Cuando el “pueblo” sólo sirve en el discurso
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Hay una vieja costumbre en la política mexicana que se ha agudizado en los últimos años: hablar en nombre del “pueblo” como si se tratara de una propiedad privada. Una especie de patente moral que algunos políticos sacan del bolsillo cada vez que necesitan justificar una decisión o descalificar a quien piensa distinto.
Ahora resulta —según la senadora Julieta Ramírez Padilla, una más de las voceras de Morena— que quienes votaron contra la reforma electoral propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum votaron “contra el pueblo”.
Así, sin matices, sin rubor, repitiendo las líneas discursivas dictadas desde Palacio, y sobre todo, sin mirar demasiado alrededor.
Porque si algo está claro es que el pueblo —ese mismo al que invocan con tanta facilidad desde el poder— tiene hoy preocupaciones bastante más urgentes que una reforma electoral diseñada en los escritorios del oficialismo.
El pueblo está preocupado por algo tan elemental como salir a la calle sin miedo.
Por la inseguridad que sigue creciendo en muchas ciudades del país.
El pueblo está preocupado por los desaparecidos. Por las madres buscadoras que recorren desiertos y cerros con picos y palas mientras el Estado apenas alcanza a ofrecer discursos.
El pueblo está preocupado porque en los hospitales públicos faltan medicamentos. Porque las citas médicas se posponen durante meses. Porque conseguir atención en áreas de especialidad se ha vuelto una especie de lotería burocrática.
El pueblo está preocupado por cosas menos épicas, pero infinitamente más reales: calles oscuras porque no hay alumbrado público, transporte público insuficiente, viejo, caro y poco seguro, colonias abandonadas por los servicios básicos.
El pueblo también está cansado de ver sus ciudades sucias y greñudas, llenas de bardas pintadas con nombres de aspirantes que ni siquiera han tenido la decencia de borrar las de la campaña anterior, dicho todo esto sin alusiones personales.
Y sí, el pueblo está harto de la corrupción.
De esa que aparece en todos los niveles de gobierno, aunque cada administración jure que ahora sí, ahora sí, ya se acabó.
Pero en medio de todo eso, la senadora insiste en que la prioridad nacional es una reforma electoral.
Curioso.
Porque cuando la realidad aprieta, el discurso oficial siempre encuentra refugio en las grandes palabras: transformación, democracia, participación, austeridad.
Palabras nobles, sin duda. Pero palabras que, repetidas sin resultados visibles, terminan pareciendo propaganda reciclada.
Dice la senadora que la reforma buscaba terminar con privilegios y excesos.
Magnífico propósito.
El problema es que el país lleva años escuchando exactamente la misma promesa mientras los problemas de fondo siguen intactos.
También dice que casi el 90 % de los mexicanos quiere reducir el gasto electoral.
Es probable.
Pero sería interesante preguntarles también si prefieren primero un sistema de salud que funcione, ciudades seguras o transporte digno antes que una reforma electoral presentada como panacea democrática.
Porque el pueblo —ese mismo al que tanto invocan— suele tener prioridades bastante claras cuando se le pregunta fuera de las conferencias de prensa.
Y hay otro detalle incómodo: cuando un político afirma que quien no piensa como él está “contra el pueblo”, en realidad está diciendo algo mucho más preocupante.
Está diciendo que sólo existe una forma legítima de pensar.
Y eso, senadora, no se llama democracia.
Se llama otra cosa.
La democracia —esa que dicen querer profundizar— implica debate, diferencias y votos distintos. Incluso en el Congreso.
Así que tal vez convendría bajar un poco el volumen de la retórica y subir el nivel de las soluciones.
Porque mientras algunos políticos ya están calentando motores para las elecciones que vienen, millones de mexicanos siguen esperando respuestas a problemas bastante más urgentes que una reforma electoral.
De modo que, con todo respeto, senadora:
Ya déjense de tonterías y pónganse a trabajar en lo que realmente importa.
En lo que los bajacalifornianos —y los mexicanos— llevan años exigiendo: seguridad, salud, servicios públicos dignos, ciudades limpias y gobiernos honestos.
La reforma electoral podrá ser una prioridad para el proyecto político de Morena, pero para el pueblo —ese que vive fuera del discurso— la lista de urgencias es mucho más larga. Y, sobre todo, mucho más real.
¿Cuándo escucharán y atenderán, en serio, las demandas del verdadero pueblo? Del real, el que está en la calle. No de ese “pueblo” creado en sus encuestas falsas, discursos repetitivos y vulgar ambición política.
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