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Cuando las comadres se pelean… salen expedientes

  • Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
    FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
  • hace 44 minutos
  • 3 Min. de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo


Hay un viejo principio político que en Baja California vuelve a confirmarse con puntualidad casi científica: cuando los aliados se convierten en enemigos, la verdad empieza a filtrarse… aunque venga acompañada de litros de veneno político.


La confrontación entre el exgobernador Jaime Bonilla Valdez y la actual mandataria estatal Marina del Pilar Ávila Olmeda ya no es simplemente un pleito político. Es un espectáculo público donde cada semana aparece un nuevo capítulo, un nuevo expediente, una nueva acusación… y, por supuesto, una nueva declaración de que todo es estrictamente jurídico.


Porque si algo ha quedado claro en esta historia es que en Baja California la política nunca se mete en los procesos judiciales.


Jamás.


Ni tantito.


El más reciente episodio es la vinculación a proceso del exgobernador por el caso Next Energy, un proyecto fotovoltaico de miles de millones de pesos que nunca se construyó y que dejó un adelanto millonario en el camino. La Fiscalía lo acusa de peculado, abuso de autoridad y uso indebido de facultades. El juez encontró elementos suficientes para que enfrente el proceso, aunque en libertad y con garantía económica.


Un golpe judicial que, casualmente, llega en medio de la guerra política entre el antiguo mandatario y su sucesora.


Pero Bonilla no se quedó callado. Y aquí es donde el asunto dejó de ser simplemente judicial para entrar en el terreno del melodrama político.


En entrevistas nacionales y en redes sociales, el exgobernador ha lanzado acusaciones directas contra la gobernadora, a quien incluso llegó a calificar de “mentirosa crónica” y a quien ha señalado de supuestos vínculos con redes del narcotráfico.


Acusaciones que, desde luego, la gobernadora rechaza categóricamente.


Y tiene razón en algo: las acusaciones de Bonilla suenan profundamente políticas.


El problema es que el contexto tampoco ayuda demasiado a la narrativa oficial.


Porque, paralelamente, el nombre del entorno político de la gobernadora también ha aparecido en investigaciones y controversias. Su entonces esposo, Carlos Torres Torres, ha sido objeto de investigaciones federales por presuntos vínculos con el narcotráfico, situación que incluso llevó a la propia gobernadora a confirmar la existencia de una carpeta de investigación.


Como si eso fuera poco, el gobierno de Estados Unidos también llegó a revocar las visas de ambos en medio de reportes relacionados con presuntas investigaciones financieras y posibles vínculos con el crimen organizado.


Nada de esto constituye una sentencia judicial, por supuesto.


Pero tampoco ayuda mucho a la tranquilidad política.


Así que tenemos el escenario perfecto:

un exgobernador procesado por corrupción…

acusando a la gobernadora de vínculos con el narcotráfico…

y una gobernadora que asegura que todo es un proceso legal sin ninguna motivación política.


En otras palabras: el guion perfecto de la política mexicana contemporánea.

Mientras tanto, en el teatro mediático ocurre algo curioso.


De pronto han reaparecido en la “prensa nacional” columnas, análisis y reportajes recordándonos —con una memoria admirablemente selectiva— los pecados del pasado de Bonilla. Un ejercicio periodístico loable, sin duda… aunque llama la atención la precisión quirúrgica con la que todos descubren la indignación exactamente al mismo tiempo.


Una coincidencia editorial, seguramente.


Pero el punto más interesante de esta historia no está en el presente.


Está en el futuro.


Porque mientras Marina del Pilar Ávila Olmeda conserve el poder, también conservará algo aún más importante en política: la capacidad de definir la narrativa.


Y en México, quien controla la narrativa suele controlar la versión oficial de la historia.


El problema es que los ciclos políticos tienen fecha de caducidad.


La verdadera prueba vendrá cuando comience a definirse la sucesión de 2027.

Ese es el momento en que los silencios empiezan a romperse, las lealtades se reacomodan y los expedientes —esos que hoy duermen tranquilamente en algún archivero— descubren súbitamente su vocación por la transparencia.


La política mexicana está llena de esos milagros.


Por ahora, el pleito sigue.


Los expedientes se abren.


Las acusaciones vuelan.


Y los ciudadanos observan este curioso espectáculo donde, curiosamente, todos dicen defender la ley… mientras se lanzan acusaciones que parecen escritas más por estrategas políticos que por abogados.


Al final, el viejo dicho sigue vigente.


Cuando las comadres se pelean, salen las verdades.


El único detalle es que en política nunca sabemos si lo que está saliendo es la verdad… o apenas el primer capítulo de una guerra mucho más grande.


(Imagen generada con ChatGPT)

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