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DECAPITACIÓN

Foto del escritor: CARLOS RAMOS PADILLA
CARLOS RAMOS PADILLA
hace 15 horas
3 min de lectura

SE COMENTA SOLO CON


CARLOS RAMOS PADILLA


Solo hay un paso, y muy temerario, del radicalismo al odio.


Desde la instalación de las mañaneras como un foro más de propaganda que de información, más un tribunal improvisado que un mecanismo de rendición de cuentas, el ataque frontal cotidiano a opositores ha sido el estímulo del gobierno.


Periodistas, activistas, opositores, organismos autónomos, instituciones internacionales, gobiernos extranjeros, empresarios, expresidentes… todos han pasado por la guillotina verbal de amlo y Sheinbaum.


No son sutilezas, se trata de ejercicios de desprestigio protegidos por “sus” datos que a final de cuentas sólo son un espejo de una política de confrontación.


La diplomacia ha servido para desacreditar a democracias o procesos de gobierno de naciones que no coinciden ideológicamente con los planteamientos de la mal llamada “ transformación “. Incluso se ha solicitado la desaparición de la OEA o la demolición de la Estatua de la Libertad en Nueva York.


Se han retirado símbolos y estatuas de incómodos, como la placa conmemorativa de la inauguración del Metro por exhibir el nombre de Díaz Ordaz o la escultura de Cristóbal Colón.


Hace apenas unos días registramos una manifestación antisemita.


Al comenzar el Rosh Hashaná, una de las fechas más sagradas del calendario judío: el inicio de un nuevo año mientras numerosas familias se preparan para la festividad, un contingente marchó frente a una de las sinagogas más emblemáticas de la Ciudad de México lanzando una consigna escalofriante:


“¡Fuera judíos! ¡Fuera judíos de México!”.


Las exclamaciones no estaban dirigidas contra el gobierno de Israel. No protestaban contra una operación militar ni exigían un alto al fuego. Las consignas estaban dirigidas contra los judíos.


Hace unos días, las instalaciones universitarias fueron tomadas y dañadas por grupúsculos ajenos demandando apoyo a Palestina, por el caso Ayotzinapa y por el 2 de octubre.


Y dentro de una reserva federal, bajo responsabilidad del gobierno y custodiada por el Ejército, me refiero a la Residencia Oficial de los Pinos, una escultura del expresidente Felipe Calderón, arrojada al piso durante más de año y medio, fue decapitada por supuestos ex trabajadores de CFE con la presencia, ahí mismo, de Dolores Padierna.


El odio mostrado solo era atribuible a criminales que son capaces de todo.


La sentencia populachera tiene origen y es en la tribuna mañanera de Palacio Nacional. El cotidiano juicio al pasado y a los expresidentes es demoledor.


Calderón se propuso combatir al crimen organizado y eso parece tiene incómodos y muy molestos a algunos que prefieren aplaudir el encuentro de amlo con la mamá del Chapo.


El sello emblemático del ataque se centra en García Luna (ya está preso pues) evadiendo la responsabilidad de aprehender a los rufianes que han saqueado al país en 8 años.


Pero para ser justos y equilibrados esta política de división se vino generando desde Vicente Fox que se negó a ofrecer tributo oficial ante el fallecimiento de José López Portillo y esa demagógica arenga de “chiquillos y chiquillas” marcando diferencias de género que han contribuido incluso a deformar el lenguaje y buscar otras identificaciones como los “elles”.


La mayoría de crímenes contra postulantes a cargos de elección popular y periodistas han quedado en un 90 por ciento en la impunidad en tanto las autoridades están ocupadas en regular el contenido de memes en redes sociales.


¿Qué sigue?


¿Ser meros observadores de atentados como el de Ciro Gómez Leyva, Omar García Harfuch, Carlos Manzo o los colaboradores más cercanos de Clara Brugada? 


Porque el gobierno bien puede usar plazas públicas para fusilamientos, decapitaciones o lapidaciones de personajes aunque estén representados en cartón.

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