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El país feliz de Palacio Nacional

Foto del escritor: FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO
2 sept
3 min de lectura

Algo Cada Día


Fernando Ruiz del Castillo

 

Hay informes de gobierno que sirven para rendir cuentas.


Hay otros que sirven para explicar lo que se hizo, reconocer lo que salió mal y decirle al ciudadano, con toda honestidad, qué falta por hacer.


Y luego están los informes de la Cuarta Transformación.


Esos parecen diseñados para algo mucho más sencillo: que el gobierno se mire al espejo, se felicite a sí mismo y después le explique al país que todo marcha bastante mejor de lo que sus propios ojos alcanzan a ver.


El segundo informe de Claudia Sheinbaum tuvo mucho de eso.


Palacio Nacional, los suyos, los aliados, los gobernadores morenistas, los legisladores del movimiento, los integrantes del gabinete y una escenografía cuidadosamente controlada.


Un informe encapsulado.


Ordenado.


Pulcro.


Sin sobresaltos.


Sin voces incómodas.


Sin preguntas.


Y, sobre todo, sin un renglón verdaderamente incómodo de autocrítica.


La presidenta habló de seguridad, economía, programas sociales, infraestructura, salud, educación y soberanía. Defendió la continuidad del proyecto iniciado por Andrés Manuel López Obrador y, ante las evidentes tensiones internas de Morena, tuvo incluso que dedicar espacio a dejar claro que “no hay divisiones” ni rompimiento dentro del movimiento.


Qué alivio.


México podrá tener problemas.


Morena no.


O al menos eso dice el informe.


La presidenta presumió la reducción de homicidios, el aumento del salario mínimo, los programas sociales, la inversión y otros indicadores favorables. Y sí, algunos son reales y deben reconocerse.


La reducción de homicidios, por ejemplo, es un dato positivo.


Pero un informe presidencial no debería ser solamente un catálogo de buenas noticias.


Porque la pregunta elemental es:


¿Y lo que salió mal?


¿Dónde está?


¿Quién se equivocó?


¿Cuánto costaron los errores?


¿Cuáles obras se retrasaron?


¿Cuáles metas no se cumplieron?


¿Qué funcionarios fueron incapaces de cumplir?


¿Cuánto dinero se desperdició?


¿Qué pasó con los problemas que el Gobierno prometió resolver y siguen ahí?


Silencio.


Es como si en la Cuarta Transformación hubieran descubierto una fórmula revolucionaria de rendición de cuentas: lo que no se menciona, no existe.


Así, la crisis de seguridad aparece convertida en una gráfica de reducción de homicidios.


La economía aparece convertida en estabilidad.


Los problemas de salud se transforman en nuevas camas.


La crisis de vivienda en metas de construcción.


Y las diferencias internas de Morena se resuelven con una frase presidencial:

“No hay división.”


Perfecto.


Entonces tampoco hay problemas.


Qué país tan eficiente.


El problema es que México no vive dentro de Palacio Nacional.


México vive afuera.


Vive en la colonia donde el comerciante paga extorsión.


En la familia que sigue buscando a un desaparecido.


En el joven que no encuentra empleo.


En quien necesita una vivienda y descubre que comprarla es prácticamente imposible.


En el paciente que espera una consulta.


En el ciudadano que hace fila para obtener un servicio público.


En el empresario que enfrenta incertidumbre.


Y también en el funcionario que sabe perfectamente que una obra al 10 por ciento no puede venderse como si estuviera terminada.


El informe, sin embargo, prefirió la épica de los resultados.


Un análisis publicado este mismo día resumió el problema con precisión: un discurso dominado por cifras autocelebratorias y con escasas novedades frente a los problemas más urgentes del país.


Y quizá ahí está el verdadero problema de la Cuarta Transformación después de seis años de gobierno morenista.


Ya no gobierna una oposición. Gobierna el poder.


Y gobernar el poder significa asumir también los costos del poder.


Ya no basta culpar al pasado.


Ya no basta hablar del neoliberalismo.


Ya no basta explicar que los gobiernos anteriores dejaron una herencia terrible.


Después de tantos años, el ciudadano tiene derecho a preguntar:


¿Y ahora qué hicieron ustedes con el país que recibieron?


Porque un gobierno que lleva tiempo suficiente gobernando ya no puede utilizar eternamente el pasado como coartada.


Tiene que responder por el presente.


Y el presente mexicano tiene demasiadas preguntas pendientes.


La presidenta pidió unidad, honestidad y disciplina dentro de su movimiento.


Está bien.


Pero la democracia necesita algo más que unidad entre los propios.


Necesita escuchar a los que no están de acuerdo.


Necesita contrapesos.


Necesita crítica.


Necesita periodistas que puedan preguntar.


Necesita ciudadanos que puedan reclamar.


Necesita oposición.


Y necesita, sobre todo, un gobierno capaz de admitir que no todo lo hace bien.


Porque reconocer un error no debilita a una presidenta.


La humaniza.


La fortalece.


Le devuelve credibilidad.


El problema es cuando todo parece perfecto.


Porque cuando un gobierno presenta un país sin errores, sin fracasos, sin responsables y sin autocrítica, hay dos posibilidades:


O estamos ante el gobierno perfecto.


O estamos ante un informe perfectamente editado.


Y quizá ésa sea la diferencia entre el país del informe y el país real.


En Palacio Nacional todo parece avanzar.


Afuera, México sigue esperando.

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