La misión Citlali
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- 17 abr
- 3 Min. de lectura
Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
En política los movimientos nunca son casuales. Mucho menos cuando se trata de decisiones tomadas desde la presidencia de la República.
La salida de Citlali Hernández Mora de la Secretaría de las Mujeres para regresar a la operación partidista de Movimiento Regeneración Nacional a través de la Comisión de Elecciones, no es un simple ajuste administrativo dentro del gabinete de Claudia Sheinbaum. Es una señal política clara: el gobierno ya comenzó a preparar el terreno rumbo a las elecciones de 2027.
Y lo hace con una prioridad evidente.
En ese proceso electoral estarán en juego 17 gubernaturas y la renovación total de la Cámara de Diputados. Para el proyecto político de la presidente, ese escenario no solo implica defender posiciones territoriales, sino algo aún más importante: preservar la mayoría calificada en San Lázaro.
Sin esa mayoría, muchas de las reformas estructurales que Morena aspira a consolidar quedarían sujetas a negociación con la oposición o a la voluntad de aliados que han demostrado ser todo menos disciplinados.
Ahí está el verdadero fondo del movimiento.
La coalición que llevó al poder al partido gobernante —junto con el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo— fue altamente eficaz para ganar elecciones. Pero también generó una consecuencia inevitable: los aliados aprendieron rápidamente a capitalizar su peso político.
El Verde, fiel a su tradición pragmática, ha perfeccionado su viejo método de supervivencia: apoyar al partido dominante mientras negocia cada voto, cada candidatura y cada espacio de poder. El PT, por su parte, mantiene una relación más ideológica con Morena, pero tampoco pierde oportunidad de presionar cuando el reparto de posiciones no le favorece.
La alianza, en otras palabras, funciona. Pero funciona bajo una lógica de negociación permanente.
Y esa lógica se vuelve más compleja cuando el ciclo político comienza a cambiar.
Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador la cohesión del movimiento se sostenía en gran medida por el liderazgo dominante del presidente y por la expectativa de triunfo electoral. Hoy el escenario es distinto. El poder ya está repartido entre gobernadores, legisladores, corrientes internas y partidos aliados que empiezan a mover sus propias piezas rumbo a la siguiente etapa política.
En ese tablero es donde entra la llamada “misión Citlali”.
Su regreso a la operación partidista no debe interpretarse como un premio político, sino como una tarea delicada: administrar las tensiones internas del bloque gobernante antes de que se conviertan en fracturas abiertas.
Citlali conoce ese terreno. Durante años participó en la construcción de acuerdos electorales dentro de Morena y fue una de las operadoras que ayudó a consolidar la coalición que hoy domina buena parte del mapa político nacional.
Pero el contexto actual es muy distinto al de 2024.
Entonces la coalición tenía un objetivo claro: ganar la presidencia y mantener el control legislativo. Hoy cada actor político comienza a hacer sus propios cálculos. Gobernadores que buscan ampliar su influencia, aspirantes que se preparan para disputar gubernaturas y partidos aliados que saben que su peso electoral puede traducirse en más poder.
Eso inevitablemente tensiona cualquier alianza.
Por eso la decisión presidencial tiene una lógica preventiva: fortalecer la operación política del movimiento antes de que las ambiciones internas se desborden.
Pero la pregunta inevitable sigue ahí.
¿Es realmente Citlali Hernández una garantía de que el proyecto político de la presidenta mantendrá su hegemonía rumbo a 2027?
La historia reciente de la política mexicana demuestra que ningún operador político —por hábil que sea— puede contener por sí solo las disputas que surgen cuando el poder comienza a repartirse.
Citlali puede negociar acuerdos, construir puentes y evitar rupturas prematuras. Pero la estabilidad del bloque gobernante dependerá de algo mucho más complejo: del reparto de candidaturas, del control territorial y del equilibrio entre las distintas corrientes que conviven dentro del propio movimiento.
En otras palabras, la operación política puede administrar los conflictos.
Difícilmente puede eliminarlos.
La verdadera prueba llegará cuando comiencen a definirse las candidaturas en los estados donde se renovarán gubernaturas y cuando los aliados exijan, como ya lo han hecho antes, una mayor cuota de poder.
Será entonces cuando se vea si la coalición oficialista mantiene su cohesión o si empiezan a aparecer fisuras en el bloque que hoy domina la política nacional.
Por lo pronto, el mensaje del movimiento presidencial es claro: la batalla por 2027 ya comenzó.
La incógnita es si enviar a Citlali Hernández al frente de la operación política será suficiente para garantizar la victoria.
Porque en política los operadores ayudan a ganar elecciones.
Pero las hegemonías —como lo demuestra la historia— nunca dependen de una sola pieza del tablero.
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