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El Frankenstein que se salió del laboratorio 

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ CASTILLO
    FERNANDO RUIZ CASTILLO
  • hace 40 minutos
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo


Las conferencias matutinas que hoy encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum nacieron con una promesa tan ambiciosa como seductora: crear un nuevo modelo de comunicación entre el gobierno y la sociedad. El concepto, acuñado en los tiempos de Andrés Manuel López Obrador, se vendió como un “ejercicio circular de comunicación”. Una frase elegante para explicar que el poder hablaría todos los días con los ciudadanos… sin intermediarios.


La idea sonaba bien. La práctica nunca funcionó.


Desde su origen, las mañaneras dejaron claro que no eran una conferencia de prensa en el sentido clásico. No estaban diseñadas para cuestionar al poder, sino para administrarlo. El gobierno fijaba el tema, marcaba el ritmo, elegía a los interlocutores y, cuando era necesario, también descalificaba a quienes incomodaban demasiado.


Con el paso del tiempo, el formato se convirtió en algo más predecible: el monólogo más largo y caro de la política mexicana.


Hoy, bajo la conducción de Sheinbaum, ese formato empieza a mostrar algo que ya era inevitable: el desgaste. Porque copiar el estilo político de López Obrador era posible; reproducir su manejo del escenario, no tanto.


López Obrador tenía una habilidad particular para convertir la confrontación en espectáculo político. Podía responder con sarcasmo, desviar preguntas, contar anécdotas o simplemente ignorar lo que no le gustaba. Era un narrador político que sabía controlar el foro.


Sheinbaum, en cambio, todavía parece incómoda dentro de ese traje.


Su rostro la traiciona. Cuando una pregunta le incomoda, se nota. Cuando una crítica aparece, se percibe la tensión. Y cuando el ambiente se vuelve amigable, entonces sí, el discurso fluye sin obstáculos.


Porque las mañaneras, como todo teatro político, también tienen reparto.


Ahí están los periodistas que de vez en cuando rompen el guion, como Reyna Haydee Ramírez, Nayeli Roldán o Dalila Escobar, quienes todavía se atreven a formular preguntas incómodas que obligan al poder a salir de su zona de confort.


Pero junto a ellos habita otro elenco, mucho más numeroso, que parece entender la conferencia matutina como una mezcla de rueda de prensa, programa de variedades y pasarela de lealtades.


Ahí desfilan personajes como Carlos Pozos, Hans Salazar, Manuel Pedrero, Demian Duarte y la exfuncionaria transformada en inquisidora mediática Ana Elizabeth García Vilchis, entre muchos otros.


Las intervenciones de este grupo suelen seguir un libreto bastante conocido: introducciones kilométricas, elogios al gobierno y preguntas tan cómodas que más parecen invitaciones para lucirse que verdaderos cuestionamientos.


A veces uno tiene la impresión de que lo único que falta es que pidan selfie cada vez que intrvienen.


El problema no es sólo estético. También es institucional.


Porque este modelo de comunicación, financiado con recursos públicos, terminó creando un ecosistema muy peculiar: un pequeño ejército de youtubers, comentaristas, “analistas” y activistas digitales que han encontrado en las mañaneras una fuente permanente de visibilidad política.


Un micrófono oficial, pagado por los contribuyentes.


Cada día aparecen nuevos personajes que orbitan alrededor del poder, amplifican el discurso oficial y construyen su propio nicho mediático gracias a esa plataforma privilegiada.


Pequeños monstruos comunicacionales, todos alimentados por el mismo laboratorio.


Y en el fondo de ese laboratorio aparece una figura clave: Jesús Ramírez Cuevas.


El estratega de comunicación que diseñó este sistema, lo defendió como modelo democrático y lo convirtió en una maquinaria diaria de narrativa política.


El problema es que la criatura creció demasiado.


Hoy las mañaneras duran horas, producen toneladas de declaraciones, multiplican polémicas innecesarias y diluyen la información realmente relevante para los ciudadanos. Entre chistes, ataques, preguntas complacientes y debates improvisados, el mensaje gubernamental termina enterrado bajo una avalancha de ruido.


Lo que supuestamente iba a mejorar la comunicación pública terminó degradándola.


Porque informar no es hablar durante tres horas todos los días.


Informar es explicar, rendir cuentas, responder preguntas incómodas y permitir que el poder sea cuestionado sin filtros ni escenografía.


Las mañaneras, en cambio, se parecen cada vez más a otra cosa: un espectáculo político cotidiano donde el gobierno actúa, el coro aplaude y los mexicanos observan desde lejos preguntándose si realmente ahí se les está informando… o simplemente se les está hablando.


Y mientras tanto, el Frankenstein sigue caminando.

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