Cuando el barco se inclina
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

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Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En política existen fotografías que documentan un momento. Y existen otras que anuncian un cambio de época.
La imagen difundida por el exgobernador Jaime Bonilla, sentado junto a la senadora con licencia Julieta Ramírez Padilla, pertenece a la segunda categoría.
No porque dos políticos no puedan reunirse. Eso forma parte del oficio.
Tampoco porque Bonilla y Julieta deban pensar igual. La política también se construye dialogando con los adversarios.
Lo que convierte esa fotografía en un mensaje político es el contexto.
Porque mientras la gobernadora Marina del Pilar Ávila enfrenta quizá la mayor crisis de credibilidad de su administración, alimentada por los audios publicados por Héctor de Mauleón y una estrategia de comunicación que no ha logrado cerrar el tema, una de sus más cercanas discípulas aparece sonriente al lado del hombre al que la propia mandataria responsabiliza de operar la campaña para desacreditarla.
Las coincidencias, en política, rara vez son casualidades.
Julieta Ramírez no llegó sola hasta el Senado.
Su carrera política está íntimamente ligada a Marina del Pilar.
Fue una de las jóvenes figuras impulsadas por la hoy gobernadora, quien la arropó, la promovió y la convirtió en una de las cartas más visibles de una nueva generación de Morena en Baja California.
Ese origen político nadie puede borrarlo.
Por eso resulta inevitable preguntarse: ¿qué mensaje quiso enviar Julieta con esa fotografía?
Porque, hasta ahora, la senadora con licencia ha guardado una prudencia que raya en el silencio.
Mientras otros actores del oficialismo han salido —con mayor o menor entusiasmo— a respaldar públicamente a la gobernadora, Julieta ha optado por una distancia cuidadosamente administrada.
Ni una defensa firme.
Ni una muestra visible de solidaridad.
Ni siquiera un gesto político que recordara la lealtad hacia quien le abrió las puertas de la política estatal.
Y, de pronto, aparece en la oficina de Jaime Bonilla.
No sólo eso.
Acude a su programa de radio.
Conversa con él.
Posa para la fotografía.
Y permite que sea precisamente Bonilla quien haga pública esa reunión.
Los símbolos importan.
Más cuando el anfitrión es el principal adversario político de Marina del Pilar y el personaje al que la gobernadora ha señalado, una y otra vez, como responsable de las filtraciones que hoy tienen a su administración bajo presión.
Si Julieta pretendía enviar un mensaje de autonomía política, lo consiguió.
Si buscaba proyectar independencia, también.
Pero la independencia no necesariamente se interpreta como lealtad.
Y en política las ausencias suelen hablar más fuerte que los discursos.
No deja de llamar la atención que quien fue presentada durante años como una de las alumnas más aventajadas del marinismo hoy parezca más interesada en tender puentes con quien encabeza la oposición interna de Morena que en respaldar a la mujer que apostó por ella.
Como Pedro en el relato bíblico, el problema no es sólo negar.
Es escoger cuidadosamente el momento para hacerlo.
Porque cuando el poder sonríe, abundan las fotografías.
Cuando llegan las tormentas, comienzan las agendas ocupadas, los compromisos impostergables y las prudentes distancias institucionales.
La política mexicana tiene un doctorado en esa especialidad.
Lo interesante es que Julieta Ramírez también aspira a gobernar Baja California.
Y quien aspira a gobernar debe asumir que cada movimiento será leído como una definición política.
Acercarse a Bonilla mientras Marina enfrenta la peor crisis de su gobierno puede interpretarse de muchas maneras.
Como reconciliación.
Como estrategia.
Como cálculo.
O simplemente como una forma elegante de empezar a construir un proyecto propio.
Quizá sea todo eso al mismo tiempo.
Porque al final la política no premia la gratitud.
Premia la supervivencia.
La gran incógnita es si esa apuesta terminará fortaleciéndola o alimentará la percepción de que, cuando arreció el temporal, decidió buscar refugio en otro puerto.
Hay quienes dirán que exageramos el significado de una fotografía.
Tal vez.
Pero la política vive precisamente de esas imágenes.
Una fotografía puede valer más que cien comunicados.
Y un silencio puede pesar más que mil discursos.
Mientras Marina del Pilar intenta convencer a la opinión pública de que los audios forman parte de una operación política en su contra, una de sus principales herederas políticas aparece conversando, cordialmente, con el hombre al que la gobernadora señala como arquitecto de esa operación.
Difícil imaginar un mensaje más elocuente.
Porque las lealtades políticas no siempre terminan con una declaración.
A veces basta una fotografía para anunciar que alguien ya comenzó a escribir el siguiente capítulo de su propia historia.
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