigencia del partido sin que medie demasiada explicación técnica.
En la lógica de la llamada Cuarta Transformación, la especialización parece ser un lujo innecesario. Lo que realmente cuenta es otra cosa: la lealtad. Mucha lealtad. Digamos —siendo generosos— un saludable equilibrio de 90 por ciento de fidelidad política y 10 por ciento de capacidad administrativa.
El problema no es que los gobiernos cambien funcionarios. Eso es normal. Lo preocupante es cuando esos movimientos se parecen más a un juego de sillas musicales que a una estrategia de gobierno.
Porque la Secretaría del Bienestar no es cualquier oficina burocrática. Es, probablemente, la dependencia con mayor peso político del país. Desde ahí se operan programas sociales que alcanzan a millones de personas: pensiones, becas, apoyos productivos, transferencias directas. Un aparato gigantesco que, además de su dimensión social, tiene inevitablemente un impacto político-electoral enorme. Un billón de pesos, su presupuesto anual.
Y justo por eso los cambios en esa área rara vez son inocentes.
La salida de Montiel para fortalecer al partido y la llegada de Ramírez al gabinete dibujan una ecuación bastante conocida en la política mexicana: el gobierno administra los recursos mientras el partido organiza los votos. Y ambos circuitos se alimentan mutuamente.
No es necesariamente ilegal. Pero sí profundamente revelador.
Porque lo que estamos viendo no es un relevo de perfiles ni un rediseño de política pública. Es, más bien, un enroque. Una pieza que sale del tablero institucional para ocupar una casilla partidista, llevándose sin duda el padrón de beneficiarios el Gobierno, mientras otra pieza del mismo equipo ocupa el espacio vacío en el gobierno.
Exactamente lo que describía Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo: cambiar algo para que, en el fondo, todo permanezca igual.
Y lo más llamativo es que se trata exactamente de lo mismo que durante años criticaron con severidad al Partido Revolucionario Institucional y al Partido Acción Nacional: reciclar a los mismos funcionarios, rescatar a los leales cuando lo necesitan y mandar a la congeladora política a quienes, por alguna razón, dejaron de ser útiles o cayeron de la gracia del poder.
Nada nuevo bajo el sol.
Pero hay otro elemento que no puede pasarse por alto y que empieza a flotar cada vez con más frecuencia en el ambiente político: la pregunta incómoda sobre quién gobierna realmente México.
Porque tanto Montiel como Ramírez pertenecen al círculo político más cercano del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Son parte del mismo grupo que se consolidó durante el sexenio pasado y que, para muchos observadores, sigue teniendo una influencia determinante dentro del gobierno actual.
No es casual que algunos análisis internacionales empiecen a hablar de ello. El diario estadounidense The Washington Post ha señalado recientemente las presiones que enfrenta la presidenta Sheinbaum en el arranque de su administración: tensiones internas dentro del propio movimiento lopezobradorista, funcionarios heredados del sexenio anterior y, por si fuera poco, la presión constante del presidente estadounidense Donald Trump en materia de seguridad y migración.
En ese contexto, los movimientos dentro del gabinete también se leen como señales de poder.
Porque mientras oficialmente México vive una nueva etapa política, en los hechos muchas de las decisiones siguen orbitando alrededor del legado —y de la influencia— del expresidente.
La propia narrativa que circula en algunos medios internacionales pinta una escena reveladora: una presidenta sometida a presiones múltiples, que según esas versiones apenas duerme cuatro horas diarias intentando equilibrar las exigencias internas del lopezobradorismo, las tensiones con Washington y los problemas de seguridad que siguen acumulándose.
Y ahora se suma otro elemento delicado: las versiones sobre operaciones de agentes de la CIA en territorio mexicano, particularmente en el estado de Chihuahua, un tema que inevitablemente vuelve a poner sobre la mesa la compleja relación con Estados Unidos y la fragilidad de la soberanía en asuntos de seguridad.
En ese tablero, los movimientos dentro del gabinete dejan de ser simples cambios administrativos.
Se convierten en piezas de una disputa más profunda por el control político.
Por eso el gabinete parece cada vez más una especie de club de rotación interna: los mismos nombres pasan del gobierno al partido, del partido al Congreso, del Congreso al gabinete y del gabinete otra vez al partido.
Una política circular.
Un sistema perfectamente aceitado.
Y también, para muchos ciudadanos, una escena cada vez más predecible.
Porque mientras arriba se mueven las piezas, abajo —donde viven los problemas reales— las cosas siguen exactamente igual.
El gatopardismo del bienestar, pues.
Donde todos se mueven… para que nada cambie.
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