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El calendario, el ridículo y lo que realmente importa

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • 12 may
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

En el México político contemporáneo hay decisiones que nacen, viven y mueren en menos de una semana. La más reciente joya de ese género ocurrió en la Secretaría de Educación Pública.


Primero, el secretario Mario Delgado anunció con entusiasmo que el ciclo escolar terminaría el 5 de junio. No era una ocurrencia personal, aclaró. Según explicó, se trataba de un acuerdo unánime de los 32 secretarios de educación del país. Un consenso sólido, institucional, bien pensado… casi histórico.


La razón: el calor extremo y, de paso, la cercanía del Mundial de futbol.


Pero la unanimidad duró menos que una conferencia mañanera.


Tres días después, ante el rechazo de padres de familia, maestros y buena parte de la opinión pública, apareció la corrección desde Palacio Nacional. La presidente Claudia Sheinbaum aclaró con serenidad que aquello “era solo una propuesta” y que, en su opinión, lo mejor era mantener el calendario escolar como estaba:  vacaciones a partir del 15 de julio.


Y así, de un plumazo, el acuerdo unánime se convirtió en una simple sugerencia.


La escena habría sido cómica si no fuera tan reveladora.


Porque después vino el segundo acto del espectáculo administrativo. El mismo Mario Delgado regresó ante los mismos funcionarios educativos y anunció que volver al calendario original también había sido un acuerdo unánime.


Es decir: unanimidad para cambiarlo y unanimidad para regresarlo.


Una eficiencia democrática verdaderamente admirable.


En menos de una semana lograron dos consensos históricos… exactamente en sentido contrario.


Pero mientras el país observa este curioso ejercicio de gimnasia burocrática, hay una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿por qué no aprovecharon la discusión para hablar de lo que realmente importa en la educación mexicana?


Porque el problema del sistema educativo no es la fecha de las vacaciones.


El problema es que millones de niños están aprendiendo cada vez menos.


Hoy es común escuchar a maestros de primaria describir una realidad preocupante: alumnos de tercero y cuarto grado que no saben leer con fluidez, que tienen enormes dificultades para comprender un texto sencillo y que enfrentan operaciones básicas —multiplicar o dividir— como si fueran ecuaciones cuánticas.


En algunos casos, incluso sumar y restar se vuelve un desafío.


No se trata de exageraciones ni de nostalgia pedagógica. Basta revisar los informes internacionales.


Las evaluaciones del Programme for International Student Assessment, coordinadas por la Organisation for Economic Co-operation and Development, han colocado sistemáticamente a México muy por debajo del promedio internacional en comprensión lectora, matemáticas y ciencias.


Los datos más recientes muestran que más de la mitad de los estudiantes mexicanos no alcanza los niveles mínimos de comprensión lectora. Dicho de otro modo: pueden leer palabras, pero no necesariamente entender lo que dicen.


Ese es el verdadero problema educativo del país.


No el Mundial.


No el calor.


No si las vacaciones empiezan el 5 de junio o el 15 de julio.


Mientras en otros países se discuten reformas curriculares profundas, nuevas metodologías pedagógicas y estrategias para recuperar aprendizajes perdidos después de la pandemia, en México la discusión pública termina girando en torno a un calendario escolar que se anuncia, se “desanuncia” y luego se vuelve a anunciar.


Y todo, además, con un detalle políticamente revelador: la evidente falta de coordinación entre la SEP y la Presidencia.


Porque cuando un secretario anuncia un acuerdo “unánime” y tres días después la presidente aclara que era solo una propuesta, el problema ya no es educativo.


Es político.


La educación pública mexicana enfrenta desafíos enormes: rezago académico, desigualdad educativa, abandono escolar y una preocupante caída en habilidades básicas.


Ahí debería estar concentrado el trabajo del titular de la SEP.


En revisar programas.


En evaluar resultados.


En corregir políticas que claramente no están funcionando.


En lugar de eso, el país presenció una breve pero ilustrativa comedia administrativa: un secretario que anuncia una decisión nacional, la presidente que la relativiza y el mismo secretario que termina reculado… también por unanimidad.


Si algo quedó claro en este episodio es que en la SEP los acuerdos unánimes pueden lograrse con notable rapidez.


Lástima que esa misma unanimidad no aparezca cuando se trata de mejorar la educación de los niños mexicanos.

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