Cuando el silencio deja de ser opción
- FERNANDO RUIZ DEL CASTILLO

- 26 mar
- 3 Min. de lectura
Algo Cada Día
Fernando Ruiz del Castillo
Hay una tentación recurrente en la historia política de los países: creer que el control del discurso equivale al control de la realidad. Es una ilusión peligrosa. Porque la realidad, tarde o temprano, se impone. Pero en el camino, el costo puede ser altísimo.
México se encuentra hoy en esa encrucijada.
Por un lado, un poder político que ha logrado concentrar no solo la narrativa pública, sino también una influencia creciente sobre instituciones que deberían funcionar como contrapesos: el sistema de justicia, los órganos de transparencia, los mecanismos de vigilancia. Por el otro, una sociedad que observa, que percibe, pero que no siempre reacciona con la fuerza que la situación exige.
Y en medio, el periodismo.
Ese periodismo que incomoda, que investiga, que documenta, que revela. Ese periodismo que hoy no solo enfrenta amenazas del crimen organizado, sino también un entorno institucional que, en muchos casos, ha dejado de protegerlo para empezar a presionarlo.
La combinación es explosiva.
Porque cuando el crimen calla con violencia y el poder calla con leyes, el espacio para la libertad se reduce drásticamente. Se crea lo que algunos analistas ya describen como zonas de silencio: regiones, temas, historias que simplemente dejan de cubrirse porque el riesgo es demasiado alto.
Y cuando hay temas que no se tocan, hay realidades que desaparecen del debate público.
Eso, en términos democráticos, es devastador.
Pero hay otro fenómeno igualmente preocupante: la normalización. La idea de que esto “siempre ha sido así”. De que México es peligroso para periodistas y que no hay mucho que hacer. De que los gobiernos siempre han presionado a la prensa. De que las cosas no van a cambiar.
Esa resignación es, quizá, el mayor triunfo de cualquier intento de control.
Porque una sociedad resignada deja de exigir. Y cuando deja de exigir, el poder deja de rendir cuentas.
Sin embargo, la historia también muestra que los momentos de mayor presión suelen generar, paradójicamente, las respuestas más fuertes. Redes de periodistas que colaboran más allá de fronteras, organizaciones civiles que documentan y denuncian, instancias internacionales que comienzan a observar con mayor atención.
El problema es que, en el caso de México, esa resistencia podría tener que trasladarse cada vez más al ámbito internacional. Cuando las puertas internas se cierran, las externas se convierten en la única vía.
Eso implica llevar casos ante instancias internacionales, buscar medidas cautelares, exhibir lo que ocurre dentro del país fuera de sus fronteras. No es el escenario ideal. Pero puede ser el único posible si las condiciones actuales se mantienen.
Aun así, no basta.
Porque la defensa de la libertad de expresión no puede recaer únicamente en periodistas o en organismos internacionales. Es una responsabilidad colectiva. De ciudadanos que exigen información. De académicos que analizan y documentan. De empresarios que entienden que la certeza jurídica depende también de instituciones sólidas. De políticos —sí, también— que comprendan que el poder sin límites termina por volverse contra todos.
México necesita recuperar el equilibrio.
Necesita reconstruir sus contrapesos. Garantizar la independencia judicial.
Restituir mecanismos reales de transparencia. Fortalecer la protección a periodistas. Y, sobre todo, cambiar el tono desde el poder: pasar de la confrontación a la tolerancia, del señalamiento a la crítica constructiva.
Porque gobernar no es silenciar. Es escuchar.
Y escuchar implica aceptar que habrá voces incómodas.
El momento es delicado. No se trata de alarmismo, sino de reconocer una tendencia clara. La libertad de expresión no ha desaparecido, pero está bajo presión. Y esa presión, si no se detiene, puede derivar en algo mucho más grave.
Un país donde informar sea un acto de riesgo extremo.
Un país donde investigar sea una excepción.
Un país donde la verdad tenga precio.
Pero también puede ocurrir lo contrario.
Puede que este momento sirva como punto de inflexión. Como una llamada de atención. Como el inicio de una reacción que fortalezca, en lugar de debilitar, la democracia.
La decisión, en última instancia, no está solo en el poder.
Está en todos.
@Encuentro29
@ferruzcas
Facebook: Fernando Ruiz del Castillo
*(Ilustración generada por ChatGPT)
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